Corre el año 1999. A través de las vías de un subterráneo, un hombre lleva a punta de pistola a una familia compuesta por el padre, la madre y dos hijos pequeños. Los hace detener, los marca en la frente con unos símbolos, habla con alguien que no vemos y se aparece un perro ciego muy maligno. Dos policías lo siguen de cerca; cuando escuchan disparos, uno sale en busca de refuerzos y el otro llegará hasta él. Forcejean en las vías; el asesino mató a todos, menos a la niña. En medio de la pelea, el arma se dispara y termina matando a la única integrante que quedaba de esa familia.
Pasamos al 2024. Laura (Natalia Azahara) es una joven de nacionalidad mexicana que vive en Barcelona. Visita a su tía, quien le dice que se parece cada vez más a su madre; suponemos que esta está muerta, ya que la joven no habla de su pasado. Vive junto a su exnovio y la actual pareja de este en el mismo departamento. Es la nueva empleada del subte y trabaja en la estación Rocafort. La joven pasa las horas por los andenes y demás lugares.
Un día se cruza con una joven llamada Cris (Valèria Sorolla), que también trabaja en el lugar. Se irán conociendo poco a poco y tendrán un intento de relación amorosa.

Haciendo una de sus rutinas, la joven presencia el suicidio de uno de los maquinistas; eso le provocará un trauma y comenzará a tener visiones en las que se le aparecen varias de las personas que se suicidaron en la estación.
De paseo, ingresa en una librería; en la parte de esoterismo descubre un libro que cuenta los crímenes cometidos por el asesino de la línea amarilla, que involucra la estación donde ella trabaja. En la solapa del libro ve la foto y el nombre del autor, Román Azpuru (Javier Gutiérrez), quien era el policía que peleó y detuvo al asesino 25 años antes. Lo contactará para que la ayude a ver si pueden resolver el origen de todas las visiones que está teniendo.
Román es un alcohólico; quedó traumado por la muerte de la niña, lo echaron de la policía y no quiere saber nada sobre volver a investigar ese caso. Laura lo convencerá ofreciéndole dinero a cambio; el expolicía terminará ayudándola. Irán a la casa del maquinista que Laura vio suicidarse; Román descubrirá que este hombre hizo toda una investigación que llega hasta el día de su muerte, continuando lo que él no pudo terminar.

La película tiene fallas en el guion y en la dirección de actores; se puede decir que los rubros técnicos están correctos. Los personajes son estereotipos; esto no es malo, pero el problema es que todo sigue un ABC de pasos que parecen ser sacados de un libro que enseña cómo filmar. Así, cada uno de los protagonistas va siguiendo las instrucciones básicas y efectistas que el género les fue enseñando durante años. Quien esté habituado a ver este tipo de género cinematográfico identificará algunos tópicos tan obvios que se ven venir desde lejos. El ejemplo más evidente está en el personaje de Cris, la amiga de la protagonista, quien no encaja desde su aparición en pantalla; hay algo en sus gestos que ya nos indica artificialidad. Esto podría ser bueno para un film que trabaja con elementos sobrenaturales; sin embargo, entra y sale sin generar interés, inclusive en las escenas donde tiene una participación importante, como en el restaurante chino cuando hablan por primera vez con Román.
El caso puntual del expolicía es una catarata de clichés; los psicólogos de las fuerzas del orden tendrían que mejorar sus tratamientos contra las adicciones porque si sumamos todos los ejemplos de adictos post-trauma o enfrentamientos con asesinos seriales, no hay uno que no beba o se drogue para poder llevar adelante su vida. Lo más increíble del personaje interpretado por Javier Gutiérrez es que si bebió así durante los últimos 25 años, tiene el mejor hígado del mundo o encontró la cura contra la cirrosis.
Algunos personajes secundarios tienen pequeños momentos; es el caso del exnovio y la actual pareja de la protagonista. Esas apariciones ya nos anticipan que deben tener alguna función en el relato; solo sirven para un giro en la película, ya que en gran parte de lo que vemos en la trama desaparecen.
El asesino serial es utilizado como vehículo del mal; les da tanta información sin pedir nada a cambio a los dos protagonistas para resolver el misterio, que si lo vieran Hannibal Lecter o John Doe (de "Seven"), les daría vergüenza ajena.

Cuando van más atrás en el tiempo al año 1989 para desvelar el origen de todo, quedan más agujeros en el guion que los que ya tenía. Los actores, dentro de las posibilidades que les da el texto, hacen lo que pueden; en algunos casos hacen muy poco.
Toda la película arrastra un halo de prolijidad característico de muchas películas hechas para plataformas; no hay nada que se salga de esa normalidad que el cine de terror tanto boicoteó en otras épocas. Hasta las secuencias donde entramos en ese terreno onírico o pesadillesco dan sensación de blandura: sin textura, sin sangre, con algún desnudo forzado, dando la impresión de querer decir: "Vieron que todavía nos animamos a mostrar algo".
Una película moldeada con sobresaltos que no generan lo que se pretende provocar y se vuelve muy predecible.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.