Critica social animada. Notas sobre Las trillizas de Belleville de Sylvain Chomet 

Sylvain Chomet es un animador francés, su filmografía hasta el momento es breve, está compuesta por cuatro títulos –los cortometrajes La anciana y las palomas (1997) y Tour Eiffel (2006); y los largometrajes Las trillizas de Belleville (2003) y El ilusionista (2010)- pero su estilo es único e inconfundible. Chomet se distancia del estilo característico de las películas de animación de colores brillantes y formas más bien redondeadas para adentrarse en universos de formas sintéticas y alargadas, de colores opacos poco saturados que componen una paleta donde abundan las tonalidades ocres y rojizas. Sus dibujos están atravesados por la melancolía, por un tiempo que se ha perdido. Chomet explora la tensión entre ingenio del mundo analógico y la frialdad del mundo moderno atravesado por la técnica.

Las singularidades de Chomet no son únicamente estéticas también son narrativas, sus protagonistas no son precisamente héroes -aunque los personajes menos pensados pueden superar grandes obstáculos- y parecen estar inmersos en un estado de sopor del que no desertarán a lo largo del relato, siempre continuarán siendo parecidos a sí mismos como si el arco de transformación tan valorado en el cine clásico no fuera posible. Si uno de los elementos más jerarquizados en el cine son los diálogos, Chomet los llevará a su mínima expresión. Sus personajes no se expresan a través de las palabras o cuando lo hacen las palabras se vuelven un murmullo ilegible. En estas decisiones sobrevuela el aura del actor y director Jacques Tati -Mi tío (1958), Playtime (1967)- figura clave en el universo Chomet, y su voluntad de desdibujar la primacía de la palabra en el cine y jerarquizar los diversos elementos que integran la banda de sonido. Las referencias a Tati son una presencia ineludible, en ocasiones aparecerá algún afiche de sus películas o el fragmento de una escena y en el caso específico de El ilusionista Chomet lleva a la pantalla el guión de un proyecto inconcluso de Tati.

De esta manera el cine de Chomet se diferencia del cine habitual de animación específicamente del universo Disney, al que no dejará de ridiculizar en su filmografía. El cine clásico de Hollywood tampoco se escapará de la mirada sarcástica del director que lo llamará Hollyfood. Las películas de Chomet escapan de este modo de todo intento de clasificación, sobre todo de aquel que vincula la animación con el cine infantil para explorar otras derivas y posibilidades de la técnica, pero también para desarrollar una mirada muy personal sobre el cine.

Las trillizas de Belleville es un gesto fundacional en la filmografía de Chomet ya que inaugura y consolida en el plano del largometraje sus marcas autorales. El director entrelazará la pasión por el ciclismo y el Tour de France con una trama cercana a lo policial, pero sin perder el intimismo, los vínculos entre sus protagonistas y su relación con un mundo en constante transformación.

I.

El pequeño Champion vive con su abuela, es un niño solitario y triste que ha perdido a sus padres. Su abuela intenta dar ánimo a su nieto, buscar algo que lo motive y lo vuelva niño. El primer intento será enseñarle a tocar el piano, pero el piano derruido en una vieja habitación de la casa y el sonido disonante que sale de él le produce temor. La abuela incansable prueba con algo más, un pequeño cachorrito llamado Bruno, el entusiasmo durará poco, el niño y el perro comparten la misma melancolía y pasan las horas en la habitación. Finalmente, por azar la abuela descubre aquello que apasiona a su nieto: el ciclismo. En un cuaderno el pequeño Champion ha recopilado fotos de ciclistas y datos del Tour de France. La abuela le regala un triciclo y el niño se entusiasma.

Los años pasan, aquella casita de las afueras alejada del centro de la ciudad, desde donde se vislumbraba apenas el contorno de la Torre Eiffel, comienza a inclinarse por la cercanía con un puente por el que pasa el tren. El tren pasando junto a la ventana casi dentro de la casa y el cielo cubierto por aviones será el primer indicio de que el mundo ha cambiado pero la abuela y Champion parecen no notarlo. El único que parece disconforme con el contexto es el perro Bruno, a pesar de sus dificultades para subir las escaleras, cada quince minutos llegará a la planta superior para ladrar al tren que pasa -su preocupación por el tren llegará incluso a sus sueños-. En cambio, la abuela y Champion parecen preferir ignorar las transformaciones y refugiarse en las voces de los artistas de music-hall que competirán con el traqueteo del tren.

A pesar de su aislamiento, Champion sale a andar en bicicleta todos los días. Su abuela es su entrenadora y sus métodos serán muy singulares -viajará en un triciclo detrás de su nieto y masajeará sus piernas con una batidora-. El semblante de Champion ha vuelto a ser melancólico, su cuerpo adulto es sobredimensionado para la pequeña casita que comparte con su abuela. La motivación inicial por el ciclismo parece haberse desdibujado o haber pasado a ser una rutina agotadora asumida con resignación. Será difícil discernir si la voluntad de participar en el Tour de France será propia o un deseo de su abuela. Champion que en un primer momento se presentaba como el protagonista del relato irá cediendo el lugar a su abuela que será quien haga avanzar la acción con decisión.

II.

Durante el Tour de Frances ocurre algo extraño, dos hombres idénticos ataviados con trajes negros recogen en una supuesta camioneta de primeros auxilios a los ciclistas caídos, Champion es uno de ellos. Como si se tratara de una pesadilla la abuela junto a Bruno ve como Champion es conducido a un barco para ser explotado por la mafia. El esfuerzo e ingenio de la abuela los llevará hasta la ciudad de Belleville, una ciudad que guarda un enorme parecido con Nueva York. Allí se perderán por zonas sórdidas siguiendo el rastro de Champion. Chomet presentará el retrato de una ciudad en decadencia de ritmo frenético atravesada por el consumo feroz. Las referencias a Estados Unidos y su modo de vida son evidentes, algunos de los símbolos de la cultura norteamericana como su industria cinematográfica serán parodiados -Hollywood será Hollyfood- la figura de Mickey Mouse se tornará siniestra y los carteles de las cadenas de comida rápida taparán el cielo.

Sin embargo, en este mundo sórdido que parece devorarlo todo, aún resisten algunas costumbres y prácticas del “viejo mundo”. La abuela se encontrará con antiguas estrellas de Music-Hall llamadas Las trillizas de Belleville que la acompañarán en su búsqueda y le abrirán las puertas de su humilde hogar. A pesar de las dificultades la música continuará siendo un especio de disfrute y las trillizas se entregarán con pasión a la elaboración de sus temas musicales realizados con instrumentos poco convencionales como una aspiradora, un diario y una heladera. Es que en el mundo de Chomet todo resuena, lo habitual puede volverse extraordinario si se lo mira con atención y la banda de sonido se vuelve la oportunidad perfecta para explorar dimensiones sonaras alejadas de las convenciones.

Sus personajes desgarbados y apesadumbrados que recorren un mundo que no terminan de comprender se vuelven figuras soñadoras por su forma de vincularse con el entorno de un modo lúdico que se torna un intento por recuperar algo de la añorada vida anterior-en apariencia más sencilla o al menos más familiar-. Las mujeres serán las protagonistas en Las trillizas de Belleville y demostrarán que el ingenio, la ternura y la amistad continúan siendo poderosas y pueden triunfar en un mundo hostil.

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