Borges y "El club de la pelea": el crimen como razón de ser 

No son pocos los géneros cinematográficos que se han explotado en las últimas décadas del milenio pasado y en los primeros años del actual. Sin ir más lejos, el género de acción nos ha dado sobrados ejemplares en los cuales que se repiten los mismos clichés: actores que encuentran su mayor característica en lo físico, las grandes ciudades y sus suburbios como lugares comunes, la velocidad y la destreza que parecen ser el argumento primordial para persuadir al lector, las tramas que lindan con el universo clandestino pero que pecan por su poca profundidad y un final auspicioso para los personajes “buenos” y no tanto para los antagonistas. Más de un nombre o título se nos viene a la mente.

No muy alejadas estuvieron mis expectativas cuando me dispuse a ver El club de la pelea. Dirigida por David Fincher y publicada en 1999, tanto su título como la participación de Brad Pitt me sugerían un argumento lindante con el género de acción. Enorme es la sorpresa que me llevé cuando me encontré no solo con inesperados giros argumentales y narrativos sino con una profundad en la descripción de los personajes, una diversidad de recursos narrativos y un interesante abordaje sobre ciertos conceptos: el alter ego que nos condiciona el yo, la rotura de la cuarta pared y, ante todo, el desarrollo de un tópico presente en el cine y otros lenguajes artísticos como es el hombre y su trascendencia a través del crimen.

El personaje principal, interpretado por Edward Norton, es un empleado de una aseguradora que lleva una vida anodina y falta de emociones, a la que se le suma un insomnio constante. Es en la ruptura de esta rutina en dónde el autor encuentra el remedio a sus males y en la transgresión de la ley en dónde halla una nueva razón de ser. En esto último es en donde aparece Tyler Durden para guiarlo en su vital travesía, que se iniciará en la creación del club y culminará en el liderazgo del Proyecto Caos. En resumen, el protagonista quién encuentra su esencia en el desacato a las condiciones de un sistema. ¿Es nuevo este concepto último?

Para nada. Es un tópica que ha atravesado al arte en varios de sus lenguajes y formas y ha puesto en jaque la naturaleza del hombre moderno. En literatura, por ejemplo, vemos una revaloración del crimen en personajes como Arsene Lupin, el famoso ladrón de guante blanco quien ve en el crimen y su modus operandi poco ortodoxo la justificación de su existencia. El escritor argentino Jorge Luis Borges, entre otros, retoma este tópico en su Avelino Arredondo, un joven Montevideo que, en silencio, emprende su camino para cumplimentar, según él, su función en la Tierra: asesinar al presidente Idiarte Borda. Hecha su proeza, se entrega a las autoridades, Avelino nos deja unas líneas memorables: “Rompí con los amigos y con mi novia, para no complicarlos; no miré diarios para que nadie pueda decir que me han incitado. Este acto de justicia me pertenece. Ahora, que me juzguen.” Ahí lo tenemos: no solo la justificación del hecho criminal, sino la resignificación de su vida en él, el despreocupado afrontamiento de las consecuencias y cuáles fueron los precios que le costaron tal empresa.

Fotografía de un joven Avelino Arredondo

Si ahondáramos aún más el análisis nos sobrarían los ejemplos de seres alienados que encuentran el sentido de la vida en la clandestinidad: Remo Erdosain en Los siete locos del escritor argentino Roberto Arlt y Walter White en Breaking Bad de Vince Gilligan (este último quizás, el caso moderno más emblemático en el mundo cinematográfico).

“Soy lo que siempre quisiste ser” le confirma Tyler al protagonista, quien al principio se mostró temeroso en la realización de sus transgresores y criminales ideales pero son ellos en dónde se ve íntegro. Parece ser que es imposible conformar al hombre con ser un extra más en esta realidad porque aspira a romper las reglas de un sistema que no lo congracia y esto, a veces, lo lleva a la otra vereda de la legalidad.

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