Va una rauda recomendación de mi humilde #TOP2024 (lo que alcancé a ver… sé que, seguramente, faltarán las mejores):
A DIFFERENT MAN (Un hombre diferente) de Aaron Schimberg
En este caso, se nos presenta la historia de Edward (Sebastian Stan), un tipo que vive en un departamento medio ruinoso de Brooklyn, NY, y que padece una malformación genética llamada neurofibromatosis… Él es actor, quiere ser actor, quiere proyectar más allá de lo que el mundo social y sus códigos morales se lo permiten (producto de sus tumores faciales, el personaje no logra protagonizar más que algunas publicidades y videos educativos sobre ese mismo tipo de enfermedades, en donde por supuesto reside la contradicción perfecta de este mundo de apariencias plastificadas que habitamos: en esos spots se habla del respeto, la convivencia y la aceptación, pero lo que Edward percibe en la calle, cuando se toma el metro, no es exactamente eso). Afortunadamente, la película no se toma tan en serio a sí misma…

¿Qué quiero decir con esto? Ahí aparece la dimensión del exceso, si se quiere (entendido éste como concepto, como la decisión -en este caso ligada al género comedia- de ir un poco más allá): ya cuando conocemos que Edward está sometiéndose a una suerte de tratamiento experimental para operarse esas malformaciones del rostro y vemos al equipo médico encargado de esto, descubrimos la grotesca gotera que el protagonista tiene en su living y ni se preocupa demasiado, empieza a vincularse casi sentimentalmente con su nueva vecina que muestra afecto y hasta un interés honesto por él, la trama abandona la expresión de lástima y condescendencia (que en las primeras escenas por las calles y determinados contextos de la ciudad nos remiten a JOKER, la del 2019) para pasar a ser una comedia dramática que tensiona el realismo para bordear el absurdo. La película se arroja a audiovisualizar la artificiosa y compleja dificultad en la comunicación humana; que, para ser evidenciada cinematográficamente, precisa de cierto realzamiento, es decir: trabajar los diálogos y los gestos desde cierta artificialidad. Con todo, la progresión de la trama evita desembocar en el terreno de la sátira (algo que tal vez se sospechaba hacia el comienzo y nos llevaría a pensar más en películas como LA SUSTANCIA, otro título del año que aborda el tema del “horror corporal” pero desde un extremo más terrorífico y grotesco).

En fin: Edward logrará una reconfiguración facial, transformará su apariencia, conseguirá esa instantánea aprobación social regida por el imperio de las apariencias hegemónico-plastificadas, y, no obstante, el problema de la aceptación de su identidad (entendida como fijación de una identificación subjetiva constituida por cómo nos vemos reflejados en los ojos de los demás) no se ve resuelto: su vecina Ingrid (Renate Reinsve), objeto de deseo para Edward, comenzará una obra de teatro inspirada en su anterior versión de él (el Edward con las protuberancias del rostro) y ahí el juego de la representación exacerbará todo este complejo dilema de la auto-aceptación y la auto-percepción en un mundo signado por la necesidad de definir (medir) al otro: para bien o para mal, como bueno o malo, como “elemento llenador” para unx mismo o como amenaza nociva-perjudicial.
Por eso cuando Edward, que elige cambiar de identidad y llamarse Guy, ahora se mira al espejo y ve el apuesto rostro del actor que hace de Bucky en las películas de Marvel, siente que puede cumplir con las expectativas de Ingrid… Pero no: aparece otro personaje (Adam Pearson) y estalla despliegue de la representación teatral para exponer, sin subrayamientos desmedidos, que lo que vivimos -a veces- no es más que una parafernalia, una opereta que (como dice Jada Sirkin, escritor y cineasta) tiende a simplificar al otro para derribar y aplanar sus misterios…

La “moraleja” de la película es que las inseguridades y los traumas no desaparecen con una cirugía reparadora… pero por suerte lo maneja de una manera más sutil y compleja, sosteniendo un tono que honestamente me cuesta definir… Por momentos, como leí por ahí, nos remite al estilo narrativo-dramático de los guiones y las películas de Charlie Kaufman. Como suele decirse: una película de personajes; es decir: aquello que somos, aquél disfraz que nos envuelve día a día cuando salimos a la calle a confrontar el mundo social que nos rodea.




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