La desdicha de Antonius Block. Bergman en diálogo con Hegel y Kierkegaard 

En un célebre pasaje de la Fenomenología del espíritu Hegel afirma que la conciencia desdichada es aquella que no se encuentra en sí misma. Para Hegel, la conciencia desdichada surge cuando ha alcanzado la libertad terrenal pero ha encontrado un amo absoluto: Dios. La conciencia desdichada ha descubierto el infinito, pero lo ha descubierto afuera, en Otro. Por lo tanto el fundamento de su existencia está en ese Otro. Este amo absoluto es inaccesible, permanece en el más allá. El ser humano reconoce entonces su finitud y su pequeñez y suspira por ese más allá. Dobla su rodilla y junta sus manos para orar a ese Dios lejano depositario de toda esperanza. La vida terrena se convierte así en un paréntesis, en un verdadero vía crucis. Extranjera en la tierra, la conciencia desdichada sólo encuentra consuelo en la promesa de eternidad. Es precisamente la fe en dicha promesa la que da carne y sangre a la vida en la tierra. Pero el Dios que la sostiene es distante, lejano. Hay que creer sin ver. Tal vez esto es pedir demasiado a criatura inquieta y curiosa como lo es el ser humano. En la conciencia desdichada anida la duda. Precisamente es desdichada porque está escindida entre dos extremos que no logra reconciliar. Dudar (Zweifeln) es estar entre dos extremos.

Este preámbulo hegeliano muestra el drama que vive Antonius Block en El séptimo sello de Ingmar Bergman. Antonius Block es un cruzado que ha ido a Las Cruzadas por falta de fe y ha regresado todavía con más dudas. Busca certezas. No le basta creer sin ver. No puede tener fe en lo que no puede hacerse sensible, en lo que no puede ser visto y tocado. Está dispuesto incluso a pactar con la sombra para llegar a la luz. Por ello acepta jugar al ajedrez con la muerte. Block representa la rebeldía, la astucia, la duda y la búsqueda humana de sentido. No puede tener la sencillez del que vive plenamente en la tierra y al mismo tiempo tiene fe. No es el artista errante que puede ver a la Virgen y gozar plenamente de la vida en los sencillos juegos con su hijo y en la risa de su joven esposa. El artista aparece como una figura cuya fe no tiene la grieta de la melancolía que se marca en la frente de Antonius Block. La melancolía es escisión. Es una figura de la conciencia desdichada. Antonius no se conforma con un Dios distante. Él pretende verlo y, acaso como Job, interrogarlo. Hemos dicho que Antonius ha ido a Las Cruzadas por falta de fe. Para Hegel, Las cruzadas representan el esfuerzo de la conciencia desdichada por encontrar un rastro sensible de Dios, una prueba, una certeza. Pero todo lo que la conciencia desdichada puede encontrar es, dice Hegel, el sepulcro. Una y otra vez, para el cristiano, para la conciencia desdichada, la esperanza aparece sólo después de la muerte. Esta es la pesadez en el ánimo de Antonius, su melancolía (Schwermut). De ahí la profundidad del símbolo del juego con la muerte. La partida final se aplaza una y otra vez. Antonius es astuto, como Jacob o como Odiseo, hace uso de múltiples engaños para torcer o por lo menos postergar el destino. Antonius le hace algunas trampas a la muerte. Héroe trágico luchando contra un irrevocable destino, Antonius encarna las dudas y preocupaciones del ser humano en su relación con las más profundas cuestiones. Antonius busca el rostro de lo absoluto. Quiere ver a Dios. Su melancolía le impide ver o experimentar a Dios en la sencillez. Para quien ha perdido la fe sólo queda la especulación, la magia, acaso la ciencia como el mismo Antonius lo sugiere. Él no se conforma con el sepulcro, quiere un Dios vivo.

Antonius Block anuncia la nueva figura de la conciencia; el sujeto moderno que busca certezas. La conciencia que ya no puede sólo creer sino que necesita ver; “quiero entender, no creer”, dice Antonius. Pero el racionalismo que asoma con Antonius es también desdicha. La conciencia escindida que busca certezas. El célebre “pienso, luego existo”, será el estandarte de esa forma de conciencia desdichada. Un hombre moderno sencillamente ya no puede creer. Antonius Block anuncia esa crisis. La vive y lo desgarra. ¿Qué Dios busca Antonius? ¿Hay un Dios de certezas? ¿No es Dios, por esencia, el que ama esconderse, no mostrarse? Antonius Block representa la osadía humana que quisiera rasgar los velos que ocultan al Dios misterioso. Antonius no respeta el silencio y el misterio de Dios. Representa la hibris humana que quiere ver más de lo que acaso puede comprender: “quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro y me hable”. Acompañamos a Antonius en esa desmesura porque nosotros, modernos o incluso posmodernos, ya no —y todavía no—, podemos recibir un tazón de leche fresca y olorosas fresas sin sospecha, sin una grieta que surque la frente. No estamos preparados para el milagro. Una y otra vez metemos el dedo en la llaga. Tenemos la melancolía del cruzado que no ha encontrado más que el sepulcro de lo que tendría que ser el sentido de la vida. ¿Puede el ser humano superar la melancolía, quitarse la pesadez y alcanzar la liviandad, la confianza de una segunda inmediatez?

Como bien le dice la joven artista a Antonius, él es demasiado solemne. Entonces la fe tal vez no es solemnidad sino sencillez. Según Søren Kierkegaard, filósofo muy presente en la obra de Bergman, el movimiento de la fe es vivir en la tierra sin signo de contacto con algo heterónomo. No es el rostro demacrado o melancólico. Es el hombre que puede hablar con entusiasmo de un plato de comida y se sienta a la mesa y come placenteramente. Su relación con lo absoluto es tan espontánea que no deja marca en la exterioridad. Como el bailarín experto, el hombre de fe no deja entrever nada artificial en sus movimientos. El hombre de fe es quien sabe de lo absoluto pero ha recuperado la sencillez de la inmediatez. Su relación con el mundo, tras la duda, es de plena confianza. Para Kierkegaard la fe es una segunda inmediatez. Entonces tal vez quepa esperar la posibilidad de que el camino de la duda sea un círculo que puede completarse. O más bien un salto al absurdo, un salto de fe. Pero todo lo que hay entre los dos extremos es desdicha y desesperación. En El séptimo sello esta inmediatez, esta sencillez y confianza del verdadero creyente, la representa la familia de artistas errantes. Tal vez la vida se presente constantemente ofreciéndonos un tazón de leche fresca con olorosas fresas. Pero nosotros, desdichados hombres de poca fe, no podemos recibirlo sin un surco en la frente, sin la duda que ensombrece el horizonte. Hemos optado por el camino de la duda. Seguimos jugando al ajedrez con la muerte. Al final ella —el señor absoluto como la denomina Hegel— triunfará, pero con artimañas podemos prolongar nuestro camino. Podremos darle algún ingenioso jaque. Y en ese entreacto indagar, buscar, crear, amar. Y diremos con Antonius: “[esta] es mi mano. La puedo mover… el sol sigue en lo alto iluminándolo todo, y yo… juego al ajedrez con la muerte”.

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