Incontables veces se torna impreciso poder tomar registro de lo que está aconteciendo en el momento, más aún si se trata de eventos que nos afectan directamente como sujetos y ciudadanos. De los movimientos políticos y los sucesos socioculturales sólo podemos conocer sus efectos a posteriori, cuando intentamos reconstruir la historia dotándola de palabras. Al decir de Roland Barthes en La cámara lúcida (1995), en tanto somos seres vivientes no podemos decir nada sobre la historia, sino que, más bien, vamos a contrapelo a medida que se va narrando. Aún así, es posible pensar que no sólo las palabras pueden aportar a una narración política, sino que las imágenes resultan un medio pertinente para ello. El cine, en ese sentido, instaura una vía posible de elaboración de aquello que no ha sido relatado todavía. A partir de allí, pueden hacerse visibles los mecanismos que se encuentran debajo de una coyuntura determinada, como así también, permite disminuir las distancias ante aquello que puede resultar lejano a nuestro entendimiento.

Hay ciertos tipos de cine que se alejan de la narración clásica hollywoodense y nos permiten pensar estos asuntos apenas un poco mejor. Dentro de estos desvíos cinematográficos encontramos del otro lado del océano a Pedro Costa (Lisboa, 1959), director portugués que desde 1989 realiza obras cinematográficas con una densidad inigualable, una opacidad poco antes vista y una demora que nos invita a reflexionar y repensar los aportes de este arte en el modo de entender el mundo y procesar acontecimientos políticos.
Desde la mirada de Pedro Costa
Su cine nos permite pensar cómo la imagen cinematográfica sobrepasa sus límites e instaura una reflexión sociológica sobre el acontecer actual de la cultura portuguesa. Primeramente, es posible evidenciar que Portugal no posee una historia sencilla, particularmente respecto a los últimos 100 años. Aquel país se vió afectado de una fuerte disputa política interna, muchos cambios de regímenes políticos y con ello una gran inestabilidad social. El intento cinematográfico de Pedro Costa puede ceñirse en los efectos aletargados de distintos acontecimientos ocurridos durante el siglo XX: la Revolución a comienzos de siglo, la prolongada dictadura, guerras civiles y las distintas revueltas liberadoras, como la Revolución de los Claveles (1974) que culminaría con el régimen autoritario del dictador António de Oliveira. La constitución como República en 1910 da cuenta del armado de una historia tardía, hecha de a fragmentos, interrumpida algunos años después por una turbulenta y muy larga dictadura.

Quizás aquí encontramos algunas semejanzas con nuestro país, cuya historia también fue escrita de a saltos, plagada de intermisiones y cortes, de momentos oscuros. La pregunta es, ¿Cómo habitar un territorio que abruma por sus cambios, tanta crisis y choque político? Quizás este sea el interrogante que insiste en el cine de Pedro Costa. Lo curioso es que, incluso sin referir directamente a estos momentos históricos, se pregunta acerca de sus consecuencias a lo largo del tiempo. Consecuencias que resultan invisibles, que marcan los cuerpos e instauran vidas nómadas, sin arraigo alguno. Portugal se transforma en un país con una enorme cantidad de emigrantes, de aquellos que vienen de ex colonias africanas; de ciudadanos que, por la coyuntura que atraviesan, deben buscar otro lugar donde vivir. Sin embargo, muchos permanecieron, aunque sin hallar raíces a las que aferrarse. Muchas mujeres sin trabajo, muchos hombres que venden su fuerza de trabajo en las obras de construcción. Se constituye entonces una migración interna, que fuerza a ir de un lado a otro en búsqueda de mejores oportunidades.
Las películas de Pedro Costa poco pretenden ser neutrales, sino que apelan, desde sus particularidades, a reescribir la historia de Portugal desde sus partes ausentes, desde las lagunas, desde lo borrado. Es una apuesta política desde la ficción, en donde los protagonistas son los mismos arqueólogos de un pasado hecho de silencios y fragmentos. Costa instaura un tratamiento antropológico de la imagen que, lejos de buscar una perfección y pulcritud de la misma, sitúa en primer plano el orden de lo mundano, donde priman escenas sin sets armados ni decorados artificiales. Sólo locaciones naturales, casas ya habitadas, cargadas de vida y muerte. En todo caso, con Pedro Costa, ninguna escena puede ser olvidada, y aunque muchas veces entremos en un clima casi documental, es bien notorio que se trata de su cosmovisión plasmada en imágenes. Sólo cuenta con una cámara fija, con actores que no son tanto actores sino ciudadanos de la comunidad. Y es entre estos elementos -que de a ratos no se complementan armoniosamente como se espera- donde se moldea la forma de la espera y de los silencios.

Más allá del límite de la imagen

Con su intento de ficción cuidada, de a ratos como un documental casi antropológico, Pedro Costa elabora un espacio político de imágenes que nos invitan a deslizarnos en una coyuntura que no cesa de instaurar preguntas desde su primer largometraje, Sangre (1989). Esta película resulta un trabajo muy interesante para pensar el choque entre generaciones y evidenciar eso que no encaja, la distancia irreductible entre los adultos, que han visto y vivido en horror de Portugal, y las infancias y adolescencias, cuya esperanza se traduce en cada gesto, en cada intención. Hay algo de un sistema filiatorio fragmentado, de ausencia de autoridades: los hermanos Vicente y Nino se cuidan entre sí, se pierden, se encuentran. Una historia plagada de partidas y de retornos, de personajes que aparecen se van; se desvanecen. Los adultos (cuyos personajes curiosamente carecen de nombres) miran hacia el fuera de campo, como si hubiese un más allá que se sostiene como promesa... mirar más allá, a punto de irse. Ya desde el inicio de su filmografía, aparece la dificultad de rastrear de dónde vienen las imágenes. En vano resulta intentar situarlas en algún tiempo y espacio determinado. Sangre es una cartografía del silencio, de lo no dicho, al menos de decires que se enuncian en la oscuridad sólo para recuperarse bajo la luz de la luna, entre hermandades, en la juventud esperanzadora. En eso que Pedro Costa anuncia, se figuran infancias sin proyectos, sin futuro. Es ahí donde se propone construir prosperidades, generar imágenes que posibiliten espacios de cuidado y de ternura ante ese contexto tan incierto que arrasa.

Este signo de esperanza no se pierde, sino que volveremos a encontrarlo años después en su film Huesos (1997), otra de las pocas películas donde se plasma en las escenas un ápice de ilusión depositado en las juventudes, un grado de optimismo y la aparición de otro mundo posible donde la construcción de lazos tenga lugar; lazos que han sido fragmentados en las generaciones anteriores y han sido imposibilitados por las crisis y las constantes huidas. El cine de este flamante director portugués nos invita a la configuración de un nuevo lenguaje, de un cambio de paradigma en el modo de ver y decir una verdad, un modo más humilde, menos artificioso (sin dejar de ser inventivo). Su trabajo es ir más allá de aquello que está preestablecido en el modo de narrar historias, instaurando otra relación posible con las imágenes. Es en este caso un tratamiento de las imágenes como un fósil, y no como una imagen-dato, una imagen que contenga una significación en sí misma, sino que, como mencionamos anteriormente, remite siempre a otra imagen, responde a una estructura de sentido -muchas veces indeterminado- que la sobrepasa. Una estructura plagada de silencios e interrupciones, de pausas y demoras.
Podemos pensar, entonces, que este cine inaugura una reflexión sensible a través de las imágenes, posibilitando un tratamiento poético. Con ello, este director relata modos de existencia que van a contrapelo del mundo. La existencia de los desposeídos. Bordea con sus planos una detención del tiempo y del sistema productivo capitalista. No hay prisa, porque no hay futuro, y eso se evidencia en el desplazamiento casi fantasmal de los personajes, casi flotando entre los cuartos, casi ausentes.




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