Reencuentros | Con Air (1997) 

On any other day, that might seem strange.

Dado que mi primer texto del año fue acerca de un reencuentro (el cual pueden leer acá), me pareció más que pertinente que el último también lo fuera. En cuanto a la película a revisitar, su elección no me costó mucho: podría haber sido una que no recordara, que no veía hace tiempo, o bien una que no me gustase, a la cual darle una segunda oportunidad. Sin embargo, opté por una tercera opción: una de esas que propician el reencuentro más disfrutable, una de esas películas que amamos con más pasión que sentido y que podemos ver incansablemente, una y otra vez, sin jamás agotarlas, ni aburrirnos. En consecuencia, más que girar en torno a la reconfiguración de un recuerdo o a un cambio de perspectiva, el texto resultante de dicho reencuentro buscará ahondar en las razones de aquella lealtad cinéfila. Dicho de otro modo y sin más preámbulos, ¿por qué amo tanto a Con Air - Riesgo en el aire (1997)?

Allá por mediados de los noventa (esa década maravillosa que no apreciamos lo suficiente y que hoy extrañamos), uno de los mejores actores vivos protagonizó, en un breve periodo de tiempo, una de las mejores seguidillas en la historia del cine de acción: entre 1996 y 1997, y tras coronarse con el premio de la Academia, Nicolas Cage conquistó a los fanáticos del género a fuerza de grandes premisas, explosiones en cámara lenta e inolvidables one-liners, con una trilogía tan pochoclera como exitosa, conformada por The Rock (1996), de Michael Bay, Con Air, de Simon West (ambas producidas por Jerry Bruckheimer), y Face/Off (1997), de John Woo. La primera fue la más taquillera y la tercera devino clásico de culto, pero la segunda, mi favorita, suele quedar relegada a un escalón más abajo, reducida a memes y solapada por los méritos de sus compañeras. Mayor razón para intentar hacerle justicia, ¿no?

Con una trama tan “high-concept” que basta con decir el título para saber por dónde irá el relato (Convictos en el Aire), este clásico indiscutido del cable constituye la conjunción perfecta entre la mejor película de acción de la historia, Duro de matar (1988), y su mejor knock-off, Speed (1994). De la primera, toma prestada a la figura del héroe imprevisto e infiltrado, el que frustrará el plan infalible de los malos porque ya está ahí, en el lugar y momento equivocado, sea en el Nakatomi Plaza, un 24 de diciembre, o en un avión de presidiarios amotinados, un 14 de julio. Su nombre, imposible de olvidar, es Cameron Poe: encarnado por un fornido y pelilargo Cage, él es el arquetípico salvador intransigente, ese que, como John McClane, lamenta sus errores del pasado (un homicidio accidental), que es incapaz de dejar a alguien atrás (a su compañero de celda diabético, Mykelti Williamson, prácticamente repitiendo su papel de Forrest Gump), que colabora con las autoridades (su relación con el agente Vince Larkin -John Cusack- refleja la de McClane con el Sargento Powell), que tiene un buen corazón y un moral compass (le enseña a “Johnny 23” -Danny Trejo, en su prime- cómo no tratar a las mujeres), y que, aunque desee volver a los brazos de su familia más que nada en el mundo, no se dará por vencido hasta “salvar el maldito día”.

De Máxima velocidad, por otro lado, Con Air toma prestada su estructura, conteniendo a la acción en un mismo medio de transporte en movimiento durante la mayor parte del relato —sorprendentemente, el mote de “Die Hard on a plane” no refiere a ella, sino a Air Force One (1997), una película ampliamente inferior, estrenada poco después—, para luego trasladarla a otro vehículo en el último acto. En la película de Jan De Bont, tras salvar a los pasajeros y detener a “el autobús que tenía que ir rápido”, Keanu Reeves se subía al techo de un subte para pelear con Dennis Hopper. Similarmente, luego de aterrizar el avión en el medio de la famosa “Strip” de Las Vegas, Poe se sube a un camión de bomberos para detener a Cyrus “The Virus”, probablemente el mejor villano de John Malkovich, a la par del de En la línea de fuego (1993). Quentin Tarantino alguna vez dijo que, para él, una vez que los personajes logran bajar del colectivo en Speed, la película está terminada y que nada de lo que ocurre después importa. Uno puede comprender y hasta coincidir en cierto punto, pero aquel razonamiento difícilmente aplique para Con Air, puesto que la secuencia del clímax por las calles de la ciudad constituye una de sus mejores secuencias: la misma comienza con un gran momento que puede pasar desapercibido (la alianza tácita entre Larkin y Poe: policía y criminal se suben a una moto al mismo tiempo, se ven y, como los personajes de Asalto al precinto 13 (1976), sellan un acuerdo con sus miradas) y concluye con la caricaturesca muerte de Cyrus (quien, al resultar herido, emite un grito de dolor tan notable que demanda nada menos que tres planos).

Asimismo, esa secuencia resume perfectamente el abordaje formal de West a lo largo del film: mediante una puesta de cámara en constante movimiento y un montaje acelerado que no da respiro, la acción es retratada de una forma más rítmica que inteligible (el entonces debutante venía de dirigir videoclips; entre ellos, ¡“Never Gonna Give You Up”, de Rick Astley!), tirando por la borda cualquier tipo de continuidad espacial (alguien que me explique cómo Malkovich termina donde termina, por ejemplo), en pos de la emoción y el frenesí del momento, dando como resultado secuencias visualmente caóticas, pero excitantes a más no poder. Dicho esto, el clímax no constituye su secuencia más memorable: ese título se lo lleva el hermoso desmadre que marca el final del segundo acto, la batalla del aeródromo de Lerner. En ella, West nos regala un espectáculo demencial en el que, mientras los refuerzos aéreos se acercan a la distancia, los presos se multiplican y explotan un convoy militar, Larkin intenta arrancar el motor de un camión y Poe corre esquivando obstáculos para llevarle una jeringa a su amigo convaleciente, quien, a su vez, se arrastra por el suelo del avión intentando detener una violación inmimente. Ah, y a la distancia, el asesino serial encarnado por Steve Buscemi juega con una niña y nuestros nervios. Sí, todo eso al mismo tiempo. ¿Cómo no amar esta película?

Más de uno dirá que Con Air termina de la forma más convencional y predecible posible: como parte del cine de acción descendiente del reaganismo de los ochenta, el film suscribe al lema “Dios, patria y familia” y concluye con el restablecimiento de los valores y las instituciones tradicionales: se reafirma la fe cristiana (al salvar a su amigo, Poe le prueba la existencia de Dios), se restaura el orden nacional (las autoridades aprehenden a los malhechores) y se reúne a la familia dividida (el pater familias al fin vuelve a su hogar). No obstante, por más clásico, obvio o conservador que dicho final sea, no deja de ser absolutamente consecuente con todo lo que lo antecedió. A su manera, Con Air es inimputable: orgullosamente desfachatada, felizmente descerebrada, con una premisa llamativa, logrados efectos, acción rimbombante, abundante sentido del humor, una fuente inagotable de citas (“That’s a rock”, “Define irony” y la icónica “Put the bunny...”, por citar algunas), un elenco multiestelar más que colorido (además de los citados, sumemos a Dave Chappelle, Ving Rhames, Colm Meaney y M.C. Gainey), y un héroe admirable al que ni las balas detienen, una película así en cualquier otro día, podría pasar desapercibida o ser dada por sentado. Hoy, en cambio, nos maravilla, nos sorprende, nos resulta algo extraño… como un Corvette volando detrás de un avión.

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