La franquicia es una serie de comedia de HBO que combina hábilmente el drama laboral con el metacine. De todas formas, puede que la impresión general que tengan los espectadores sea una sensación de agotamiento. La razón, quizás, radica en cómo los creadores, mientras satirizan el proceso de producción de las películas de superhéroes, han sintetizado y exagerado las dinámicas frenéticas y calculadoras de un set de filmación.
Esta atmósfera acelerada y ansiógena se transmite desde la escena de apertura en interiores del primer episodio, donde el aclamado director Sam Mendes establece el tono. Dag, la nueva integrante, llega al set de la película de superhéroes Tecto: Eye of the Storm para encontrarse con Daniel, el primer asistente del director, y esperar a que le asignen una tarea.

—¿Daniel? Dag, nueva asistente.
—Hola, es un placer.
Sin más preámbulos, Daniel realiza inmediatamente una serie de tareas rápidas mientras camina por el set con Dag, capturada en planos de seguimiento con cortes rápidos. Él le dice:
“¿Y la iluminación? Diles a los del catering que no habrá sopa para la Gente Pez. [...] Házme un favor y ve a oler a Gary. [...] El del micrófono. Necesito saber si está [...] borracho, drogado o ambas [...] ¿Me interrumpes en seis segundos?”.
En medio de esto, Daniel también saluda al reparto y al equipo, hace chistes y lidia con peculiaridades inesperadas en el set, todo en menos de un minuto.
Este bombardeo inicial es un desafío intencional para la audiencia, que obliga a prestar total atención para captar cada línea de diálogo y no perderse detalles fundamentales. Aun así, este no es un drama de suspenso. Más allá de presentar a los personajes principales y secundarios a gran velocidad y de establecer el tono satírico, no hay puntos argumentales cruciales. En algunos aspectos, parece una rutina de stand up sin pausas: una vez que capta tu atención, el humor no da tregua.
Pero ¿un set de filmación real es tan caótico? ¿Los equipos de producción están realmente tan sobrecargados? Unos amigos míos que han participado en producciones de Hollywood me dijeron que, aunque la representación de la eficiencia y las exigencias de resolución de problemas de un set es realista, también es muy exagerada.
Esto me recuerda a un momento de 2014, cuando House of Cards acababa de estrenar su segunda temporada. Durante una entrevista con Ellen DeGeneres, la célebre presentadora de televisión, el entonces presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, mencionó que había visto la serie y comentó:
“Debo decirles que la vida en Washington es un poco más aburrida de lo que se muestra en pantalla. La verdad es que, si me siguieran, pasarían la mayor parte del día viéndome sentado en una sala, escuchando a un grupo de personas con trajes grises hablando sobre un montón de cosas que no serían muy buen material para la televisión”.
En otras palabras, la vida en la Casa Blanca no es tan frenética como la que se retrata en House of Cards.
De todas formas, la alta eficiencia de los lugares de trabajo en Estados Unidos es innegablemente real. En agosto de 2023, la compañía de software Slack y la plataforma de encuestas en la nube Qualtrics realizaron una encuesta global algo limitada (solo abarcó nueve países). Los resultados revelaron que los tres países principales donde los trabajadores dedicaban más tiempo al trabajo performativo fueron India (43 %), Japón (37 %) y Singapur (36 %), mientras que el promedio global fue del 32 %. En contraste, Estados Unidos y Corea del Sur ocuparon los últimos lugares, con solo un 28 % de su jornada laboral destinada a tareas performativas. Esto indica que los trabajadores de estos dos países pasan más horas haciendo tareas realmente productivas.

Este énfasis en la productividad se refleja en la manera en la que retratan a los trabajadores estadounidenses en los dramas televisivos. Estos protagonistas suelen comenzar su día a las seis o siete de la mañana corriendo por el parque, luego pasan por alguna cafetería debajo de sus departamentos para tomar un café y regresan a casa para ponerse sus auriculares inalámbricos y sumergirse en el trabajo del día. Esta representación coincide con mis experiencias personales.
Trabajé como escritor nómade de viajes y con frecuencia aprovechaba esta identidad y un pase de prensa activo para obtener entradas gratuitas a atracciones turísticas a cambio de escribir artículos. Recuerdo una mañana de marzo de 2013, alrededor de las 6:30 a.m., cuando tomé un tren Amtrak de Chicago a Memphis. Era demasiado temprano para molestar a mi anfitrión de Couchsurfing, que me había ofrecido alojamiento gratuito, así que me dirigí al restaurante frente a la Estación Central de Memphis, un lugar famoso por ser el favorito de Elvis Presley para comer hamburguesas con queso. Me senté a desayunar, encendí mi computadora y comencé a contactar por correo a los responsables de las principales atracciones de la ciudad a través de sus páginas web oficiales. El formato y la redacción de mis correos eran bastante estándar: “Estimada Señora/ Estimado Señor, me llamo ______. Me interesa visitar ______. ¿Puedo solicitar una visita gratuita?”. En menos de media hora, recibí confirmaciones de Graceland, el Estudio Sun, el Monumento a Martin Luther King Jr. y la fábrica de guitarras Gibson. En aquel entonces, no había herramientas basadas en la inteligencia artificial como las de hoy. ¿Será que todos estos diligentes profesionales de relaciones públicas ya estaban despiertos y trabajando tan temprano? ¿O tal vez sacrificaron su corrida matutina para responder correos?
Volviendo a La franquicia, a lo largo de los ocho episodios, seguimos a los protagonistas abrumados mientras lidian con la producción caótica de una película de superhéroes. El proceso está plagado de compromisos interminables, colapsos, problemas y pura suerte. A pesar de toparse con dificultades a cada paso, permanecen inquebrantables y siguen adelante con la filmación.
Donde hay un universo, hay batallas; donde hay batallas, hay políticas. Las políticas del estudio perturban completamente el equilibrio del poder dentro de la propiedad intelectual del universo de superhéroes. Tecto: Eye of the Storm parece más un cementerio de personajes desechados y es constantemente explotado por otros “proyectos hermanos” que se desarrollan al mismo tiempo. Sin embargo, por más terrible que sea la propiedad intelectual, cada creador tiene su propio sueño cinematográfico.
Daniel guarda una copia de Eraserhead, The David Lynch Files escondida debajo de su escritorio. Anita, la productora que llega en paracaídas, ruega terminar con este proyecto desastroso para poder hacer finalmente su propia película independiente. Mientras tanto, Eric, un director alemán que pasó de ser un cineasta de autor a convertirse en un hombre obediente de la compañía, alimenta en silencio una resolución destructiva: hacer estallar todo. En la cima de la “cadena alimenticia”, el director del estudio, que financia toda la operación, asiste a la Comic Con, donde inspira a los productores con ideas fugaces para historias y efectos especiales que deben ejecutar. De todas formas, con el declive del mercado de películas de superhéroes y las reiteradas críticas de Martin Scorsese, que ha culpado a estas superproducciones de destruir el cine, hasta el director del estudio comienza a creer dichas críticas y se lamenta por haber arruinado, quizás, el arte cinematográfico.
¿Y qué pasa con las estrellas que interpretan a los superhéroes? Ellos también sufren en un ciclo interminable de competencia tóxica y críticas encubiertas, perdiendo poco a poco su conexión con el público. Durante un rodaje en Armenia, el equipo de producción lleva a un chico discapacitado al set para cumplir con un requisito de desgravación fiscal estipulado en el contrato. Sin embargo, este chico de 1,8 metros que creció antes de tiempo y se muestra indiferente ante las sonrisas falsas y los gestos vacíos de las supuestas celebridades afirma sin rodeos que solo le gustan los influencers de TikTok. Este momento refleja una posible nueva tendencia en la economía de los ídolos y sus seguidores: una que se aleja de las estrellas tradicionales del cine.

Inevitablemente, en medio de toda esta disfunción, esta película de superhéroes improvisada se convierte en otro desastre: un proyecto lleno de personas idealistas y talentosas, aplastadas por el peso de los caprichos del capitalismo. El resultado es una “superproducción” nacida de la explotación y las esperanzas frustradas. Pero ¿por qué alguien soportaría voluntariamente tanto esfuerzo, conspiraciones y sabotaje mutuo?
Quizás, la respuesta está en la escena final del primer episodio. A través de la voz de Daniel, Mendes ofrece una historia alegórica:
“Un tipo llamado Curly lleva 30 años trabajando en el circo, siguiendo a los elefantes con un balde enorme, recogiendo toda la mierda. Al final de cada noche, debe quemarla toda. El tipo llega a casa apestando a mierda de elefante quemada. Un día, su hermano llega y le dice: ‘Curly, tengo buenas noticias. Te conseguí un trabajo en mi oficina. Un sueldo decente y trabajarás en un horario fijo’. Y Curly responde: ‘¿Cómo? ¿Y dejar el espectáculo?’”.





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