En algún momento Andrés Caicedo se preguntaba sobre la diferencia entre una buena película por lo bien hecha, y una mala película pero bien hecha. El último es el caso de la mayoría de relatos hollywoodenses, pues su avanzado aparataje cinematográfico puede asegurar la calidad (técnica) de un filme. El caso de La sustancia es ese: una película con una buena premisa, bien hecha, pero mal desarrollada y cuyo éxito ha sido solamente debido a su oportunismo. Pero este no es el caso exclusivo de este relato; desafortunadamente las agendas políticas cada vez más están contaminando los medios y las críticas: no estamos ante una buena película, solo estamos ante un relato que, hipócritamente, está endulzando sus ideologías. Tales son los casos de Titane, cuya Palma de Oro en la edición del 2021 de Cannes fue debido a que era dirigido por una mujer. Y es el mismo caso (para retornar a Hollywood) de relatos como Barbie o La ballena (que este último se acomodaba en los discursos del body shaming, además de lo que acarreaba la reaparición de Brendan Fraser).
La sustancia ha despertado todo tipo de comentarios desde su estreno en Cannes en mayo del año pasado (en el que ganó el premio al mejor guion). Ahora la traigo a colación nuevamente, aunque corra el riesgo de parecer anacrónico, pues al momento de la publicación de este texto difícilmente se le encontrará en salas, pero será pertinente en cuanto a la reciente victoria de Demi Moore en los Golden Globes y a la segura resonancia que le espera en los Oscar.

Probablemente sea cierto lo que dijo Demi Moore en su discurso de los Golden Globes, de que se le había visto relegada al rol de una actriz de entretenimiento, vedada así de la posibilidad de ganar un premio algún día. Aunque bien es verdad que el academicismo tiende a sufrir de un complejo de superioridad que no ve a las comedias como “géneros serios”, es la misma discusión que se ha venido dando desde hace tiempo, en su momento, respecto a Adam Sandler; luego se reanimó el debate con el Oscar de Brendan Fraser y el cuestionamiento de por qué nunca habían premiado su trabajo actoral, cuando su filmografía se basó en operetas de plastilina como La momia, El retorno de la momia, La momia y su mujer, La momia y su mujer tienen un hijo, etcétera. Lo que sí hay que destacar es que, con su papel, Demi Moore ha dejado un testimonio. Su carrera comenzó con 19 años en 1981 y desde entonces ha tenido un rol vertiginosamente activo, llegando a estrenar cuatro películas en el mismo año. Por lo que si alguien conoce la industria del entretenimiento y puede dar fiel palabra de la crítica del filme es ella. Es bastante similar el caso de la segunda adaptación de Nace una estrella (1954), que fue protagonizada por Judy Garland, una actriz que sí que fue testimonio de la voracidad del Hollywood que representaba.
Hay que hacer especial énfasis en la fecha en la que se estrena esa adaptación, pues con la década de los 50s es que Hollywood empieza a mirar hacia adentro: al incio de la década se estrenaron Sunset Blvd. y The bad and the beautiful. En la década siguiente se estrenaría The legend of Lylah Clare, protagonizada por Kim Novak, quien con justicia se ha llegado a considerar la peor actriz en la historia del cine. Estos relatos son construídos a partir de una mirada serena que contempla los matices de la problemática, cosa de la que carece absolutamente La sustancia (a conveniencia de sus propósitos políticos), narrativamente justificada en el mediocre argumento de que su tono se lo permite. De hecho, podemos encontrar similitudes con The band wagon, de Vincente Minnelli, que es una comedia (musical, por supuesto) protagonizada por un cincuentón Fred Astaire, interpretando a una vieja estrella que espera que una obra de teatro lo saque a flote nuevamente. Lo interesante de The band wagon es la tensión que se genera entre una problemática que fácilmente pudo haberse tratado de una forma melodramáticamente empalagosa, pero Minnelli prefirió tratarla como una comedia musical. De esta tensión también carece La sustancia.

Partiendo del guion (que es supuestamente el mejor logro del relato), la premisa está muy bien elaborada: desde una actriz que ahora dirige un programa de aeróbicos (a lo Jane Fonda), hasta el plano simbólico en el que la sustancia solo sea efectiva si la matriz está en buen estado (es decir: la superficie funcionará a la perfección si la esencia se conserva), sin embargo, todo lo demás opaca lo bien construido que está el punto de partida: baches argumentales que fácilmente pudieron haber sido solucionados con la puesta en escena, además de que resulta atacando su propio discurso una vez que la sustancia falla por las acciones del personaje principal y a eso es a donde afluye todo. La sustancia, al final, parece partir de una parábola en contra de la superficialidad de la industria del entretenimiento y los alcances nocivos que tiene, pero resulta convirtiéndose en un eufemismo de los procedimientos estéticos. O sea, al final, hubiese sido la misma película si la trama se tratara de una chica que se opera los senos y no se cuida la cirugía; lo que nos quiere decir la película es “No intentes verte más linda, que terminarás más fea, añorarás lo poco que tenías antes”. A lo que quiero llegar es a que el tratamiento no pudo haber sido más facilista: parte de una idea que se le ocurrió a alguien de repente y la ejecutaron sin plantearse mayor cosa. La consecuencia es que La sustancia (desde el guion y la puesta en escena) responsabiliza al personaje principal de sus propias acciones, pero en ningún momento reflexiona en torno al medio que las produce: un síntoma cultural o al utilitarista star system.
Este no es un tema menor, pues, por un lado, la presión por la belleza siempre ha sido inimaginable (como lo dijo y lo padeció en su momento Elizabeth Taylor), y, por el otro, el abuso de sustancias de todo tipo ha sido habitual a lo largo de toda la historia del cine. En algunas ocasiones, estas eran suministradas por las mismas estrellas (o por los responsables de estas), como es el caso de Judy Garland. Pero, como nos lo enseñó Damien Chazelle en Babylon (sin duda alguna su trabajo más infravalorado), en no pocas ocasiones estas han sido brindadas por la misma industria. Se rumora que tal es el caso de las muertes de Wallace Reid, Barbara La Marr y Alma Rubens; aunque las versiones oficiales dicen que Reid se murió fue por una gripa, La Marr porque ya llevaba tiempo como heroinómana altamente calificada y, Rubens, de neumonía.
Retomando, La sustancia viene acompañada de una gran cantidad de clichés como el que Moore bote la jeringa primero y se la inyecte después, que bote el periódico pero después lo encuentre y de eso salga su nueva oportunidad (menos mal la empleada del servicio no botó la basura ese día) y el previsible fallo de su gran noche. La puesta en escena, igualmente, le colabora tanto a los baches argumentales (el que Demi Moore reconozca al enfermero que la atendió cuando ella nunca lo vio en primer lugar, que la empleada del servicio de repente desaparezca, facilitando así la convivencia de esas dos personas en una) como a los clichés (que ponga la mano en plano y luego la quite para ver que llegó al lugar deseado). Y es que formalmente la película no es novedosa en lo absoluto; es evidente que la directora rara vez sabe dónde poner la cámara y la resulta poniendo, incluso, haciendo un plano subjetivo de un bote de basura. El final mismo se antoja abrupto, toda vez que podría funcionar como un acto de venganza, pero que no encaja como tal al no ser premeditado y que resulte, incluso, generando más angustia en el monstruo. A este desenlace se llega superando una crisis de autoestima en tiempo record, pasando repentinamente de sentirse sumamente insegura con su verdadero yo a aceptar el adefesio en el que se ha convertido, de no querer salir sin dientes en televisión a salir hecha un collage de Picasso.

Es un relato que cuenta con toda la narrativa de una película para ser consumida en trescientas partes por TikTok. Es tratada toda con blancos y negros y ese recurso se agota constantemente, como sucede con el cínico productor de la cadena de televisión. Estéticamente, lo único llamativo son los efectos (que uno también se cansa de ver) y, por eso mismo, la escena más llamativa es aquella en la que se consume la sustancia por primera vez. Poco más que eso. En resumen, es una película que trata la madurez, hecha de una forma bastante inmadura; embelesándose con el maquillaje y los efectos, pero entorpeciendo el flujo orgánico de las escenas, impidiendo su desarrollo; una cámara artificiosa, filmando a personajes artificiosos en una trama artificiosa, montada artificiosamente. De haber estado inteligentemente realizada, podría uno hablar de David Lynch o de Cronenberg; pero no, estamos hablando de La sustancia.
De lo único que es consciente el relato es del poder que tiene el capital erótico (Face card, que le llaman ahora) en la sociedad, como se muestra en el trato que le dan los hombres a Demi Moore y en el que le dan a su doble. Esa conciencia los llevó a elegir muy inteligentemente, no solo a Moore, sino a Margaret Qualley, que encaja a la perfección con las exigencias patriarcales de belleza, como su cuerpo esbelto y sus facciones angelicales (o sea: una niña). Pero rápidamente, como no puede ser de otra manera, esto se convierte en una pugna de envidia entre las dos mujeres (que son la misma).

Año a año, Hollywood apoya propuestas aparentemente disruptivas, pero que en el fondo solo develan unas realizaciones incapaces, aturdidas de todo el crispeterismo en el que se cimentan. Hace dos años fue el caso de Everything, everywhere, all at once, el año pasado fue Poor things y claramente este año la cuota de la agenda es La sustancia. Bien, al final, el que un programador o curador desee purgar o mitigar sus privilegios forzándose a sí mismo a elegir películas por asuntos extracinematográficos (etnia, género, sexo, etcétera) queda a discresión de cada uno. Lo que es preocupante es que ese forzamiento los lleve a elegir películas tan flojas, cuando hay tantas mujeres (Carla Simón, Lucrecia Martel, Simon(e) Jaikiriuma) haciendo soberbios trabajos… aunque, claro, al margen de las agendas.




¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.