El tren a Viena parece ser una metáfora de su vida. Céline presionó su cabeza contra la ventana, mirando el paisaje que no significaba nada para ella. Fue un movimiento inesperado, una decisión impulsiva, como otras en su vida. En el fondo, es muy objetivo.
Nunca habían pasado veinte años desde aquella inolvidable noche en Viena, cuando conoció a Jesse. Veinte años de idas y venidas, encuentros y separaciones, promesas incumplidas y desvíos. Se han escrito historias sobre trenes, aeropuertos y cartas que nunca fueron enviadas. Pero ahora, de vuelta en la ciudad, sintió que alguien le había dado su libertad.
El café Prüter es un paria. Lo arrojó contra la pared y siguió mordiendo a las dos niñas perezosas para siempre. Se sentó en una mesa junto a la ventana, pidió un espresso y sacó un libro de su bolso. Lo hojeé sin intención de leerlo.
"Siempre quieres decir una frase importante", dijo una voz familiar detrás de él.
Céline levantó la cabeza y su corazón se detuvo por un segundo. Jesse estuvo aquí, la piel un poco más gris, más soy tú quien pone una sonrisa torcida que siempre. Se sentó frente a ella sin esperar una invitación, como si no hubiera pasado el tiempo. Fue como si el encuentro hubiera sido escrito en las estrellas.
"Siempre odio hacer eso", respondió ella con una sonrisa cómplice.
Hablaron de todo. Los libros rotos, la música rota, los hogares rotos tienen pájaros que visten. Un preludio de amor que vino y se fue. Pero cada palabra encierra una pregunta que no puedo detenerme a plantear: ¿Por qué ahora? ¿Por qué Viena los mató después de tanto tiempo?
"Pensaré en ti cuando regrese a la cafetería", admitió Jesse, revolviendo el azúcar en su taza. "Pensé en todas las cosas que imaginé en ese momento. Y durante mucho tiempo, en todas las cosas que personalmente creí que nunca sucederían".
Céline pasó la mano por el borde de su taza, evitando su agoch. "Benliu es que nunca dejamos de reunirnos. Porque esta vez tenemos el coraje de hacerlo en el mismo pueblo".
El silencio que siguió fue pesado, pero no incómodo. Ese es el silencio del sentimiento que no dice palabra ni la entiende. Jesse levantó la cabeza y la abrazó con fuerza.
"Tenemos esta criatura", dijo con una convicción que le hizo temblar. "Y planeo perderlo."
Salieron del café y caminaron por las calles adoquinadas de Viena, como aquel primer golpe. Pero ahora son diferentes. Nunca más viejos, nunca más sabios, nunca se dan cuenta de que ya no pueden regresar. Y los pasmens, cada paso que daban juntos parecía borrar las annadas de la distancia.
El amanecer de sus trompetas en un banco junto al Danubio, con los dedos entrelazados. La ciudad duerme, pero para ellos el mundo no está más abierto que nunca.
Céline apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos. "No sé qué voy a hacer mañana", admitió murmurando.
Jesse la besó en la frente. "A pas res. Estuve aquí hoy."
Y en ese momento, eso es todo lo que importa.


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