Soñar es sinónimo de abrazar la vida. 

Los tontos que sueñan. Nosotros, los tontos que sueñan, que cierran los ojos y logran imaginar que hay algo más que la simple realidad que nos pintan, donde quizá los sueños pasan pero, también la vida.

Quizá Lalaland es una de las películas más importantes de los últimos 20 años. Es una carta poética a los artistas, a los soñadores, los románticos y quizá a todos los seres humanos que pensamos que el pasar por la tierra puede ser un jazz mezclado con un tanto de caos perfecto. No hay chance de ver está película y no sentir un suspiro que proviene del corazón, casi de las entrañas.

Y todo comienza con el sol, con otro día de sol, de esos que a pesar del ruido, se siente la esperanza y, donde cada quién está en su pequeño mundo a pesar de que todo se mueva sin pausa y al parecer con mucha prisa, porque comienzan con prisa, porque aprenderse un libreto requiere calma y entendimiento, porque componer una canción requiere contemplar la vida, porque crear los sueños requiere mucho tiempo, más del que cualquiera se imagina, pero el afuera nos toca el claxon y nos afana y nos moviliza y, sin darnos cuenta, ya pensamos que vamos atrás y que los minutos van encontra de nosotros mismos. Y de repente comienza una historia, una historia de dos, dos que se cruzan y de repente pueden empezar a componer juntos su historia. Dos artistas, dos soñadores, dos seres que buscan algo más , algo que cobre sentido, algo que suene como un buen jazz o que se vea como esas películas que te dejan con el corazón extrañamente contento. Y todo pasa gracias a una canción, o bueno, nada pasa en ese preciso instante. Son de esos momentos donde creemos que tiene que pasarlo todo y al final no pasa nada de lo que nos imaginamos pero, lo que nunca sabemos es que esos instantes, esos pequeños fragmentos al parecer imperceptibles e insignificantes, luego se magnifican y se convierten en el todo. Porque sin aquel imprevisto de miradas de Mia y Sebastian ( Emma Stone y Ryan Gosling), tiempo después, cuando la vida sabe que es y nosotros no tenemos ni una mínima idea, vuelven a encontrarse, así, sin esperar, a través de la música, de la risa, de la vergüenza y de las cosas que parecen cotidianas pero se convierten en magia. Y no vuelven a separarse. Y deciden bailarse y cantarse y, sobre todo, atarse a sus sueños, a los de cada quien. Y ahí nace esa magia, esas cosas que nos dicen que debemos tener alrededor a alguien que crea en nosotros mismos, porque a veces cuesta sostenerse solo. Aparece aquello que nos recuerda que la vida es una montaña rusa con más bajadas largas que subidas pasivas, pero que acompañado la cosa se vive más tranquila y sabrosa. Y como el camino de los sueños y, en general, de la vida, las cosas se tornan un tanto difíciles, y ya no es tan sencillo cantar y bailar como lo hacían antes y, el dinero, la renta y las prioridades cotidianas de el día a día comienzan a tener un peso pesado que hace que pensar en los sueños se sienta extraño y quizá, el camino incorrecto. Y estos dos que estaban tan conjuntos y coordinados, comienzan a tener desvaríos y las decisiones empiezan a ser contrarias y extrañas. Y duele, porque amar tanto a alguien y soñar tan alto y entender que a veces estás cosas tienen que tomar caminos separados, duele. Y duele porque las elecciones grandes de la vida requiere dejar otras que se vuelven “sería” y ya no “es”. Y duele porque a veces el amor nos cuesta, y encontrar a alguien que nos entienda y nos abrace, cuesta. Y duele porque los sueños son demasiado grandes para tirarlos por la borda pero nos hacen pasar tormentas que, muchas veces, nos derrotan. Pero en medio de tanto caos y arrugas en el corazón y lluvias que nos empapan los ojos, Lalaland es un abrazo, un abrazo de esos rompehuesos, un abrazo que se cala en todo el cuerpo y de nos deja con un suspiro tranquilo. Laland es un poema para nosotros, esos que soñamos despiertos, esos que buscamos la magia en lo incierto y desierto, esos que creemos que amar vale la pena, esos que dejamos hasta las uñas por los sueños por más que, muchas veces, nos hayan arrancado casi la existencia.

Es imposible ver está película sin sentir que algo ha abrazado extrañamente nuestra vida.

Por: Isabbela Villa Rendón

@isabbelartt

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