El llanto de los niños. 

En un pequeño pueblo al final de un sendero flanqueado por árboles oscuros, se encontraba una antigua casa abandonada. Los habitantes del pueblo susurraban historias sobre ella, afirmando que estaba maldita. Ningún niño se atrevería a acercarse, salvo un grupo de adolescentes rebeldes que decidieron desafiar las leyendas y explorarla.

Una noche de otoño, con la luna llena iluminando el cielo, Clara, Tomás, Luis y Ana se aventuraron hacia la misteriosa casa. Sus corazones latían con fuerza mientras se acercaban a la entrada, donde unas viejas tablas crujían ominosamente bajo sus pies. La puerta, cubierta de polvo y telarañas, se abrió con un chirrido escalofriante.

Al entrar, el aire estaba frío y rancio, impregnado de un olor a moho. Las paredes estaban cubiertas de retratos de personas con miradas sombrías, como si observaran a los intrusos. Clara, la más valiente del grupo, tomó una linterna y comenzó a explorar. "No tengan miedo. Esto es solo una casa vieja," proclamó, aunque su voz temblaba un poco.

Mientras recorrían el pasillo, un susurro apenas audible atrajo su atención. "¿Escucharon eso?" preguntó Ana, con el rostro pálido. Tomás, tratando de aparentar valor, se acercó a la fuente del sonido, un antiguo espejo enmarcado que parecía haber sido despojado de su brillo. Al acercarse, el susurro se hizo más claro “Vuelve… vengan a jugar…”Luis, incapaz de contener su curiosidad, se acercó al espejo y, por un instante, vio un destello: un rostro demacrado asomado detrás del cristal. Gritó al retroceder, causando que todos se miraran, llenos de temor. "Debemos irnos," dijo Clara, pero al girarse hacia la puerta, esta se cerró de golpe, atrapándolos en la oscuridad.

El pánico se apoderó del grupo. El susurro se transformó en risas lejanas, llenando el aire con una sensación de desesperación. "¿Qué hacemos?" preguntó Ana, claramente asustada. "Estan jugando con nosotros," murmuró Tomás, muy pálido,en un intento por escapar, se dirigieron hacia una ventana, solo para encontrarla sellada. Cada intento por salir era en vano. El susurro se intensificaba, resonando con voces de niños que clamaban por compañía, por alguien con quien jugar. De repente, una fuerza invisible pareció levantarlos y llevarlos hacia el espejo

No!" gritó Clara, luchando por liberarse. Pero sus cuerpos se sentían pesados, como si la casa misma estuviera absorbiendo su energía. En un último esfuerzo, Clara recordó las leyendas sobre la casa. Con valor, se acercó al espejo y, mientras las risas resonaban, gritó: “¡No somos juguetes!”

Las risas se detuvieron y una calma inquietante llenó la habitación. Un silencio pesado envolvió a los adolescentes, y la puerta, que antes estaba cerrada, se abrió lentamente. Como si un poder desconocido hubiera decidido liberarlos, Clara, Tomás, Luis y Ana corrieron fuera de la casa, dejando atrás las risas y susurros.

Desde esa noche, nunca volvieron a acercarse a la casa. El pueblo continuó susurrando sobre los 'niños que jugaron en el espejo', pero Clara y sus amigos sabían la verdad: algunas historias son más que leyendas; son advertencias que deben ser tomadas en serio. La casa permaneció en pie, silenciosa y esperando, lista para atraer a los desprevenidos que se atrevan a cruzar su umbral.

Caracas, Venezuela.

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