El refugio 

El fuego chisporroteaba suavemente en la chimenea improvisada. Afuera, la noche era un manto de sombras y peligros, pero dentro de aquella cabaña en medio del bosque, el mundo parecía quedarse en pausa. Daryl se sentó en el suelo, limpiando su ballesta con movimientos mecánicos, mientras Carol observaba las llamas con la mirada perdida.

Habían pasado semanas desde que se separaron del grupo. Un refugio temporal, solo hasta que encontraran el camino de regreso. Al menos, eso era lo que se decían. Pero en el fondo, los dos sabían que no tenían prisa.

—Voy a salir mañana temprano a buscar algo más de comida —dijo Daryl, rompiendo el silencio.

Carol desvió la vista del fuego y lo miró. Su rostro tenía ese gesto preocupado que siempre le acompañaba cuando él hablaba de irse. No intentaba detenerlo, nunca lo hacía. Pero él sabía que le dolía.

—Ten cuidado —fue todo lo que dijo, con la voz suave.

Daryl asintió, pero no se movió. No tenía ganas de hablar, ni tampoco de pensar demasiado. Solo quería estar ahí, en ese pequeño espacio donde nada más importaba.

Observó a Carol de reojo. Sus manos, delgadas pero fuertes, descansaban sobre sus rodillas. Su cabello plateado caía desordenado, iluminado por el fuego. Se veía cansada, pero había algo en su expresión, algo que siempre le recordaba por qué nunca la había dejado atrás.

Carol suspiró, abrazándose las piernas.

—¿Alguna vez te has preguntado qué habría pasado si nos hubiéramos conocido antes de todo esto? —preguntó, sin mirarlo.

Daryl dejó de limpiar la ballesta y apoyó los codos en las rodillas.

—No lo sé —murmuró—. Supongo que no sería lo mismo.

Carol sonrió con tristeza.

—No, supongo que no.

Silencio otra vez. El viento sopló contra la cabaña, pero dentro seguía sintiéndose cálido. Daryl la observó por un instante más antes de tomar aire y decir, sin pensarlo demasiado:

—Pero siempre te habría encontrado.

Carol alzó la vista, sorprendida. Sus ojos azules reflejaban la luz de las llamas, pero había algo más ahí. Algo que le hizo sentir que había dicho lo correcto.

Ella extendió la mano lentamente, dudando por un segundo, pero luego la apoyó sobre la suya.

—Y yo siempre te habría esperado —susurró.

Daryl entrelazó sus dedos con los de ella, sintiendo su calidez, su presencia.

Carol no apartó la mirada. No solía permitir que la gente viera más allá de su armadura, pero con Daryl siempre había sido diferente. Con él, no necesitaba fingir que estaba bien, ni ocultar el peso de los años y las pérdidas. Él entendía sin que ella tuviera que decir nada.

El silencio entre ellos era cómodo, pero también cargado de todo lo que nunca se habían dicho.

Carol fue la primera en romperlo.

—Maggie tenía razón —dijo en voz baja.

Daryl frunció el ceño, sin soltar su mano.

—¿Sobre qué?

Carol esbozó una sonrisa pequeña, casi imperceptible.

—Sobre que somos unos idiotas.

Daryl soltó un resoplido.

—¿Por qué?

Ella bajó la mirada, pero su pulgar acarició suavemente la piel áspera de la mano de Daryl, sintiendo las cicatrices, la historia escrita en ellas.

—Porque llevamos demasiado tiempo pretendiendo que no pasa nada entre nosotros.

Daryl sintió un nudo en la garganta. Miró hacia el fuego, su mandíbula tensa, como si estuviera buscando las palabras adecuadas. Nunca había sido bueno con eso.

Pero esto era Carol.

Tomó aire, decidiendo que por una vez no iba a huir de lo que sentía.

—No es que pretendamos —murmuró—. Es que… es jodido pensar en algo bueno cuando todo lo demás se derrumba.

Carol asintió lentamente. Lo entendía. Lo entendía mejor que nadie.

Afuera, la noche seguí a acechando, recordándoles que el mundo que conocieron había quedado atrás. Pero dentro de aquella cabaña, en ese momento, no importaban los caminantes, ni el dolor, ni las cicatrices. Solo importaba que estaban vivos. Que seguían aquí.

Carol le apretó la mano.

—Pero no tiene por qué ser siempre así —susurró.

Daryl giró la cabeza y la miró a los ojos. Se dio cuenta de que estaba cansado de ignorar lo obvio. De posponer lo inevitable.

Llevaba demasiado tiempo queriéndola. Demasiado tiempo cuidándola, buscándola, eligiéndola una y otra vez. No era un hombre de grandes gestos ni de palabras románticas. Pero si había algo que sabía, era que Carol era lo único que aún le hacía sentir que valía la pena seguir adelante.

Así que, en un acto que era tan suyo como inesperado, Daryl se inclinó y rozó su frente contra la de ella, cerrando los ojos. No era un beso, pero tampoco hacía falta. Fue un gesto cargado de todo lo que no podían decirse en voz alta.

Carol cerró los ojos también disfrutando el momento.

Sintió la respiración de Daryl rozando su piel, cálida y tranquila. No había prisa, ni necesidad de palabras apresuradas. Solo ellos dos, flotando en ese instante donde todo lo demás se desvanecía.

Daryl deslizó su mano libre hasta su mejilla, rozándola con torpeza, como si temiera romper algo frágil. Carol se inclinó apenas contra su tacto, dándole la seguridad que nunca pedía en voz alta.

—No sé cómo hacer esto —murmuró él con su voz ronca, casi como un susurro.

Carol abrió los ojos y lo miró. Había una vulnerabilidad en él que rara vez dejaba ver, una duda que no tenía nada que ver con el miedo a los caminantes o a los enemigos, sino con algo mucho más profundo: el miedo a sentir, a permitirse tener algo bueno en un mundo que solo sabía arrebatarlo todo.

Carol sonrió con suavidad y deslizó su mano hasta la nuca de Daryl, sus dedos enredándose en su cabello.

—No tienes que saber cómo —susurró—. Solo tienes que estar aquí.

Daryl tragó saliva. Por un momento pareció debatirse consigo mismo, hasta que finalmente se dejó llevar. Su mano en le mejilla de Carol se deslizó hasta su cuello, y luego, con una lentitud casi dolorosa, se inclinó hasta que sus labios rozaron los de ella.

Fue un beso apenas perceptible al principio, como una pregunta sin respuesta. Un roce tímido, casi inseguro, pero lleno de significado. Carol suspiró contra su boca, y Daryl tomó eso como la única respuesta que necesitaba.

La besó de verdad entonces.

No con urgencia, sino con la intensidad contenida de años de miradas, de silencios llenos de palabras no dichas. Sus labios se movieron con la delicadeza de alguien que no estaba acostumbrado a que lo tocaran así, como si él también estuviera descubriendo lo que era sentirse querido.

Carol lo sintió temblar levemente y lo abrazó con más fuerza, aferrándose a él como si pudiera protegerlo de todo lo que los había lastimado. Daryl deslizó sus brazos alrededor de ella, sosteniéndola contra su pecho, respirando su presencia como si fuera lo único que importaba en el mundo.

Cuando se separaron, Daryl apoyó su frente contra la de ella, sus ojos todavía cerrados, como si no quisiera soltar el momento.

—No sé qué haría si te pierdo —confesó en un susurro.

Carol sonrió contra su piel y acarició su mejilla con los dedos.

—No me vas a perder —dijo con firmeza—. Siempre te voy a encontrar.

Daryl abrió los ojos y la miró. Durante toda su vida la gente iba y venía. Pero ahí estaba Carol, después de todo lo que habían pasado, prometiéndole que siempre estaría ahí.

No necesitaban más. No esa noche.

Con el fuego iluminando la cabaña y el eco de su beso todavía flotando en el aire, Daryl la sostuvo contra su pecho y Carol cerró los ojos otra vez, sabiendo que, por primera vez en mucho tiempo, estaban exactamente donde debían estar.

Juntos.

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