Emilia Pérez: la chispa adecuada Spoilers

“Hay que apagar el fuego”, le dice Rita (Zoe Saldana) a Emilia (Karla Sofía Gascón), en medio de una conversación telefónica que es pura confusión.

Esta sensación de caos se debe a que, literalmente, estamos ante una pantalla dividida en tres mientras Rita mantiene otra intensa charla con Jessi (Selena Gomez). Se entiende que ambos intercambios no suceden en simultáneo, pero la escena está montada del tal manera que percibimos a estos tres personajes hablando al mismo tiempo, aunque sepamos que no es así.

El momento en cuestión sucede probablemente en los últimos 15 minutos de la película, pero los remarco ahora porque, formalmente, han habido desde el principio un sin fin de decisiones estéticas desconcertantes como ésta y, temáticamente, “el fuego” ya es casi imposible de apagar a esa altura del relato.

“Emilia Pérez” (Jaques Audiard, 2024) es una película ardiente, vibrante y eléctrica.

Emilia.

Deberé hacer un paréntesis para hablar del afuera (es decir, lo que está pasando con la obra hoy en día), puedo confirmar que viene prendiendo el fuego hace mucho tiempo. El film sacude y enciende la mecha por dónde pase, levantando torbellinos de indignación o celebración, sin puntos medios.

La razón, como algunos saben, es porque se mete de lleno en temas sociales candentes, puntualmente de México, y a su vez ofrece una mirada muy particular sobre la transición de género.

Desde la introducción, las intenciones son claras. Lo primero que vemos, como una especie de postal onírica, es un trío de mariachis con sus trajes y sombreros vistosamente iluminados con lamparitas que aparentan un cartel publicitario, seguido por una panorámica de la ciudad de México casi de manual, mientras suena una canción que entona esos anuncios de compra/venta de usados que aturden por los parlantes de una camioneta.

¿Se imaginan esto? Bueno, ahora agréguenle cine. O mejor dicho, fantasía.

“Emilia Pérez” es exactamente eso: una exageración absoluta, que desborda estilo por todos lados, cuya delirante trama no tarda en desarrollarse. Y a todo esto, súmenle que es un musical atípico.

Rita.

Me fue imposible indignarme o quedar indiferente ante semejante propuesta. Pienso yo si, de haber nacido en México y vivido el horror que retrata la película, sentiría lo mismo. Puede que no, pero sé lo que sentí. Bastantes estímulos audiovisuales como para no caer rendido a los pies de esta joya. Suficiente confianza en lo que se cuenta como para no creerlo. Demasiado amor por sus personajes como para no compenetrarse con ellos.

Si uno quiere odiar, encontrará el odio fácilmente. Puede desfenestrar la película si deposita la frustración allí, pero recuerden las otras cosas que sí perdonan cuando están de buen humor.

La trama avanza a un ritmo frenético, sin dar respiro, con diálogos que mutan en canciones (Rita y el cirujano isarelí, uno de los más fallidos) y números musicales que terminan abruptamente (Rita cantando luego del llamado intimidante, uno de los más originales). Hay coreografías deformes que salen de la nada (la catarsis de Jessi) y otras melodías ridículas (la clínica en Asia). Pero siempre hay pulso, un corazón latiendo con fuerza, una llama gigante que se mantiene viva con el combustible que genera esta alocada historia.

El placer del exceso.

Sí, probablemente ya se han cruzado miles de veces con clips de estas escenas en Internet, ¿pero es ahí dónde se deben ver las películas? No puede juzgarse una obra por el montaje sesgado de otra persona. Si “Emilia Pérez” se incendia, lo hace a conciencia.

Y sucede que el fuego pierde el control, sobretodo por la mitad de la película. No tanto por la temática que se zambulle en la realidad más dura de México (los desaparecidos), sino porque es forzado incluso para la protagonista.

¿La idea de que un capo del narcotráfico decida desaparecer para convertirse en mujer? Compro.

¿Mostrar todo el proceso de búsqueda de cirujanos, operación y recuperación a través de música? Estoy.

¿Luego ese narco, convertido en Emilia Pérez, busca a la abogada que lo ayudó a cambiar de sexo y desaparecer, para que ahora lo reúna con sus hijos y se haga pasar por la tía de ellos? ¡Esto es genial!

¿Que esta mujer renacida, que no deja de tener memoria de las atrocidades que hizo su anterior yo, ahora quiera expiar culpas creando una organización que busca a los cuerpos desaparecidos por el narcotráfico?

Bueno, quien mucho aprieta, mucho también abarca.

Cómplices.

“Emilia Pérez” no es perfecta, pero no es ningún despropósito. Es una rareza de esas por las que el cine merece existir. Aun con sus excesos y sus derrapes, tiene una vitalidad impresionante. Incluso se da el lujo de no ser explícito cuando podría serlo descaradamente.

Tiene la fortuna de contar con tres actrices estupendas. ¿Qué Selena Gomez habla mal español? ¡Pamplinas! Si no les quedó claro que su personaje es norteamericana, vayan a seguir formando su opinión por Twitter.

Además, ante lo sórdido y trágico de su universo, hay lugar para lo bello y lo poético: sus fundidos a negro, las miradas a cámara o los momentos íntimos, frágiles como el cristal, como cuando Emilia habla con su hija y ésta le dice que huele a su papá, describiéndole con puro lirismo los aromas que recuerda.

Encontrar lo bello.

Pero el fuego siempre está presente. En uno de los momentos más polémicos y demagógicos, cuando llevan la cursilería al extremo al tratar esta limpieza de culpas, la pantalla se llena de muchísimos rostros cantando sobre un fondo negro, dando la impresión que esas cabezas son pequeñas velas encendidas en la oscuridad. La imagen es efectivamente poderosa, pero le resta fuerza la ambición del mensaje.

El fuego que es Jessi, quien ama a su marido y no comprende porqué la envía lejos, a Suiza, para esconderle la verdad. A un país gélido, lleno de nieve, como para intentar apagarla. ¿Y cómo regresará ella unos años después? Con su pelo de negro mutado a blanco, encendido, porque se hizo fuego. Y esa será una llama que Emilia no podrá contener.

Jessi.

Y el fuego arrasará todo finalmente. Ese fuego que Rita le pedía a Emilia que apague será tan voraz que culminará con su propia vida. Lo irónico es que Emilia, quien estaba atrapada en el cuerpo del narco Manitas del Monte, terminará finalmente atrapada en el baúl de un auto, cayendo por un barranco y se prenderá fuego.

Si mantenemos distancia, el fuego no nos quemará. Pero no avivemos la llama tampoco. Debemos guiarnos por nuestro instinto y sentir el calor de “Emilia Pérez”. No prendamos la mecha de comentarios vacíos en redes sociales o fragmentos editados para mofarse de algo sacado de contexto.

El ardor.

Como un cuento al lado de una fogata, las películas se toman libertades necesarias para narrarnos historias que nos interpelan y nos conmueven. La realidad, la polémica, los dichos, los premios, los aplausos y los insultos están afuera. No traigamos el afuera hacia adentro. Recordemos siempre que a las películas hay que verlas de adentro hacia afuera.

Lo que nos provoca, los que nos nace y lo que interpretamos. Tenemos una única voz, exactamente como la tienen todos los demás. Y en un griterío es imposible escucharse.

Buscando nuestra mirada.

Una pantalla y nosotros. Esa chispa se enciende y es una sola. Cuídenla, aunque les conforte el calor o los queme de rabia, pero no deje que un viento ajeno la apague o la avive.

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