En esta realidad alternativa, Ron nunca regresó a tiempo con Harry y Hermione, dejando a ambos completamente solos cuando fueron capturados y llevados a la Mansión Malfoy. Luna Lovegood aún no había sido secuestrada, y Ollivander ya había muerto a manos de Voldemort, eliminando cualquier esperanza de ayuda en aquel lúgubre calabozo.
Los acontecimientos se desarrollaron de manera diferente. Draco Malfoy, atrapado entre su lealtad y su corazon, enfrentó la decisión más difícil de su vida. Dobby aún apareció, pero su destino cambió en este mundo, dejando una huella distinta en la historia.
Tras escapar, Hermione y Harry finalmente se reencontraron con Ron en Shell Cottage, pero algo en ella había cambiado para siempre. Esta es la Historia narrada desde el corazón de Draco.
La noche en la Mansión Malfoy estaba impregnada de un frío cortante, pero el verdadero escalofrío se clavaba en lo más profundo del pecho de Draco Malfoy. El mármol del suelo reflejaba la silueta encogida de Hermione Granger, su cuerpo convulsionándose bajo la implacable varita de Bellatrix Lestrange. Su grito desgarrador reverberaba por los pasillos, haciendo eco en cada rincón de la casa, una melodía de agonía que nadie parecía querer detener. Nadie excepto él.
A su lado, Harry Potter, irreconocible por el hechizo que lo había desfigurado, yacía inmóvil en el suelo, incapaz de hacer nada para ayudarla. Sus ojos, apenas abiertos, reflejaban la impotencia de quien daría la vida por su amiga, pero no podía moverse.
Draco estaba de pie junto a su madre y su padre, forzado a ser testigo de la tortura de la única persona que había amado en su vida. No podía moverse, no podía hablar, no podía hacer nada que delatara la verdad que le carcomía el alma: que esa chica a quien ahora quebraban con la maldición Cruciatus había sido suya en secreto. La había besado en rincones oscuros de Hogwarts. Que había sentido su calidez en noches donde todo lo demás parecía frío e inalcanzable.
Bellatrix reía con un placer enfermizo, disfrutando del sufrimiento ajeno como si fuera un entretenimiento para una cena familiar. Draco sintió cómo su estómago se revolvía, y tuvo que apartar la mirada. Pero cerrarlos no servía de nada. En su mente, los recuerdos le asaltaban como dagas afiladas.
Hogwarts.
Habían comenzado con simples desafíos. Insultos en los pasillos, indirectas disfrazadas de desprecio. Pero de alguna forma, entre la furia de un torneo y los exámenes algo cambió.
Recordó aquel día en la biblioteca, cuando la encontró de pie, con los brazos cruzados, con la expresión de alguien que estaba a punto de hacer algo prohibido.
—¿Por qué me sigues? —preguntó ella, en voz baja.
Draco se apoyó en la estantería, fingiendo una indiferencia que no sentía.
—No te sigo —respondió—. Solo paso mucho tiempo aquí… al parecer como tú.
Hermione entrecerró los ojos y luego soltó un suspiro. No insistió. No se fue. Y él tampoco.
Así habían comenzado. Encuentros fortuitos que fueron tornándose en reuniones planeadas. Coincidencias que ya no eran tales. Luego llegaron las conversaciones, las preguntas arriesgadas, los silencios que hablaban más de lo que cualquier palabra podría. Hasta que llegó el primer beso.
Fue una noche después del toque de queda, en un pasillo poco transitado de la Torre de Astronomía. Draco la había encontrado, con un libro en las manos y la expresión perdida entre constelaciones.
—¿Qué haces aquí? —susurró él, sintiendo la adrenalina de ser descubierto.
—Lo mismo que tú —respondió Hermione, sin apartar la vista del cielo.
Se quedó allí, a su lado. En algún momento, ella bajó la mirada y luego lo miró directamente a los ojos. Y de alguna forma, sin saber cómo, ni cuándo, ni por qué… sus labios se encontraron. Fue un beso robado al tiempo y a la realidad, un secreto que ninguno de los dos podría permitirse confesar.
Pero la realidad no perdona a los que sueñan. La guerra estaba cerca. Y cuando el tiempo de Hogwarts se terminó, Hermione se alejó. Se fue tan fugazmente como un patronus muy débil.
—No podemos seguir con esto, Draco —le dijo en la Sala de los Menesteres, con la voz temblorosa—. Pronto me iré con Harry. No sé qué nos espera, pero no puedo arriesgarme a que te hagan daño por mi culpa.
Draco apretó los puños, sintiendo la impotencia retumbar en su pecho. No entendía del todo qué era lo que Harry y ella planeaban. Ella solo le dijo que tenía que irse.

Y ahora, allí estaba ella. En el suelo de su propia casa, gritando de dolor, mientras Bellatrix le cortaba la mano escribiendo esas palabras tan estúpidas e hirientes que el nunca más volvió a decir: “sangre sucia”
—¿Draco? —la voz de su padre lo hizo volver a la realidad. Lucius Malfoy lo observaba con impaciencia. Su madre, Narcissa, apenas ocultaba la preocupación en su rostro.
El muchacho giró el rostro. La escena era insoportable. Hermione se retorcía, jadeando, su voz quebrada por el dolor. Draco sintió que algo dentro de él se rompía. Su varita estaba en su bolsillo, pero no podía hacer nada. No aquí. No ahora.
Bellatrix finalmente bajó su varita. Hermione en el suelo, temblando. Apenas podía mantenerse consciente. Y aun así, incluso en su agonía, alzó la mirada y lo miró directamente a los ojos.
Y Draco lo vio. La súplica silenciosa.
No delates a Harry
Por un instante, todo en la sala desapareció. El rostro de su padre, la sonrisa desquiciada de Bellatrix, la sombra ominosa de la figura de Lord Voldemort en su trono al fondo del salón. Solo estaba Hermione, con su rostro manchado de lágrimas, con su último gramo de esperanza depositado en él.
—Draco, dime… —insistió su padre—. ¿Es Potter?
Él sabía la respuesta.
—No estoy seguro —murmuró.
Lucius Malfoy frunció el ceño. Bellatrix entrecerró los ojos, irritada.
Pero Draco no dijo nada más.
Se limitó a mantener la mirada fija en Hermione y, con el más sutil de los gestos, le hizo saber que su amor nunca había sido en vano.
El aire en la Mansión Malfoy estaba cargado de tensión. Draco sintió el latido acelerado de su propio corazón cuando Bellatrix apartó su varita de Hermione. El eco de su sufrimiento permaneció en la habitación como un fantasma.
El rostro de Hermione estaba empapado en lágrimas, su respiración entrecortada. Harry, aún inmóvil en el suelo, hacía un esfuerzo titánico por moverse, su rostro desfigurado por el hechizo. Draco sabía que debía mantenerse impasible. Cualquier error, cualquier gesto, y todo estaría perdido.
—No estoy seguro —repitió, con voz vacilante.
Bellatrix le lanzó una mirada cargada de desesperación, en su emoción había tocado su marca tenebrosa y había llamado a su amo, y ahora no sabría justificar un error tan grave. Lucius cerró los ojos, conteniendo su frustración. Narcissa, en cambio, posó una mano en el brazo de su hijo, un gesto que solo él pudo notar. ¿Era un acto de apoyo? ¿O un intento de advertencia? Draco no podía descifrarlo.
De pronto, el aire pareció vibrar con una nueva presencia. Con un estallido seco, Dobby apareció en el centro de la habitación.
—¡Señor Harry Potter! —chilló el elfo, con una valentía que desafiaba toda lógica.
Bellatrix reaccionó con furia, pero en el caos, Draco movió su cuerpo de manera imperceptible, lo justo para entorpecer a su padre y su madre. Lucius se giró bruscamente, intentando alcanzar su varita. Draco se tropezó con el sutilmente. Bellatrix lanzó una daga a Dobby, pero en su desesperación por detener la huida, su puntería falló.
—¡Coge a Hermione! —gritó Harry, que de alguna manera había logrado moverse lo suficiente para sujetar su varita.
El hechizo estalló en la habitación, un torbellino de luces y gritos. Narcissa intentó bloquear la salida, pero en un parpadeo, Hermione y Harry fueron absorbidos por la magia del elfo doméstico.
El silencio que quedó atrás fue aterrador.
Bellatrix estaba temblando de furia, su pecho subía y bajaba con rapidez mientras su rostro enrojecido se torcía en un gesto de absoluto odio.
—¡Inútiles! —vociferó en su locura, girándose hacia Draco—. ¡Lo sabías! ¡Sabías que era Potter y nos mentiste!
Lucius, con el rostro desencajado, no dijo nada. Narcissa apretó los labios y miró a su hijo con algo parecido a la angustia.
Y entonces, la oscuridad en la sala se volvió más densa. Un frío antinatural recorrió la Mansión Malfoy cuando Voldemort llegó.
Draco sintió su sangre congelarse. Bellatrix cayó de rodillas al instante, su rostro cambiando de inmediato a una súplica desesperada.

—Mi Lord —jadeó, con voz temblorosa—. ¡Fue culpa del elfo! ¡Escaparon por arte de magia! ¡Le juro que…!
Pero Voldemort no estaba escuchando.
—Fracasaste —susurró, y con un movimiento sutil de su varita, la tortura comenzó.
El grito de Bellatrix fue incluso más fuerte que el de Hermione. Draco se tensó. Nunca la había visto sufrir. Siempre la había considerado una fuerza imparable, cruel, despiadada, pero ahora… ahora no era más que otra víctima de la ira del Señor Tenebroso.
La magia negra envolvió su cuerpo, retorciéndolo en el aire como si fuese una muñeca rota. Su piel se tornó ceniza, su boca se abrió en un alarido que perforó la mente de Draco.
Lucius y Narcissa permanecían en el suelo, arrodillados, incapaces de moverse. Draco sintió una náusea ascender por su garganta. ¿Le esperaba el mismo destino?
—Draco… —la voz de Voldemort era un siseo letal
Draco tembló. Bellatrix cayó al suelo, sollozando, su cuerpo convulsionándose de dolor. Si decía la algo, su familia sería exterminada. Si mentía… su destino no sería mejor.
Respiró hondo, y cuando habló, su voz apenas fue un susurro.
—No lo sabía, mi Lord… no estaba seguro.
Voldemort lo miró fijamente. Draco sintió que su alma se desgarraba bajo esa mirada. El tiempo se detuvo.
Finalmente, Voldemort se giró, ignorándolo. Draco supo que había sido perdonado… por ahora. Las clases de Oclumancia de ultimo año nunca fueron tan importantes para él por resto de su vida.
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TIEMPO DESPUES
La batalla había terminado. Hogwarts yacía en ruinas, pero la guerra había concluido. Los cuerpos de caídos aún estaban siendo retirados, los sobrevivientes intentaban encontrar consuelo entre el desastre. Draco caminaba lentamente por los pasillos destruidos, su capa rasgada, su mente abrumada. No sabía qué estaba buscando exactamente, pero su cuerpo parecía moverse por inercia. La buscaba a ella.
Los recuerdos lo golpeaban con cada paso. Caminaba entre los escombros y veía su pasado en cada rincón. El aula de pociones, donde fingía odiarla, pero en secreto la admiraba. La biblioteca, donde había pasado horas solo para verla de lejos. La Torre de Astronomía, donde en una noche robada bajo la luna, ella le había besado y a continuación susurrado su miedo a un futuro incierto.
—Draco, ¿no sientes que estamos jugando con fuego? —le había dicho Hermione esa inolvidable noche, mientras se veían el uno al otro.
—Siempre —había respondido él, con una sonrisa que ocultaba su propio miedo.
Ahora, el fuego había consumido todo.
Draco avanzó hasta la Gran Sala. Los escombros aún humeaban, los cuerpos eran cubiertos con sábanas blancas. Había estudiantes abrazándose, familias reuniéndose con lágrimas en los ojos, pero su atención solo se fijó en una persona.
Hermione.
Estaba de pie mirando a Ron Weasley, sosteniéndole la mano, su rostro sucio y cansado, pero con una luz en los ojos que Draco reconoció de inmediato. Felicidad y… Amor.
Sintió que algo dentro de él se rompía, pero ya no había lugar para la ira ni para el resentimiento. Ella había encontrado un camino. No era con él. Nunca lo había sido.
Hermione desvió la vista y lo vio. Sus ojos se encontraron por un instante eterno.
Draco recordó la primera vez que le dijo su nombre sin rencor.
—Hermione.
—¿Qué? —Ella se había detenido en seco en las escaleras, sorprendida de que la llamara por su nombre y no por algún insulto.
—Nada. Solo quería ver cómo sonaba.
Ahora, en medio de la destrucción, ya no había palabras entre ellos. No las necesitaban. Draco inclinó la cabeza ligeramente, un gesto casi imperceptible, una despedida silenciosa.
Hermione parpadeó, y por un segundo, pareció a punto de decir algo. Pero las palabras murieron en su garganta. Quizás, en otro tiempo, en otro mundo, las cosas hubieran sido diferentes. Pero este era el mundo real. Y en el mundo real, ella amaba a alguien más.
Draco sintió el peso del pasado caer sobre él como una losa. La vio girarse, la vio alejarse, y supo que no la volvería a ver de la misma manera nunca más. Porque Hermione Granger ya no le pertenecía ni siquiera en la sombra de su corazón.
Recordó la noche en que la sostuvo por última vez, cuando ella temblaba bajo la lluvia, abrazándose a sí misma.
—Esto no puede durar, Draco —había susurrado, apartándose de él—. Nosotros… nunca podremos estar juntos.
—Pero te amo —respondió él, sin pensar, sin miedo, por primera vez en su vida.
Hermione bajó la mirada, sus labios entreabiertos. No negó sus palabras, pero tampoco las correspondió. Solo se alejó en la oscuridad.
Draco cerró los ojos por un momento, intentando contener la presión en su pecho. Pero cuando los volvió a abrir, la sensación aún estaba allí.
Y entonces, una única lágrima resbaló por su mejilla.
No era una derrota. Era solo el final de una historia que nunca pudo ser. Hermione estaba viva, estaba a salvo. Y aunque nunca volvería a pertenecerle, eso era suficiente.
Draco Malfoy desapareció entre las sombras de las ruinas de Hogwarts, dejando atrás lo último que aún lo ataba al pasado.
Fin.




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