
Uno no puede hablar de Megalópolis, la más reciente cinta del legendario director Francis Ford Coppola, sin referirse a su arduo camino para llegar a la gran pantalla. Este proyecto ya era reportado desde el siglo pasado, como refleja la biografía Coppola de Peter Cowie en 1992:
Desde la terminación de Tucker, un hombre y su sueño, Francis se había sumergido en Megalópolis, una empresa épica que combinaría los personajes de la Roma republicana en la época de la conspiración de Catilina con la dinámica y la corrupción de la Nueva York contemporánea. Alquiló espacio en los estudios de Cinecittà en Roma, donde Dean Tavoularis y su equipo de diseño construyeron oficinas según una idea elegante y clásica, y un estudio artístico donde los redactores preparaban un meticuloso ‘storyboard' para la película.
En la última página del libro, luego de la crónica de El padrino 3, película por la que el director puso en pausa este proyecto, recupera una declaración de Coppola radicado en Italia previo al rodaje de esta última:
El factor ahorro que atrajo a George Lucas a Inglaterra para rodar sus producciones de La Guerra de las Galaxias y de Indiana Jones, y que me atrajo a mí a Roma para hacer Megalópolis, se está evaporando rápidamente. Cinecittà ahora conoce una gran actividad; y hemos colaborado a crear un mini-renacimiento aquí (…) El padrino 3 nos supondrá una gran ayuda para el subsidio de nuestra operación, y cuando esté terminada volveremos a Megalópolis. Cada película es un experimento para la que viene después.
La declaración resultó anticipada, y Coppola dirigiría seis películas más antes de volver a Megalópolis, película que tuvo ahí su primer parón, pero no el único: a la poca confianza de los productores luego de varios fracasos comerciales (la mencionada Tucker, uno de ellos), en 2001 se sumó la incertidumbre general luego de los ataques del 11 de septiembre, los cuales detuvieron definitivamente la pre-producción de la película que incluía muchísimas tomas de segunda unidad en Nueva York filmadas con cámaras digitales. El paso del tiempo y la apertura de una lujosa bodega de vinos, junto a un emprendimiento hotelero, distanciaron al director de sus planes originales, aunque sí tuvo tiempo para películas de menor escala que, de todas formas, le permitieron jugar con un mayor nivel de experimentación visual, como Juventud sin juventud y Twixt.
Y cuando todo parecía perdido, de repente el realizador salió de la nada con una idea que para todos fue sencillamente suicida: producir Megalópolis con su propio dinero, producto de la venta de una parte de la bodega. Lo que para cualquiera sería, efectivamente, una empresa tan arriesgada como futil, para este particular director no es otra cosa que terreno conocido, ya que sus mejores películas surgieron siempre de apuestas difíciles. Miembro principal de la generaciones de directores jovenes que en los años ‘70 se convirtieron en reyes de Hollywood con sus propuestas frescas y valiosas, Coppola se enfrentó tempranamente al sistema con sus múltiples problemas para estrenar, bajo su visión, una de las películas más importantes de la historia del cine: El padrino, lucha que se cuenta en la estimable serie The offer. Luego, su posición como uno de los cineastas más respetados y exitosos del momento permite la creación y el éxito de American Zoetrope, su eterna productora, con la que también haría nacer la carrera de su co-creador, George Lucas, y ayudaría obras de talentosos colegas en problemas económicos, como Paul Schrader (Mishima), Barbet Schroeder (Barfly, con guion de Bukowski) e incluso el legendario Akira Kurosawa, quien no podía completar el presupuesto para su titánica Kagemusha. A su vez, Coppola también se cortaría por su cuenta (de sí mismo) para crear The Directors Company, empresa creada por el estadounidense junto a William Friedkin y Peter Bogdanovich que permitía una insólita libertad creativa a los cineastas a cambio de mantenerse en presupuestos ajustados. El emprendimiento no duró mucho, pero la compañía dio obras de valor como La conversación y Luna de papel.
Todo esto es, tal vez, un preámbulo necesario para contextualizar Megalópolis, la pasión de quien la emprende y el espíritu rupturista que abunda en toda la obra. La idea original de Coppola, relatada en breves palabras por Cowie en su libro, se mantiene: la cinta se ambienta en un Estados Unidos paralelo que funde la modernidad con las intrigas políticas y las estructuras sociales de la antigua Roma. En ese contexto en donde el poder se divide en varias casas cuyos miembros protagonizan constantemente un peligroso juego de traiciones y mentiras, conocemos a César Catilina, un arquitecto que ganó el Premio Nobel por la invención de Megalon, un material que puede revolucionar la manera de construir edificios. El protagonista propone usar Megalon para construir Megalopolis, un espacio urbano que mejoraría la calidad de vida de los ciudadanos, pero el alcalde de la ciudad le lleva la contra, proponiendo otro proyecto y secretamente buscando formas de arruinar la carrera de César. La discusión política y social llevará a duras contiendas personales entre los dos hombres, y todo será más complicado cuando entre en escena Julia, la hija del alcalde, quien se enamora perdidamente de César.
La riqueza de ese largo camino le otorga a la película una primera distinción, sin valor positivo o negativo: Megalópolis es hoy Historia del cine, y va a quedar en ese libro grande como una de las producciones más osadas y libres de todos los tiempos, tal vez al lado de otros proyectos del mismo autor como Apocalypse Now (no es sorpresa que ambas películas tengan documentales sobre su filmación, el de esta nueva cinta aún en producción) o Corazonada. Coppola se permite todo, y el resultado final es tan original y estimulante como excesivo y alocado, un producto en donde su cine más formal se funde de forma definitiva con su faceta experimental, y la única limitación es la propia imaginación; tal vez el intento de libertad creativa más puro dentro de una filmografía que constantemente procuró alcanzar un balance en el que el éxito comercial no requiriese venderse totalmente a los intereses de los estudios mainstream.
Y esa libertad viene con su costo: una visión sin frenos, pero también sin la - muchas veces necesaria - mirada externa que ‘suavice’ ciertos extremos. La película es un producto fiel al Coppola del siglo 21, cuyos intereses como cineasta viraron hacia historias mucho más libres en términos narrativos, priorizando los juegos visuales o la intuición; es así como Megalopolis, con su portentosa imaginación visual, es muchas veces hermética en su narración, ofreciendo así un desafío para el público casual que puede tomar con cierto rechazo las apuestas más atrevidas de la propuesta. Sin embargo, el espectador que simpatice con las obras más radicales del cineasta, como Corazonada o La ley del más fuerte, podrá ver en esta película un regreso sensible a una forma muy particular de narrar historias con fuerte componente humano y original tratamiento estético.
Y es que la cinta es, en el fondo, una reflexión sobre los peligros de los falsos líderes y sus mensajes de odio, pero también una vedada confesión sobre la autodestructiva relación del artista con el legado y el renombre, las cosas que deja atrás para alcanzarlo y la mentalidad obsesiva detrás de todas las empresas que finalmente terminan siendo exitosas. Y en eso hay apuntes de mucha ternura y hasta sutileza, como la relación de los personajes de Adam Driver (notable, como siempre) y Talia Shire, o la resolución misma del conflicto, que apunta a los múltiples legados que puede dejar una persona en base a su trabajo y su vida.
Ya por la innegable huella que deja en el cine, Megalópolis es una película imperdible para ver en la gran pantalla, pero su valor no proviene únicamente de su historia: es también una película cuya valentía y talento la hacen interesante, compleja y completamente original.



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