"La verdad no tiene que ser bella;
tan solo tiene que ser verdad."
Scott Turow, abogado y escritor estadounidense, publica en 1987 su primera novela. Escrita en primera persona, un fiscal llamado Rusty Sabich habla acerca del sorpresivo asesinato de su compañera de trabajo Carolyn Polhemus, y la posterior investigación en búsqueda del culpable.
No leí la novela, y debo admitir que no es la primera vez esta semana que leo acerca de una novela escrita en primera persona que me veo seducido a leer (un fenómeno similar al de la serie “El día del Chacal”). No específicamente por el hecho de que sea escrita en primera persona, sino porque existe en ello una estrategia narrativa fundamental para que suceda el éxito que terminó sucediendo y que bendecirá sus secuelas. En 1990, la novela de Turow se adaptó, por primera vez, tres años después a una película protagonizada por el señor Harrison Ford. Recuerdo vagamente haberla visto en mi infancia, o robar de casualidad para mi recuerdo algunas imágenes haciendo zapping ya que no me dejaban verla. El nombre de la película era Se presume inocente.

Hoy es jueves. El domingo, al comienzo de la semana, me quedé sin serie para ver. En general veo en simultáneo dos: una para ver en pareja, otra para cuando estoy solo. Sin estar en búsqueda de un contenido en particular, las casualidades del maldito azar de las redes sociales y las historias de instagram, me llevan a ver un story de un reconocido comediante de mi país. Pone la tapa de una serie que lleva el rostro de un determinado actor, y escribe debajo “A este tipo dámelo siempre”. Su texto no me sorprende porque pienso lo mismo que él acerca del actor. La señal se me vuelve clara. Además, desde hace algunos meses, por mi tendencia de rastrear nuevos contenidos recomendados para así armarme una lista de pendientes entre series y películas, aquel título había quedado bajo polvo y olvidado. El principal motivo para querer verla y por el cuál la había anotado entre mis pendientes, era por la admiración que me despierta su protagonista Jake Gyllenhaal. El segundo motivo, era su título. El título de la serie me sonaba familiar. Muy. Escarbo en mis recuerdos. ¿Por qué me resuena tanto? Comienzo a verla el domingo, y terminé su octavo capítulo ayer por la noche. Es hoy escribiendo esta nota que descubro la más torpe obviedad. La serie y la película antes mencionada llevan el mismo nombre. Una vez más, un policial se adueñó de mis noches desesperándome: Presunto inocente, en Apple TV+.

No les compartiré el trailer porque yo mismo no lo vi y jugó a favor de mi credulidad. Les sugiero que no lo vean y decidan si continuarla en base, al menos, a su primer capítulo. Sí déjenme decirles lo siguiente: tengan fe. El argumento es idéntico al del libro: Sabich (Gyllenhaal) es un fiscal que, mientras está disfrutando de su jardín y su familia, recibe un terrible llamado: su colega y mano derecha, Carolyn Polhemus, apareció asesinada de una muy peculiar manera. En la misma semana en que ésto sucede, Raymond Horgan (su jefe y mejor amigo interpretado por Bill Camp) y Sabich pierden su lugar en la fiscalía al salir Horgan derrotado en las elecciones. El nuevo fiscal de turno Nico Della Guardia (interpretado por O-T Fagbenlle) y su nuevo asistente Tommy Molto (Peter Sarsgaard, cuñado en la vida real de Gyllenhaal) pasarán a estar a cargo de la investigación por el asesinato de Carolyn. La competencia entre los cuatro, y una fuerte enemistad cargada por el tiempo y quién sabe cuántas otras cosas más entre Sabich y Molto, marcará el curso de una investigación sin pruebas suficientes, ni arma homicida, ni sospechoso. En determinado momento, se descubrirá un motivo para que Molto establezca su primer sospechoso ante la ley: el propio Sabich. De allí en adelante, y por diferentes razones, el protagonista deberá ocuparse junto a su amigo Horgan de limpiar su propio nombre, demostrar su inocencia, y salir ileso frente a la ley.
Hoy día me resulta una hermosa redundancia mencionar y subrayar la calidad actoral de las series y las películas que veo. Cuando descubro alguna anomalía, me parece tan obscena como evidente, y admito enervarme fácil con el profesional o la dirección actoral. Esta serie no falla en ello. Todos los intérpretes se destacan, lucen las particularidades de sus respectivos personajes, y les otorgan la terrible inestabilidad emocional lógica que merece un relato como éste. Sin este valor de sus personajes, el relato podría pasar de común a insoportable. A lo sumo sería rescatado por un guion sumamente inteligente que está a la altura que demanda el género policial y la exitosa novela que lo gestó. Todo lo que sucede en esta serie, tiene valor. Nada da igual. Las escenas de transición nos dejan ver a sus personajes o los vínculos entre ellos. La información se acaudala con precisión, lentitud, pero sin demorarse. El ritmo narrativo es paulatino pero devorador. Ruth Negga, quien interpreta a la esposa de Sabich, es una de las mayores pruebas de los aciertos realizativos sobre la ejecución del guion. Un personaje como el de ella, en otras series o películas, podría haber sido empujado hacia el llanto o el dramatismo reiterado y aburrido. Gracias a comprobar que las emociones no son cuestiones racionales ni lógicas, ni que pueden deducirse de un argumento, los personajes son capaces de mucho aún estando aprisionados por una circunstancia terrible. En esta serie, descubrir profundos secretos insoportables que encima se volverán públicos por consecuencia del juicio y su televisación, puede llevar a sus personajes a confrontar entre sí, como a salir de copas, festejar y distraerse. El comportamiento frente a situaciones límites, puede ser impredecible e incontrolable. Todo el tratamiento de la serie, es arriesgado, fino, y lleva a su espectador a una constante confortable incomodidad. ¿Quién es el asesino? ¿Quién es responsable moralmente de lo que iremos descubriendo? ¿Qué es lo que está bien y lo que está mal?

Bueno. Sí existe algo que está mal. No dejo de impresionarme por las decisiones sobre los terceros actos y los finales. Tengo la sensación que los productores, las plataformas y los inversores, toman por asalto el set o la sala de edición, y fuerzan a los artistas a entregar el mando. Yo les juro que lo que sucede en los últimos cinco minutos de la serie, no solo no hace honor a todo lo anterior, si no que además lo arruina. Lo mancha, lo traiciona.
Hay una verdad tácita, una regla de juego fundamental en un relato policial. Para el final del juego, las cartas tienen que haber estado todas sobre la mesa. No puede resolverse una historia, con una verdad que su espectador y fiel testigo nunca jamás podría haber hipotetizado o descubierto por sí mismo. No es lo mismo un acto de ilusionismo, que mentir. El final es un profundo capricho tramposo, precoz, que lastima el arduo trabajo de tantos profesionales involucrados en la serie. Y les garantizo que el motivo no es que haya imitado a la película predecesora, no repiten su resolución, por lo cual los responsables del error son trabajadores de este proyecto. Ese sí que sería un buen policial: ¿quiénes son los responsables de arruinar tantas horas de trabajo y traicionar así a su leal espectador?
Chesi




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