Nosferatu, la disonante reversión de Robert Eggers  

Todas las obras cinematográficas son a su vez operaciones técnico-discursivas, es decir, producciones codificadas e históricamente situadas. Cada película estará constituida por imágenes y sonidos de época creadas a partir de los recursos técnicos, estéticos, discursivos y sus prácticas de uso que definirán su estilo, más allá del tema/relato/género que aborde. En este sentido, siempre es interesante las producciones que vuelven sobre un clásico porque esto constituye un diálogo con la pieza original o antecesora -intencional o no- que pone en escena, fundamentalmente, las diferencias en sus estilos de época. Incluso las que intentan emular a sus maestros recreando cada línea de texto, encuadre, plano o secuencia.

Nosferatu es un clásico ideal para este ejercicio de comparación con magníficas producciones a lo largo de los 102 años que separan la primera de 1922, realizada por el máximo exponente del expresionismo alemán, hasta la reciente y, a mi gusto, poco convincente remake de Robert Eggers.

En cien años la soledad del conde Orlok o Drácula -según las posibilidades autorales o gustos de los directores- fue mostrada de diferentes formas, lo que me lleva al punto de mi disgusto con la más moderna versión: no hay Nosferatu en este film. La película no nos muestra el alma atormentada por la soledad y falta de amor del personaje principal de la obra. Una pieza de la literatura clásica que, como en Frankenstein, el monstruo se plantea en la centralidad del drama generando un terror introspectivo y metafórico de los miedos universales, esos que no provienen de un plano corto, rápido y estridente con un Jason a punto de reventarnos la cabeza con su hacha sino de los tormentos íntimos que habitan en el vampiro como en cada uno de los espectadorxs. Luego volveremos sobre el detalle de la flamante adaptación, antes les propongo un repaso por las otras grandes adaptaciones del clásico.

1922: Una sinfonía del horror

La primera versión de la novela Drácula (1897) de Bram Stoker (no autorizada) fue la icónica cinta de 1922, película muda dirigida por el alemán Friedrich Wilhelm Murnau. Una película de culto -ese cine que nunca muere-, y una obra de arte quizá más importante que la novela misma y sobre la que volverán generaciones y generaciones de cineastas hasta el presente. Película sobre la cual no creo sea posible aportar palabra, después de las ya dedicadas por Siegfried Kracauer, Lotte Eisner o André Bazin en su tiempo.

1979: El fantasma de la noche
Werner Herzog, representante de aquel nuevo cine alemán realizó -entre su numerosa y singular filmografía- su propia versión del Vampiro. Un director al que le sobra personalidad y que -por más reverencia que le ofrezca a su maestro expresionista- no necesitará artilugios para imponer su impronta. ¿Qué mencionar de esta gran aventura de Herzog? El sublime drácula encarnado por Klaus Kinski, la gran heroína de la historia interpretada por Isabelle Adjani, las tomas emblemáticas del film de Murnau reinterpretadas por Herzog con nuevos ojos, tan profundos, similares pero a la vez originales como los que sorprendieron en 1922.

1992: Bram Stoker's Drácula
La recreación de Francis Ford Coppola de principio de los noventa tuvo un importante éxito de taquilla y tres premios -aunque menores- en la 65º ceremonia de los Premios Oscar: mejor diseño de vestuario, edición de sonido y maquillaje. Las actuaciones memorables de Gary Oldman en el papel de Drácula y Antony Hopkins como el profesor Van Helsing, además de las interpretaciones de Winona Ryder como Mina, Keanu Reeves como Jonathan Harker y Tom Waits como Renfield. El guión, escrito por James V. Hart, fue considerado como la más fiel adaptación a la novela -algo puesto de manifiesto por sus autores desde el propio título- pero generó al mismo tiempo algunos cuestionamientos en relación a la caracterización tergiversada de la personalidad algunos de sus personajes. Al igual que la actual Nosferatu (2024), fue una superproducción -con 40 millones de dólares de presupuesto - y si bien no está entre mis predilectas como la de Herzog o la realizada por E. Elias Merhige -obras que resisten mucho mejor el paso del tiempo- posee un atractivo mayor que el reciente estreno de Eggers.

2000: La sombra del Vampiro
El cine dentro del cine es un género que me apasiona, principalmente cuando se recrea su joven historia. La sombra del vampiro (2000) es un gran exponente de este nicho. Un homenaje, una sátira y un hermoso viaje a la infancia del cine con una gran interpretación de Willian Dafoe en el papel de Orloc y de John Malkovich en la piel de Murnau. Si bien esta película no es una estricta adaptación al clásico de Stoker -sino una original y graciosa recreación de la filmación de 1922 en base a los exuberantes y caricaturizados mitos que la acompañaron- la recomiendo por su humor exquisito e inteligente y los numerosos guiños cinéfilos que contiene. Un tributo irreverente a los creadores del cine que recrea magníficamente los planos inolvidables del expresionismo a la vez que se burla de los caprichos de los artistas, las obsesiones de los directores y todo ese gran mundo paralelo que la producción cinematográfica lleva a cabo en ese tiempo de rodaje que se transforma en un universo alterno al real. Una ficción que nos invita a pasar a la cocina del cine, para suponer junto al director como fueron los rodajes de principio del siglo veinte, como se hicieron esas tomas increíbles que con sus luces y sombras crearon las primeras imágenes cinematográficas, aún presentes en nuestra memoria.

Nuestra lucha, nuestro combate tienen como objetivo crear arte. El cine es nuestra arma. Gracias a él, las imágenes que creemos crecerán con el tiempo. Nuestro lirismo será una sombra que se alargará y se ocultará. Nuestra luz iluminará todos los rostros que reirán y sufrirán. Nuestra música permanecerá y, al final, sobrecogerá, porque tendrá un contexto tan cierto como la muerte. Somos científicos con la misión de crear una memoria. Pero nuestra memoria no se difuminará ni se borrará”. La voz en off de John Malkovich recita este supuesto monólogo del cineasta alemán mientras se dirige a la locación principal del film, el castillo de Orava en Eslovaquia. Mientras escuchamos este manifiesto del cine y su función, el director de La sombra del vampiro nos regala otro gran tributo al cine, en este caso recreando aquella primera escena del tren de los hermanos Lumiere.

2024: Nosferatu.

Un chupasangre que en lugar de colmillos nos muestra bigotes. ¿Ese es el recurso estético que pretende introducir Eggers como su marca autoral? Ciertamente El Faro (2019) no es una película cómoda y menos taquillera, pero en el buen sentido de la apreciación de una obra. En ese thriller de terror el director logra involucrarnos en una puesta poco complaciente pero efectiva con grandes actuaciones, tensión insoportable y de gran sorpresa visual; aspectos que no resaltan en la oscuridad previsible de su Nosferatu. El vampiro desnudo en varias escenas en las que somete a sus presas introduce, de forma menos sutil que sus cintas hermanas, el simbolismo sexual siempre presente en la obra. Pero esta incorporación de más cuerpo en el personaje opera como una resta, despojándolo de sus atributos seductores. Es más una bestia al estilo hombre lobo que devora su presa -un depredador sexual- que ese ser enigmático que confundía el alma y el intelecto en su despliegue de temible sugestión. Si una imagen puede rescatarse de este film -y esto, claro, es una apreciación subjetiva y personal- es el plano cenital del final: un encuadre de la muerte del conde y la bella Helen distinto a las anteriores propuestas pero que logra quizá el más bello y empático cuadro de los exagerados 132 minutos que dura el tedioso, gore y sonoramente irritante film.

Cómo conversa cada pieza cinematográfica con su época es de una complejidad que trasciende a una mera escritura sobre sus visionados y requiere de mayores conocimientos sobre la historia y los desarrollos filosóficos de un siglo. Les invito a arriesgar respuestas.

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