The Thing Called Love empieza mostrándonos el viaje de Miranda Presley (Samanda Mathis) a bordo de un colectivo Greyhound. En los paisajes que llega a divisar por la ventana de pronto aparece la estatua de la libertad, una información que junto con su gorra de los Yankees nos hace pensar que el personaje se está acercando a Nueva York. Cuando este monumento aparece en el cine, suele ser como señal del recibimiento que la ciudad le da a los inmigrantes que se mudan ahí a buscar fortuna. Pero acá la estatua aparece lejos, de espaldas, reencuadrada por un paisaje de yuyos nada glamoroso, y pronto descubrimos que Miranda en realidad está dejando Nueva York para ir a probar suerte como música y compositora en Nashville, la autodenominada “music city” como la anuncian varios carteles a lo largo de la película.
Viajamos a Nashville entonces, a contramano, a donde Miranda viaja decidida a encontrar un destino en la música country. Alrededor de Miranda, de la actriz Samanda Mathis y este submundo de los músicos jóvenes en busca de su destino, la película construye una galería de presencias encantadoras. Está River Phoenix, en la última película que filmó antes de su muerte por sobredosis, como James Wright, el músico con el que primero interactúa Miranda apenas se baja del Greyhound y que será el primero en empezar a cosechar un pequeño éxito en su carrera. Está Kyle Davidson, interpretado por Delmot Mulroney, un actor que le entrega a su personaje una inocencia, un romanticismo y una bondad que contrasta con los vaivenes que hacen más opaco a James. En el papel de Linda Lue está Sandra Bullock, una actriz clásica, de una simpatía extraordinaria que no tuvo tantos grandes papeles como se merece, bendecida con la ligereza que le permite fluir sin sobresaltos de la comedia al melodrama. Entre estos personajes hermosos y un poco tontos (como vemos en varias canciones de la película, fool es una palabra que el country pronuncia con compasión por sus personajes) Bogdanovich despliega una trama en la que caben sus frustraciones y tristezas pero que se desarrolla en el tono alegre y protector de las grandes comedias románticas (The Thing Called Love es una de las mejores de los 90).
The Thing Called Love se estrenó en 1993 y fue la tercera de una racha de tres grandes películas de Bogdanovich (después de Texasville y Noises Off!) a las que les fue mal con la taquilla, y que decidieron su deriva el resto de los 90, en la que Bogdanovich se dedicó mayormente a realizar películas para la televisión. Esto acaso haya determinado también su destino dentro de su propia, dejándola en segundo plano. Es una película dirigida con una inteligencia que se mueve en silencio y sin nunca ponerse por encima de sus personajes. Roger Ebert escribió en aquel momento la que posiblemente sea la crítica más canalla de la historia, en la que acusaba a la película de no haber sabido advertir el peso que arrastraba River Phoenix y que terminaría en su suicidio unos meses más tarde. La historia permite pensar, sin embargo, que Phoenix haya estado contento de este trabajo en el que accedió, en pleno ascenso de su estrellato, a hacer un papel por detrás de la protagonista Samantha Mathis porque quería poder cantar en una película (una oportunidad que tuvieron todos los actores, que interpretan las canciones de sus personajes). Su actuación es extraña pero pregnante; puede que Phoenix no fuera un gran actor e imitara demasiado a James Dean, pero compensaba con una virtud no menor: no le importaba actuar mal. Y la verdad es que entre los milagros de The Thing Called Love está el de convocar una soltura única en sus actores y actrices, cediéndoles un espacio que les permite encarar sus interpretaciones sin tensión, trabajando de una forma más lúdica que le transmite a las escenas esa contagiosa impresión de presente vivido. Viéndola uno se imagina un clima de buen humor en el rodaje y cómo esa atmósfera desembocó en momentos como el baile de Miranda, Kyle, Linda Lue y su novio Billy en el concierto de country al que van una noche, o el casamiento repentino e improvisado (que nos hace pensar en una misma planificación abierta al momento detrás de la cámara) entre Kevin y Miranda en un minisupermercado en Memphis.
La película sucede en Nashville pero la ciudad como un espacio amplio solo aparece a distancia y en una escena (cuando se suben a la terraza del hospital a cumplir el rito de avisarle a la ciudad que están ahí para quedarse). Bogdanovich en cambio la organiza con una economía que le permite a la trama desarrollarse retornando a unos pocos lugares: el Bluebird Café, meca de los músicos todavía ignotos del country, el motel Drake en el que se aloja Miranda, el diner Blakey’s al frente del motel, en el que se desvela intentando escribir su gran canción. Antes que una idea vaga de ciudad, Bogdanovich prefiere acostumbrarnos a estos espacios y que con el paso del tiempo reconozcamos el tipo de calidez que distingue a cada uno (el ambiente de bar semicerrado, calmo, sin estridencias, atento a lo que pasa en el escenario entre los músicos durante las audiciones en el Bluebird; la moza del Blakey’s y sus pequeños consejos cuando se acerca a servirle café a Miranda; el inolvidable conserje del Drake del que ya hablaré más adelante).
Junto con sus cuatro personajes principales y sus enredos, la generosidad humana de la película se expande a personajes que aparecen brevemente pero influyen sobre la trama y a los que Bogdanovich sabe hacerlos memorables pintando en ellos algún detalle que los vuelve singulares. Está Lucy, la dueña del Bluebird y organizadora de esas audiciones que dan como premio la oportunidad de tocar una canción la noche del sábado, con la esperanza de ser descubiertos por algún promotor de la industria de la música. Lucy es inclemente en sus decisiones que dibuja como un NO o un YES rotundo sobre las aplicaciones, pero detrás de esa apariencia de hierro va develando una bondad representada por lo que les recuerda a todos los que no pasan una audición: “Solo significa que no creo que estén listos. No se desanimen, vuelvan a casa, sigan escribiendo y vengan de nuevo”. Y un personaje genial es el administrador del motel Drake en el que se alojan Miranda y Linda Lue. El tipo alquila habitaciones discutibles (Miranda cae en una habitación bizarra decorada con escenografía de música disco), pero compensa con otro tipo de hospitalidad que se hace patente cuando recibe a Miranda y ella le advierte que su tarjeta no funciona pero puede llamar a la compañía para comprobar que tiene fondos: “Confío en tu palabra. Prefiero confiar en una persona que en una máquina”. Bogdanovich le regala a este tipo una pasión enorme por el country que sin embargo se expresa en un detalle discreto y maravilloso: el cartel del hotel a donde todos los días el tipo se sube a dejar una frase de una canción. El conjunto es un testimonio personal del amor por la música:







Pero la pieza más preciosa de esta colección es la última de todas. El hotelero, después de escuchar la nueva canción de Miranda y ver cómo ella duda de la frase que repite en el estribillo, se permite contradecirla: “That’s one hell of a line” / “Es un verso increíble”. Más tarde, cuando Miranda, triste por el destino de su relación con James y desalentada por la poca suerte que está teniendo con la música, decide tomarse el colectivo de vuelta a Nueva York. Mientras está dejando Nashville, tal como al principio veía la estatua de la libertad de espaldas, Miranda pasa por el Drake y descubre la frase que el hotelero eligió ese día:



La emoción al ver su frase en el cartel la conmueve al punto de hacerla dar marcha atrás y volver a Nashville, decidida a tocar la canción en el sábado del Bluebird. Es un gran momento, de una sensibilidad muy precisa de la película hacia los sueños de sus personajes y el sentido que tienen para ellos más allá de palabras como “éxito” o “carrera”. Es un regalo que significa para Miranda la breve realización de su sueño, mostrándole al fin como una de sus creaciones se preserva en la memoria de otro ciudadano común. Otra gran escena de la película rima con esta de Miranda, y es cuando Kyle, justo cuando acaba de agarrarse a las trompadas con James y en el punto más doloroso de su amor no correspondido, escucha en la radio la versión del tema que escribió. Es espectacular ver cómo le cambia la cara y la tristeza muta en felicidad absoluta, con el gran detalle cómico de hacerlo chocar el jeep mientras un grupo de gente se reúne y en lugar de agredirlo por el accidente parecen perdonarlo cuando ven que la canción que suena es suya.



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