LA QUIMERA DEVUELVE LA MAGIA AL CINE ITALIANO  

Descubrí el cine de Alice Rohrwacher con “Lazzaro Felice” hace ya cinco años; recuerdo haber quedado fascinado, en estado de éxtasis, preguntándome si la película que acababa de ver era contemporánea a mí como espectador o, por el contrario, era una obra anclada en un tiempo tan remoto que me resultaba indescifrable.

Rohrwacher está hoy revolucionando la cinefilia mundial con “La Quimera” (2023) y la pregunta se vuelve a actualizar: ¿es el cine de Rohrwacher un cine contemporáneo a nosotros?

Sin dudas, hoy Rohrwacher (hija de padre alemán, pero italiana hasta los huesos) es la gran cronista de la fe en el séptimo arte occidental (se me ocurre que su equivalente oriental podría ser el tailandés Apichatpong Weerasethakul). En sus películas, el sincretismo hecha raíces en el pasado medieval de Europa y la directora arma con los distintos elementos de la tradición verdaderos festines.

Tanto en “Lazzaro Felice” como en “La Chimera” / “La Quimera”, los personajes habitan en un limbo donde persisten signos notorios de la antigüedad y a la vez aparecen las primeras consecuencias de la industrialización. La convivencia de estos dos tiempos históricos tenía en “Lazzaro Felice” formulaciones riquísimas a través de las parábolas y de la fábula. Recordemos: un chico se quedaba dormido por varias décadas y cuando despertaba seguía siendo un adolescente, pero debía aprender a habitar un mundo que había cambiado radicalmente, había dejado de ser rural y feudal y pasado a estar poblado por fábricas en los alrededores de una gran ciudad. ¿Era Lazzaro un santo o el resultado de un milagro?

“La Quimera” ha sido exitosísima en Europa, pero lamentablemente se demoró a llegar a los cines argentinos, algo que sucederá este próximo 2 de enero.

En su última obra, Rohrwacher nos ofrece una experiencia de cine en estado puro, sin la contaminación que hoy reina en la industria audiovisual, en la cual la narración está regida casi exclusivamente por el guion. Como lo hace Lucrecia Martel en su cine, Rohrwacher no hace concesiones. Prácticamente prescinde del guion para contar una historia que es rica en sensaciones, en impresiones, en emociones. “La Quimera” arrastra suavemente al espectador a un estado iniciático del arte de contar, hacia el territorio del mito.

Rohrwacher se tutea de igual a igual con los grandes maestros del cine italiano. Dialoga cara a cara con el misticismo marxista de Pier Paolo Pasolini; llena de personajes circenses y mundanos cada escena como el Federico Fellini más juvenil; aborda la contradicción entre los mundos premodernos y la modernidad como lo hizo Roberto Rossellini.

Dicho en una sola oración: Alice Rohrwacher devuelve la magia al cine italiano.

De los tres grandes directores antes mencionado, Rohrwacher toma el legado de mostrar el cuerpo humano como lo que en rigor es: parte de una naturaleza mucho más extensa y rica en la que lo humano está unido a lo animal, a lo vegetal y a lo mineral. En el cine de Rohrwacher los hombres y las mujeres están siempre en conjunto, en grupo, sobreviven a las hostilidades gracias al instinto gregario.

En “La Quimera”, el personaje principal es Arthur (interpretado por el ascendente Josh O´Connor), un arqueólogo inglés que se dedica, junto a otros bandidos, a robar tumbas etruscas para vender los tesoros desenterrados. En gran parte del filme Arthur debe enfrentar desde su temperamento tímido y retraído (porque está atravesando el duelo por la desaparición de su amada) a un grupo de hombres-bufones que hablan todos a la vez. Resulta difícil de individualizar a cada personaje, pero en grupo funcionan como una manada perfectamente cohesionada. Arthur debe soportar también a un grupo de mujeres que actúan como unidad, todas ellas hijas de una mujer vieja que vive en una casona venida a menos (interpretada magníficamente por Isabella Rossellini; otro guiño al cine de su padre).

La corporalidad es un conjunto en el cine de Rohrwacher, es una masa integrada por varias personas que no han sido aún sometidas al proceso de individualización que opera la Modernidad. Así como Pasolini mostraba al proletariado y Fellini a personajes extravagantes, Rohrwacher nos regala personajes afuera de la ley y afuera también de nuestra contemporaneidad. Las locaciones de “La Quimera” son casonas o estaciones de tren abandonadas o cuevas al costado de las montañas. Los pueblitos que habitan los personajes conservan la arquitectura medieval y están totalmente aislados, aunque la trama de la película remita a los años ‘80s del siglo pasado. Ese entorno preindustrial permite que surja la pregunta de si el cine que estamos viendo es contemporáneo a nosotros, porque es un cine que se nos escapa, que no tiene puntos de contacto con nuestra actualidad. Pero que, sin embargo, resulta fascinante.

Al introducirnos en el territorio del mito, que es fundacional para la literatura y también para el séptimo arte, aparece las cuestiones de la fe, del misticismo y de la superstición. En “La Quimera” todos personajes están atados a distintas tipos de fe. Puede ser en Dios, pero también puede ser cualquier tipo de superstición. Y ahí es donde se abre la película a un mundo antiguo, más potente y vivaz que nuestra actualidad. De hecho, Arthur, que ha estudiado arqueología, ha renegado de la ciencia porque tiene un don (la quimera del título) que le permite percibir con todos sus sentidos dónde está enterrado un tesoro. Cuando lo hace, se desvanece y la cámara de Rohrwacher se da vuelta y nos entrega imágenes invertidas.

Sin efectos especiales, sólo con lentes y distintos tipos de celuloide, la directora italiana logra más cine (mejor cine) que las decenas de películas costosísimas que bombardean las pantallas cada año. Un verdadero milagro.

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