Joker: Folie à Deux
La secuela que nadie pidió, pero todos necesitábamos

por Gastón Siriczman
Mientras la mayoría ya ha relegado esta película al estante del olvido, aquí vengo yo a reivindicarla. Sí, una vez más me toca estar del lado de las minorías, qué se le va a hacer.
Hace cinco años dejamos a Arthur Fleck en Arkham, luego de haber acabado con al menos media docena de personas. Su espíritu disruptivo contra las élites se había multiplicado en Gotham —y en nuestra realidad también—, convirtiéndolo en un emblema ambiguo, capaz de ser reivindicado tanto por facciones de izquierda como de derecha.
Cuando volvemos a encontrarnos con Arthur, el sistema ya ha comenzado a corroerlo y su carácter está quebrado. Tanto es así que ha perdido su risa patológica y se niega a contar sus chistes. La oscuridad del personaje es absoluta hasta que aparece en el coro del asilo Harley Quinn. En ese momento se abre una pequeña grieta por la que se cuela la fantasía, y, a diferencia de la primera película, en la que las alucinaciones tomaban la forma de la comedia, en este caso Todd Phillips opta por el musical.
El vínculo entre Arthur y Harley es la locura. Para que la relación funcione, es imprescindible que el Joker vuelva a tomar el control. Pero claro, no todo es tan lineal. Como espectadores, sabemos, gracias a la primera película, que no todo lo que vemos necesariamente es real. Una gran parte de nuestro rol es determinar qué es realidad y qué es fantasía, y ese no es un juego fácil, ya que las pistas son imprecisas y sutiles, como los colores de los paraguas que van cambiando a lo largo de una misma escena.
Lo cierto es que Arthur navega constantemente entre esos dos mundos. La diferencia con la primera película es que ahora va tomando conciencia de la existencia de una realidad paralela, lo que lo sitúa en otro lugar. En este sentido, hay muchas semejanzas con la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, donde el protagonista gana en lucidez y reflexión, llegando incluso a dudar de su misión, mientras que su compañero se deja arrastrar por el idealismo e incluso por la fantasía. Por supuesto, también es evidente la semejanza en términos de autorreferencialidad: así como el Quijote es consciente de la existencia de una novela que narra su historia, Arthur es consciente de la existencia de una película sobre su vida.
Mi compañera Alejandra encontró, además, sorprendentes similitudes con Hombre mirando al sudeste, joya del cine argentino posdictadura dirigida por Eliseo Subiela. Aquellos que la han visto recordarán la escena en la que los internos del manicomio se rebelan y toman el control al ritmo de la Novena sinfonía de Beethoven.
Joker: Folie à Deux no es una secuela convencional ni encaja dentro del canon que exigen los fans, de ahí el impresionante rechazo del público. Es verdad que no es una película sencilla: las canciones generan distancia con la historia, el protagonista nunca se recupera de su fractura interna y el tono general del film es de un pesimismo melancólico que grita a viva voz que no hay esperanzas. Y eso, nos guste o no, es lo que cada vez escuchamos más en las calles.




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