Esta película de 1988 del estudio Ghibli, retrata la vida de dos hermanos (un adolescente y una niña pequeña), quienes luego de un bombardeo estadounidense se quedan sin casa, sin familia, y se ven obligados a intentar sobrevivir solos en el ambiente pobre y ruinoso que es Japón en 1945.
Seita, el hermano mayor, intenta no sólo cuidar físicamente de su hermana (arreglándoselas para conseguir comida, intentando que esté cómoda al dormir), sino también realiza un cuidado emocional al no hacerle ver lo realmente desesperado y fragil de su situación. No le cuenta que su madre ha muerto (aunque luego se revela que ella sola lo supo), no le cuenta que roba la comida de agricultores cercanos, no le cuenta que saquea las casas de las personas durantes los bombardeos, no le cuenta que no van a conseguir ayuda y no le cuenta que la enfermedad que luego la agarra a ella va a ser letal. Durante toda la película, vemos a Seita mover cielo y tierra por su hermana, en detrimento de su salud mental, como adolescente que acaba de perderlo todo y sabe que su final sólo puede ser trágico, adoptando la posición de un adulto responsable, en un contexto simplemente imposible.
Además de lo obviamente angustiante de una situación sin salvación, lo que más conmueve, rompe el corazón e indefectiblemente saca las lágrimas en uno, es la inocencia de su hermana, que Seita tan intensamente intenta preservar, la dulzura de la niñez que él no quiere corromper con la realidad de la guerra. Él la cuida, intenta ahorrarle la angustia y desesperación que obviamente siente, entiende que ella es una niña y que debe ser cuidada; aunque él también sea un niño y nadie lo esté cuidando.
No es tanto el momento en el que Setsuko (la hermana) muere, sino cuando en la cueva en la que duermen ella le pregunta “¿Por qué mueren tan pronto las luciérnagas?” (que tan sólo la noche anterior brillaban tan intensamente), que como a espectador la angustia le resulta simplemente demasiado. Porque la pregunta si bien habla de esos insectos, realmente y más que nada habla de ellos dos, de cómo su infancia representada por esa luminicencia se puede apagar tan rápido con el horror de la guerra y la miseria, cómo sus propias vidas pueden acabarse cuando debían recién empezar. Por qué mueren tan pronto, si tan sólo ayer estaba todo bien, sus vidas, su familia, su país, todo cambia repentinamente en la vida de estos chicos y esto se expresa en una sola pregunta que hace una niña que no debería saber qué está ocurriendo y sin embargo parece que lo entiende todo: logra darse cuenta que su madre murió, entiende luego su propio estado de salud, etc. Y aún en este entendimiento sigue siendo una niña, que hace preguntas sobre luciérnagas porque no sabe cómo preguntar sobre ellos mismos, ya se por miedo o edad, la niñez es indeleble de ella y de su hermano.
Es esa inocencia la que desgarra emocionalmente a quien mira, es ese desamparo y desconocimiento de los dos niños por su propio futuro, sumada a la adultez asumida que tiene que tomar Seita para proteger a su hermana, que además termina resultando en vano porque él no logra salvarla, tal como no logra salvarse a sí mismo. La niñez desprotegida a la que uno como espectador tiene que enfrentarse, apela a la ternura, compasión y tristeza en cada uno que es simplemente imposible de ignorar.




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