Titanic: El hundimiento de las esperanzas de una propuesta creativa 

Las obras de ficción son sumamente atractivas por diversos motivos: No hay que compartir créditos, ni solicitar la autorización de familiares; por el lado de los espectadores, la novedad y frescura pueden ser lo más cautivador.

Estas ventajas se acentúan con la ficción histórica, ya que esta puede apoyarse parcialmente en la percepción del público acerca de la época o el acontecimiento en que se enmarca y explotar a veces, intencionadamente o no, varios lugares comunes: Si sumamos el romance a esta ecuación y añadimos una tragedia de fondo, tenemos una carta de triunfo ¿O es casualidad la avalancha de dramas románticos de inspiración medieval? Después de todo, obras como Los amantes de Teruel, Romeo y Julieta, La Celestina o las novelas de caballería implantaron en el imaginario colectivo la percepción de esta como la época más romántica.


Desafortunadamente, esta fórmula tan gastada es un arma de doble filo: Te garantiza el éxito inmediato, pero si tu propuesta no es lo suficientemente original y creativa, puedes caer en el hastío o en la sensación de dejà vu de los nuevos espectadores. Esto es justamente lo que ocurre con esta cinta angloestadounidense estrenada en 1997.


Todo funcionó tal y como estaba previsto-.Espera...¿Qué?


Titanic fue todo un éxito. Este largometraje ostentó el título de Película más taquillera de la historia en su momento; fue acreedora de 89 premios, incluyendo 11 premios Oscar; marcó el regreso de James Cameron y catapultó al estrellato a unos nóveles Leonardo Dicaprio y Kate Winslet. Pero es precisamente su inicial éxito mediático y taquillero el principal talón de Aquiles de este filme. La fórmula funcionó.


Narrada en forma de flashbacks por una anciana Rose, la historia propuesta en Titanic parece transitar por aguas más turbulentas que aquellos helados parajes del Atlántico Norte donde naufragó el colosal navío. Ni siquiera los innegables aciertos de su puesta en escena, como la fotografía y el vestuario, logran ocultar sus fallos.


Si Titanic hubiera sido en su momento una cinta valorada en su justa medida, con sus fallas y aciertos, probablemente hubiera envejecido mejor y quizás hasta hubiera tenido una segunda era dorada. No obstante, los recursos que le permitieron la sobreestimación de la cual gozó en sus inicios no tardaron en pasarle factura. Lo único que parece haber sobrevivido de esta propuesta son algunos memes de sus protagonistas en la proa y junto a la tabla, quizás las dos escenas más recordadas de Jack y Rose. ¿Por qué? La respuesta quizás esté en las ferias y circos: Nos creemos los trucos de magia mientras somos niños, pero por más que se tarde, la madurez siempre llega.


La cinta incluye múltiples afrentas al sentido común a lo largo de sus tres horas y 14 minutos de metraje ¿Cómo llegó a parar a una taberna un pasaje de tercera clase que costaba el salario de un mes de un obrero estadounidense de entonces?, ¿Cómo es que Jack y Rose no experimentan signos de agotamiento ni sudan una sola gota al transitar por una cámara a más de 45 grados? ¿Cómo es que Jack no cabía en la tabla?


Pero quizás lo más insalvable de Titanic sean todos los estereotipos que contiene. Y es que este filme de romance, enmarcado por el naufragio más famoso de la historia reciente, pareciera no escatimar en clichés para manipular las emociones del espectador. Desde el manoseado recurso de las diferencias de clase entre sus protagonistas, hasta las viejas ideas del "Estar hechos el uno para el otro" o del "amor a primera vista" que la producción trata de implantarnos; pasando por la cuestionable premisa de que en el amor se vale todo, incluso el comportamiento infantil e irresponsable al retozar en el cuarto de calderas, la normalización por parte de Rose y de los espectadores de los caprichos de un extraño sin ocupación conocida o su decisión de terminar su relación con Cal en favor de Jack, en lugar de discutir de forma madura sus diferencias con el primero. Detalles como el intento de suicidio de Rose y las últimas palabras de Jack junto a la tabla completan esta tristemente célebre lista de recursos típicos del melodrama para apelar a las emociones más primitivas de sus espectadores.


En medio de este tormentoso romance de Jack y Rose, la historia del naufragio del HMS Titanic parece solo un pretexto, y lo peor de todo es que les funciona al revés; ya que las razones tras el éxito de este filme tienen mucho que ver con el hundimiento en sí. Escenas como la división del casco, los pasajeros cayendo por la borda o la banda tocando hasta el último momento- ambas verídicas y bien documentadas- le roban el protagonismo a la pareja de amantes. Pero la guinda del pastel es la historia del matrimonio Strauss, la cual, haciendo honor al dicho de que la realidad supera a la ficción, es tal vez más interesante y cautivadora que la de la propia pareja estelar de la cinta ¿Sería acaso por eso que la misma apenas tuvo presencia en la producción?


¿Hubiera sido mejor para la permanencia de esta franquicia contar la historia de Isidor e Ida o basarse en ella para construir a sus protagonistas? Jamás lo sabremos; lo que si podemos tener claro es que la ejecución de esta cinta es un ejemplo palpable de todo lo que no funciona en cualquier filme romántico de ficción histórica.

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