
Era una noche de luna llena cuando Isabel decidió regresar al lugar donde su vida cambió para siempre: la cabaña en medio del bosque, aquella que había compartido con Lucas, el amor de su vida. Todo estaba cubierto por una capa de niebla que parecía contener secretos que el tiempo no había borrado. El aire era espeso, cargado de una melancolía que la atravesaba como un cuchillo.
Hacía dos años que Lucas había muerto en un accidente inexplicable. Habían salido juntos a caminar por el bosque, como solían hacerlo, cuando él se detuvo de repente y, con una sonrisa que parecía contener un adiós, le dijo: "No importa lo que pase, siempre estaré contigo." Minutos después, tropezó, cayó por una pendiente rocosa y nunca despertó. Isabel lo vio morir en sus brazos, incapaz de hacer algo para salvarlo. Desde entonces, su vida había sido una espiral de dolor y culpa.
Aquella noche, sin embargo, algo dentro de ella le dijo que debía volver a la cabaña. Algo la llamaba.
Cuando llegó, el lugar estaba tal como lo habían dejado: las cortinas de lino blanco ondeaban con el viento, y la chimenea, aunque apagada, conservaba las cenizas de su última hoguera juntos. Isabel encendió una vela y se sentó en el sillón donde solían leer libros, uno al lado del otro. Cerró los ojos y dejó que los recuerdos la inundaran. Su risa, su voz, el calor de sus abrazos… todo estaba tan vivo en su mente que dolía.
De repente, un ruido proveniente del dormitorio rompió el silencio. Era un susurro, como si alguien pronunciara su nombre: "Isabel…". El corazón se le detuvo. La vela parpadeó y, por un instante, creyó ver una sombra moverse en el pasillo. Quiso convencerse de que era su imaginación, pero algo en su interior sabía que no estaba sola.
Se levantó, con el pecho latiendo con fuerza, y caminó hacia el dormitorio. La puerta estaba entreabierta, y al empujarla, vio algo que le heló la sangre: en la cama, sobre las sábanas, estaba el libro que Lucas había estado leyendo el día que murió. Pero lo más aterrador era que las páginas estaban abiertas en un poema que él solía recitarle: "Aunque la muerte nos separe, mi amor por ti nunca morirá."
Entonces, lo escuchó de nuevo. Esta vez más claro, más cercano: "Isabel." Su nombre, dicho con aquella voz que había amado tanto. Giró lentamente y lo vio. Allí estaba Lucas, de pie en el umbral de la puerta, con los mismos ojos que la habían enamorado, pero su rostro estaba pálido, y una sombra oscura parecía envolverlo.
—¿Lucas? —preguntó con un hilo de voz, sintiendo las lágrimas brotar de sus ojos.
Él asintió, y por un momento, sus facciones se suavizaron, como si el amor que compartían pudiera atravesar incluso la muerte. Extendió una mano hacia ella, y aunque todo en su interior le decía que debía huir, Isabel dio un paso al frente.
—Te extraño tanto —susurró, tocando su mano, que era fría como el hielo.
En ese instante, la cabaña comenzó a temblar. Las paredes se llenaron de grietas, y un grito desgarrador resonó en la habitación. Lucas retrocedió, como si algo lo estuviera arrastrando lejos de ella.
—¡No te vayas! —gritó Isabel, pero era inútil. Él la miró con desesperación, y con la misma voz que la había llamado, dijo:
—Corre. Esto no soy yo.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, la figura de Lucas se desvaneció, y una sombra grotesca emergió de las grietas en las paredes. Era como si el dolor y la culpa de Isabel hubieran cobrado forma, una criatura que se alimentaba de su tristeza. Corrió hacia la puerta, pero la cabaña parecía haberse transformado en un laberinto interminable.
Al final, encontró la salida y se desplomó en el suelo del bosque, llorando desconsoladamente. Aunque había escapado de la cabaña, sabía que no podía escapar del peso de su pérdida.
A la mañana siguiente, la cabaña había desaparecido, como si nunca hubiera existido. Pero Isabel llevaba consigo algo nuevo: una certeza. Lucas estaba ahí, de alguna manera, luchando por protegerla incluso desde el más allá. Con el tiempo, decidió vivir por él, por ambos, llevando en su corazón el eco de su amor y la promesa de que algún día volverían a encontrarse, en un lugar donde el terror y la tristeza no pudieran alcanzarlos.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.