El futuro del cine está en el pasado Spoilers

Nunca había visto Interstellar en el cine y, la verdad, verla en IMAX fue increíble. No parece que tuviera 10 años porque se ve y se escucha mejor que casi todo lo que se estrena ahora. La sala estaba llena: tuvieron que agregar funciones todo enero porque se agotaron todas las de esta semana.

Que una película que está disponible en streaming y blu ray agote funciones no es común, pero Interstellar tampoco es una película común. Su reestreno coincidió con el de Se7en: la película dirigida por David Fincher cumple 30 años, dos décadas más que la aventura espacial supervisada por Christopher Nolan. En Argentina, Se7en llevó más gente al cine que Anora, A Real Pain y Emilia Pérez. Interstellar llevó más gente que todas esas y Nosferatu. Es decir, vendieron más que películas nuevas, que están acompañadas por la promoción que les dan las nominaciones al Oscar, que no se consiguen todavía en muchas regiones (menos que menos en Argentina) por streaming o Blu Ray.

Ni Interstellar ni Se7en contaron con el mismo nivel de publicidad en la vía pública o en redes. Es una hazaña lo que lograron ambas: llevar gente al cine. Hacer que el público decida salir de su casa, cuando tiene ambas al alcance de un par de clips, para disfrutarlas en pantalla grande. Espectadores que ya vieron ambas o que, quizás, se animaron a verlas por primera vez.

Solemos decir que los análisis de taquilla no tienen nada que ver con la calidad de una película y, en parte, es cierto. Pero es innegable que en estos casos, Se7en e Interstellar, sí guarda relación la cantidad de entradas vendidas con el destino de clásico que tienen ambas. Pudiendo elegir cómo, dónde y cuándo verlas, el público decide ir al cine. Prefiere ver estas películas antes que los títulos que vienen con el sello de aprobación de la crítica o los Oscar. No se puede imponer un clásico a la fuerza y todo esto es la prueba irrefutable. La gente elige.

Hay secuencias como esa de las olas que se nota que fueron pensadas para IMAX, porque son una experiencia sensorial de esas que solo conseguís en un cine: la sala literalmente vibra con el sonido de las naves.

Sin desmerecer la hazaña de los efectos visuales y sonoros, si el foco fuera exclusivamente ese la película sería una más del montón, como lo son tantas de las que solo se puede hablar de los efectos especiales o la recaudación de taquilla.

Interstellar es emocionante como lo son El señor de los anillos, Volver al futuro, Jurassic Park, Lo que el viento se llevó, El ladrón de Bagdad o cualquiera de esas películas que conciben al cine como espectáculo, en el mejor sentido de esa palabra, sin descuidar las ideas de fondo que hacen que perduren.

Desde los primeros minutos te deja en claro cuáles son las cartas con las que va a jugar, y lo hace con mucha inteligencia, porque sabe que el conocimiento científico no se trata de lo que una parte considerable de la humanidad (oh, la humanidad!) cree que es el conocimiento científico.

Es una película que emociona porque ahí convive la idea de Borges, que pensaba al universo como una biblioteca de hexágonos regulares que se extienden sin límite en todas direcciones. Estamos hechos de los libros que amamos.

Como sucede con las grandes películas (o las grandes obras de arte), que te motivan a ir más allá del cine, Interstellar me emociona porque me hace acordar a La biblioteca de Babel, a Historia de las ideas científicas, a Una luz en la oscuridad, a Leaves Of Grass, y a esa expedición que hicieron unos argentinos que siempre olvido cómo se llaman pero decían "que el hombre sepa que el hombre puede", porque cualquiera que viaja automáticamente se convierte en poeta aunque no lo sepa: hay mundo y vale la pena explorarlo.

Interstellar es un relato sobre el amor entre padres e hijas, sobre los fantasmas, sobre el deseo de expandir los horizontes, sobre el dejar ir cosas para poder avanzar, sobre la fe (en Interstellar nunca mencionan a Dios pero no hace falta porque Hans Zimmer fue a tocar el organito a una iglesia, literalmente), sobre la aventura, sobre las naves que parecen relojes, sobre la belleza, la tristeza, sobre el dolor de las ausencias que prueban que fueron amores reales, sobre las eseñanzas de la Física y la emotiva moraleja de todos esos personajes que ya no saben cómo decirle al protagonista que deje la melancolía y se vaya a culear con Anne Hathaway.

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