Mi boca quiere pronunciar el silencio. Notas sobre El silencio es un cuerpo que cae de Agustina Comedi  Spoilers

Es que tu cuerpo
va flotando por mi habitación
cierro los ojos
lo retengo en mi imaginación.

Dame una señal. Virus

¿Qué intentan decirnos las imágenes? ¿nos hablan de aquello que fue capturado, de esa porción de realidad que deviene delante de una cámara o de quién decidió rescatar y atesorar aquellos fragmentos fugaces de una vida?

Revisar imágenes puede ser una forma de acercarse a quien las registró. A pesar de la inmaterialidad y el carácter fantasmagórico que las asemeja con la muerte, las imágenes se vuelven presencia, huella de una existencia. Una presencia doble, por un lado, registro/huella de lo capturado, por el otro, de quién estuvo detrás de la cámara. La imagen es memoria viva que se actualiza en cada nueva visualización y reproducción.

¿Qué ocurre con el vínculo entre las imágenes y la memoria en Argentina? ¿Rescatarlas y conservarlas será la manera de combatir el silencio y las desapariciones perpetradas por el terrorismo de estado en la década del 70? ¿Será una forma de sanar esas heridas, de combatir la ausencia con presencias, aunque sean fantasmales?

Hombre con la boca abierta

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[Imágenes paganas]

En El silencio es un cuerpo que cae la directora Agustina Comedi recupera las grabaciones del archivo familiar. Viajes, reuniones, celebraciones y actos escolares fueron registrados por su padre Jaime, con una pequeña cámara de video, en la década de los noventa. En el registro de su infancia, la directora volverá una y otra vez a las imágenes de una tarde de campo en el verano de 1999. Aquella reunión no parece esconder nada significativo, ningún elemento parece diferenciarla de encuentros anteriores. Pero encierran- sin saberlo, inocentemente- un inminente final, el de la vida de Jaime y el del archivo familiar. Aquella misma tarde Jaime muere en un accidente, como último gesto registró su propio final; imágenes desprolijas, desequilibradas que dan cuenta de la caída. Aquel también fue el día en que Agustina tuvo por primera vez una cámara entre sus manos. Registró a sus padres bailando, una de las pocas imágenes de Jaime delante de cámara, su última imagen. Sin saberlo, Jaime transmitía un legado a Agustina, las ansias por registrar, y sobre todo la necesidad de interrogar a las imágenes: qué esconden, qué es lo queda fuera del recorte del encuadre.

En aquellas grabaciones de la cotidianeidad de una familia cordobesa de buena posición no había rastros de la vida anterior de Jaime. Sin embargo, el oír a un amigo de su padre decirle: “Cuando vos naciste una parte de Jaime murió para siempre” despertó en ella la curiosidad de conocer a Jaime por fuera de su rol de padre. Siguiendo ese impulso Agustina se vincula con los amigos de su padre. En esos relatos se develará la historia de activismo político de Jaime en la década del setenta y su disidencia sexual. La directora vuelve a revisar el archivo familiar esperando que allí se manifieste lo que hasta el momento había permanecido oculto.

Una persona con un caballo

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[Los besos y la ausencia]

El silencio es un cuerpo que cae se inscribe dentro de la tradición del documental en primera persona o subjetivo, modalidad que en las últimas dos décadas ha sido profundamente explorada por el cine argentino. Ese cine contribuyó en la reconstrucción de un pasado histórico silenciado, y acompañó políticas públicas vinculadas a la memoria. Los hijos de quienes habían sufrido en carne propia la crueldad de la última dictadura cívico militar eclesiástica en la argentina (1976-1984), contaban su propia historia y la de sus padres desaparecidos. En un gesto que implica vincular lo cotidiano con lo político, las historias individuales con el devenir colectivo de una sociedad, las imágenes adquieren un peso político, convierten la ausencia en presencia, combaten el olvido.

Comedi inaugura una faceta poco explorada por las películas que indagan en ese periodo, centrando su interés en el vínculo conflictivo entre militancia política y homosexualidad. Propicia un dialogo entre ese pasado y el presente, desplegará lentamente las distintas capas que entrelazan lo personal con lo político, las redes de cuidado y afecto como forma de resistencia, la disidencia como orgullo, y las distintas formas de transitar el deseo. Incorpora la palabra de los otros, de quienes vivieron aquellos años de doble persecución- por militantes y disidentes sexuales- dentro de las agrupaciones y por fuera de ellas producto de una sociedad homofóbica y conservadora. Dentro de la memoria de la persecución y el dolor hay espacio para la dicha, Comedi recogerá anécdotas de la vida nocturna, las fiestas y los viajes, los lazos y lugares de encuentro que se vuelven refugio, espacio de libertad que contrastan fuertemente con un afuera opresivo.

La tensión de transitar y experimentar el deseo libremente en una sociedad normalizadora es llevado a imágenes. Comedi elige graficarlo con una doma de caballos proveniente del archivo familiar, mientras narra diagnósticos que tanto ella como su padre han escuchado de profesionales de la salud con un claro afán por normalizar y reprimir el verdadero deseo. Como contrapunto Jaime habita con libertad dos espacios que no son antagónicos- la homosexualidad y la paternidad- consuma su deseo de ser padre y transita con libertad una identidad fluida, escapando de las convenciones.

Niña con una guitarra

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[Tratando de encontrar algo. Debí soñar o imaginar]

La voz de Comedi hilvanará las imágenes del archivo familiar, las entrevistas y la ficcionalización del pasado juvenil de Jaime. Su voz ordenará la narración y dará lugar a otras voces creando un entramado polifónico donde conviven relatos que revelarán detalles de la vida de Jaime y de su época. La reconstrucción de aquella vida previa de su padre que la directora desconocía se construye a partir de fragmentos, para ello no se vale únicamente del gesto documental, del mero registro, también crea un espacio ficticio e imaginario de los primeros juegos, acercamientos y el nacimiento del deseo de Jaime, haciendo dialogar el documental con la ficción, desdibujando las fronteras que habitualmente los separan. Comedi decide conservar las marcas que el tiempo deja en la imagen, la textura y las fallas de una tecnología ya obsoleta que conserva un encanto especial y simbolizan una época. Al hacerlas dialogar con imágenes de otras materialidades como el super 8 crea una atmosfera particular, que por momentos se torna algo espectral.

El montaje se vuelve una etapa central para buscar un sentido dentro de lo fragmentario. La insistencia en la mirada, la repetición, el volver una y otra vez a algunas imágenes implica una reflexión profunda sobre lo que se está observando, habilita a la directora a pensar en voz alta, a esbozar preguntas por primera vez. Al mismo tiempo que rescata palabras de los relatos ajenos, como quien apunta una palabra clave en un cuaderno, que será como una llave, que permitirá pensar algo nuevo. Comedi les reserva un lugar privilegiado en la imagen a las palabras/llaves que la movilizaron y las protegerá entre corchetes para no perderlas.

En toda reconstrucción de una vida hay espacios insondables, probablemente eso sea lo que vuelva la tarea tan atractiva, los espacios vacíos que es necesario imaginar. Comedi llenará esos espacios desde el amor que profesa a su padre, imaginará para él un pasado dichoso, devolviéndole así- de alguna manera- vida a ese cuerpo caído. Porque como ella misma afirma “el silencio es lo único que pesa”.

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