¿Alguna vez has sentido la necesidad y el deseo de conocer algún lugar que has visto en alguna película? Seguramente que sí, a mí también me ha pasado varias veces. Quién no habrá querido alguna vez visitar la comarca donde viven Bilbo y Frodo Bolsón, o conocer la hermosa Minas Tirith, capital de Gondor. Quién no habrá soñado también con visitar el castillo de Hogwarts o viajar por Pandora para conocer la belleza de los paisajes del hogar de los Avatares. Pero hoy les voy a hablar de un lugar real que ha quedado en el recuerdo de muchos de los niños y jóvenes de los años ochenta, noventa y principios de los 2000. Un lugar mítico, quizás no tanto por la belleza de sus paisajes pero sí por su cultura y la trascendencia fundamental que tiene para la trayectoria inicial de una de las franquicias más grandes y longevas que perduran hasta la actualidad. Señoras y señores, hoy nos toca hablar de Karate Kid II y la isla japonesa de Okinawa.
Todavía recuerdo cuando era niño y con mi familia nos enterábamos que pasarían alguna película de Karate Kid nos reuníamos todos juntos para verla. Aquí, en Argentina, solían pasar las películas del Sr Miyagi y Daniel Laruso por los canales de aire y por Space, por lo general los domingos a la tarde. Y para mí eran momentos muy especiales ya que Karate Kid solía tener una particularidad con nosotros: eran las únicas películas que podíamos ver con la familia completa porque les gustaban a todos, desde el más grande hasta el más pequeño, grandes y niños nos divertíamos y disfrutábamos buenos momentos juntos mientras las enseñanzas de Miyagi, las travesuras de Daniel y las luchas contra Cobra Kai y Sato estaban en el televisor. Sin embargo, aunque la trilogía original y Karate Kid 4 protagonizada por Hilary Swank eran de nuestro agrado, realmente la que se robó nuestro corazón fue Karate Kid II.

Bueno, les soy realista, nuestro corazón fue robado un poco por la historia y otro poco por el lugar. Ahora que lo pienso, encuentro entre estos dos elementos una simbiosis casi perfecta, porque la historia es muy buena y los lugares que nos muestra la película resaltan con mucha fuerza la narrativa del film. Personalmente pienso que continuar la saga centrándose en Miyagi y su pasado fue un gran acierto ya que nos permitió a los espectadores conocer mejor al personaje (no puedo dejar de pensar que si bien en la primera película de Karate Kid el personaje de Pat Morita Kurosawa funcionaba muy bien como mentor y se dejaban entrever algunos problemas que tenía con su pasado, había un gran halo de misticismo en torno a la vida de Miyagi). Claro que Laruso también tiene un rol importante en la continuación de la historia, de hecho es él quien libra la batalla final contra el sobrino de Sato y quien vive un romance con Kumiko, sobrina de Yukie, el viejo amor de Miyagi, pero su mentor adquiere mayor protagonismo en esta continuación.

Una vez hecha esta aclaración, creo que puedo explicar el porqué Okinawa es tan importante para el desarrollo de la historia. Al ser descendiente de una familia humilde, Miyagi ha vivido una infancia y una adolescencia de grandes carencias, y su padre se ganaba la vida como maestro de karate, lo que lo llevó a codearse con la familia Sato y su poderío económico. Miyagi y Sato crecen siendo los mejores amigos bajo las alas de Tanimoto, padre y mentor, hasta que el amor hacia Yukie los separa y crea lazos de rencor y odio que Sato no puede perdonar con el paso de los años.
Una de las primeras escenas del regreso a Okinawa pone en evidencia este gran contraste entre la riqueza de Sato, quien manejaba la industria pesquera local y andaba siempre de traje en autos caros, y la pobreza de los pequeños productores locales que, ante el aumento desmesurado del poderío de Industrias Sato, debieron recurrir a la agricultura como una forma de supervivencia. Sumado a esto, los aldeanos de la villa de la que era oriundo Miyagi debían pagarle alquileres a Sato ya que él se había convertido en el dueño de todo el lugar. Cruda y poética realidad. Mientras la película nos muestra la belleza del lugar y su cultura, al mismo tiempo devela la cultura de la supervivencia que, conforme Karate Kid II avanza, se va transformando hasta convertirse en un grito de guerra contra la injusticia y en lucha valiente de un pueblo cansado de la opresión que encuentra una luz de esperanza en el regreso del hijo pródigo y en la redención posterior de Sato.
Hablando de escenas icónicas de la película, como la muerte del padre de Miyagi, el rescate de la niña durante la gran lluvia, o aquella en la que Laruso es retado por Chozen a rompen unas barras de hielo con el canto de la mano, estoy seguro que éstas no hubieran tenido el mismo peso para la trama sin la presencia de la cultura japonesa. Pero, sinceramente, creo que no hay mejor forma de describir la importancia del lugar para la película que las escenas de amor y los enfrentamientos finales, donde las tradiciones orientales son un deleite visual y una invitación a conocer más sobre las costumbres ancestrales del Oriente. Tanto el reencuentro entre Miyagi y Yukie como la escena en la que Kumiko prepara su encuentro romántico con Daniel, aparte de estar colmadas de amor (y también de fidelidad, ya que aunque Yukie estaba prometida para casarse con Sato siguió su corazón y desechó el casamiento por amor a Miyagi) también representan en gran forma a las costumbres orientales que lograron sobrevivir al paso del tiempo y la hibridación cultural. Es por esto que la ceremonia del te y el uso de los kimonos tienen un peso tan importante para los protagonistas, dado que representan el respeto hacia las tradiciones y la transmisión de éstas hacia las nuevas generaciones como una forma de perpetuar el sentido de identidad de un pueblo y de garantizar su subsistencia en un mundo cada vez más globalizado. Algo que me resulta muy interesante en este sentido es que Miyagi, a pesar de los años que estuvo viviendo en Estados Unidos, no ha olvidado las costumbres básicas de su pueblo sino que elige honrarlas y dotarlas de valor; y que Daniel, siguiendo los pasos de su maestro, y el camino de un corazón enamorado, elige adoptar y respetar la cultura y las costumbres del lugar aún cuando él es un muchacho atravesado por la cultura occidental propia de los Estados Unidos de los años 80.

¿Y qué decir de las escenas de los enfrentamientos entre Miyagi y Sato y Daniel con Chozen? Creo que ambas tienen sus grandes riquezas a niveles ideológicos y culturales, donde entra en juego la cuestión del honor y los buenos valores que tanto el karate como otras artes marciales pregonan que sus practicantes deben seguir para alcanzar el sentido de la justicia y el buen juicio. Si Sato ve en Miyagi, su antiguo mejor amigo, un oponente al cual derrotar y una persona que lo ha deshonrado por no combatir por el amor de Yukie, nuestro viejito bonachón le terminó demostrando que el verdadero valor del karate, y el valor real de una persona de bien, no está en destruir a tu oponente sino en la capacidad de saber perdonar y de otorgar al otro una oportunidad de cambio. Mientras que la pelea final entre Laruso y Chozen, aparte de ser un combate a muerte al estilo del Japón feudal, interrumpe la danza O-bon que Kumiko había estado preparando con mucho esmero. Otra referencia a las costumbres ancestrales del Oriente, ya que es una danza centenaria que se practica en Japón. Y, como si fuera poco nos muestra también una técnica que no llega a estar a la altura de la mítica “patada de la grulla” pero que representa muy bien el intento que hace la película por respetar las tradiciones milenarias: la técnica del tambor. Una técnica que sólo debe ser usada en situaciones limites y que tiene sus orígenes en el famoso tamborcito japonés Den-den-daiko. Sublime es la escena donde todos los asistentes a la danza apoyan a Laruso haciendo retumbar sus tamborcillos.

¿El final? Ya lo saben. El alumno comprendió el mensaje de su maestro y dejó de lado su ego, eligiendo perdonar y dar a su rival una nueva oportunidad, esa que todos nos merecemos por lo menos una vez en la vida.




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