De cuando el cine se convierte en altar para nuestros muertos  

“Volver” (Pedro Almodóvar, 2006) es, sin duda alguna, la película que más he visto. Sin embargo, no pude verla durante 13 años después de la muerte de mi propia madre. Y es que cuando descubrimos esta joya de Almodóvar la veíamos juntos al menos tres veces por semana… a veces más. Ya nos sabíamos cada escena y diálogo, pero aun así nos reíamos de los momentos graciosos cada vez y nos fingíamos sorprendidos en los momentos tensos.

En resumidas cuentas trata sobre una mujer que finge su muerte para librarse de la justicia, y que después de casi cuatro años de vivir como fantasma en su pueblo “regresa a la vida” para ofrecer disculpas a sus hijas Raymunda (Penélope Cruz) y Soledad (Lola Dueñas) por un viejo asunto familiar.

Y resulta que mi madre perdió a su madre cuando tenía 16 años, por lo que desde la primera vez que la vimos quedó fascinada por esta fantasía en la que una madre “regresa de la muerte” para estar con sus hijas como si el tiempo simplemente no hubiera pasado.

Recuerdo que la primera vez que vimos la película juntos a mi madre le ganó el sentimiento cuando vio a Irene (Carmen Maura) acostarse junto a su hija Soledad la primera noche que pasaron juntas después más de tres años de la presunta muerte de la madre; “cómo me gustaría que mi mamá regresara", dijo en ese entonces con gran nostalgia y anhelo. Yo en ese momento no lo entendí. Hoy me gustaría no haberlo entendido nunca.

Pero a los 20 años me tocó vivir la tragedia de quedarme sin ella, y entre tanta tristeza y depresión me di cuenta de que seguramente nunca volvería a ver “Volver”: nuestra película. Se me estrujaba el corazón solo de pensar en verla sin ella, pues cada escena y cada diálogo me iban a derrumbar.

Fue a mis 33 años, gracias a que la incluyeron en varios catálogos de streaming, que me armé de valor para verla nuevamente… y efectivamente me partió el corazón, mismo que se inundó de lágrimas justo en la escena antes citada; en mi cabeza retumbó el recuerdo: “cómo me gustaría que mi mamá regresara", suscribí el deseo de mi madre.

Y claro que no pude evitar llorar a cántaros con diálogos como este:

-Te necesito mamá, no sé cómo he hecho para vivir todos estos años sin ti

-No me digas eso, Raymunda, que me pongo a llorar… y los fantasmas no lloran

Y sin embargo, fue la mejor revisitada que he hecho de una película, porque la vi con los ojos de mi madre, no solo entendí el anhelo y la nostalgia, sino que además caí en cuenta de que mi luto no necesitaba nicho ni tumba, que no me hacía falta una urna en casa para estar cerca de ella, pues aunque la recuerdo cada día al cocinar, nunca el recuerdo es tan intenso y vívido como cuando veo “Volver”. El cine se convirtió el fotografía, en flores, en altar, en panteón, en rezo… “Volver” se convirtió en el lugar que visito cuando quiero sentir cerca a mi madre.

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