Atrapar lo imposible: Bob Dylan y Un completo desconocido (2024) 

El oficio de dirigir

En el cine contemporáneo ya no abundan los realizadores “todoterreno” o “de oficio”. El panorama cambió de manera drástica, y la realización cinematográfica parece especializarse de maneras cada vez más premeditadas. No es que los géneros estén en decadencia, todo lo contrario; pero las más de las veces, son películas llenas de condicionantes, que responden a franquicias y cálculos estrictos del mercado. En el Hollywood actual, es en esas fórmulas donde deben inscribirse quienes dirigen. Tal vez, sean las estructuras del sistema las que se han encallecido de una manera vil, cada vez más difícil de desafiar. Pero hay excepciones.

James Mangold (1963) responde a cierta estirpe de directores de abordajes diversos. En su obra, pueden localizarse policiales (Cop Land), westerns (3:10 to Yuma), superhéroes (Logan), espionaje/comedia (Knight and Day) y aventura (Indiana Jones y el Dial del Destino); entre otros títulos de raigambre diferente. Algunas veces con resultados mejores, otras veces no tanto; en todo caso, sus películas son siempre atendibles, y responden a la mirada de un narrador consumado. Es decir, el cine de Mangold ofrece estructuras sólidas, por donde su narrativa circula a la par de una profundidad que, a veces, ofrece momentos espléndidos; tal como sucede en Logan.

De hecho, el mutante del Universo Marvel permite referir ciertos rasgos presentes en los personajes del realizador: solitario a pesar de sí mismo, y dedicado a perseguir un objetivo personal que supondrá algo más que una conquista. En este sentido, los motivos de Logan son análogos al de Indiana Jones (los dos, en un período otoñal), tanto como los que ofrece el dueto compuesto por Russell Crowe y Christian Bale en 3:10 to Yuma: supeditados a una tarea ingrata (un ranchero escolta a un fugitivo a juicio), la amistad imprevista determinará el accionar conjunto.

Estos aspectos pueden pensarse en la caracterización que Mangold y el actor Timothée Chalamet hacen de Bob Dylan en Un completo desconocido (A Complete Unknown), film con 8 nominaciones para el premio Oscar, incluyendo Mejor Película, Director, Actor y Guion.

De la música a la pantalla

Cate Blanchett es Bob Dylan en I'm Not There (2007)

Está claro que no es la primera vez que Bob Dylan es retratado en pantalla y que tampoco será la última. Dylan ofrece un personaje atractivo y en todo sentido; sea por sus maneras peculiares -escurridizo, duro y sensible- pero también por el desajuste que provoca: Dylan es piedra de toque para evocar y discutir tanto los años ’60 como el más inmediato presente. Vale decir: pocos como él.

El cine lo ha abordado de manera tangencial y directa. Por ejemplo, Pat Garrett y Billy the Kid (1973) de Sam Peckinpah sería una película completamente distinta de no haber contado con su música (y actuación): escuchar allí “Knockin' On Heaven's Door” es asistir a uno de los momentos más melancólicos del western crepuscular. (Desde luego, hay muchos otros ejemplos; en un artículo de hace un tiempo, escribí sobre Corazones de fuego -Hearts of Fire, 1987, Richard Marquand-, en donde el músico compone una variación de sí mismo, añoso pero no por ello menos inclaudicable.)

Por supuesto, una de las películas ineludibles es I’m Not There (2007), donde Todd Haynes hace lo que el título promete: ofrece distintas versiones, todas factibles, del músico, y sin embargo discutibles. Consciente del artificio -Haynes es uno de los directores más brillantes del panorama actual-, el film aborda a Dylan a la manera de un caleidoscopio, y se permite otro tanto con la banda sonora, a la que reinterpreta con grupos del escenario indie.

En síntesis, hablar de Dylan es hablar de música. Y en el cine, eso se llama “musical”.

La época y sus personajes

Justamente, el género que faltó señalar dentro de la obra de James Mangold es el musical, al que visita en forma de biopic a través de Johnny y June: pasión y locura (Walk the Line, 2005), donde Joaquin Phoenix y Reese Whiterspoon interpretan a Johnny Cash y June Carter. Entre aquel film y Un completo desconocido se construye un dueto por demás interesante. El lugar de Cash pasa ahora a estar ocupado por Dylan, las épocas históricas más o menos coinciden, los parentescos entre los músicos son conocidos, y por si fuera poco, Mangold se permite devolver vida nuevamente a Cash, ahora bajo la interpretación de Boyd Holbrook: reúne a los ídolos en una mutua admiración.

De esta manera, es toda una galería de notables la que acompaña las peripecias de este taciturno joven, que dice llamarse “Bobby”: Woody Guthrie (Scott McNairy), Pete Seeger (un espléndido Edward Norton), Joan Baez (Monica Barbaro), Alan Lomax (Norbert Leo Butz), Dave Van Ronk (Joe Tippett), entre otros. Es decir, recrear a Dylan implica hacerlo con toda una época y en virtud de cierta mística, en donde son muchas las situaciones míticas que ya ocupan un lugar destacado: desde su encuentro con Seeger y el convaleciente Guthrie en un hospital de New York en 1961, a la presentación en el Festival de Newport de 1965 con el set eléctrico que escandalizó a público y organizadores. Cuánto de cierto hay en todo esto, no es algo que el cine deba responder; en todo caso, son situaciones ideales para la recreación; y el film, basado a su vez en el libro de Elijah Wald, toma ambos hechos (y muchos más) como inicio y desenlace en el despegue artístico del músico.

Clásico como una canción

En cuanto a su estructura, Un completo desconocido se presenta como una película clásica, con el joven Dylan decidido a conseguir su objetivo: lograr pagar su comida con lo que le gusta hacer. En el camino, el folk y los discos cobran forma, a la par de los romances, en sus relaciones con Sylvie Russo (Elle Fanning) y Joan Baez, con quienes se muestra ambivalente y con un pie por fuera del vínculo.

El Dylan de Chalamet es el retrato de un joven un tanto huraño, críptico en sus sentimientos y de talento consustancial. No puede parar de fumar, tampoco de tocar la guitarra. Las cercanías y lejanías que establece con las mujeres, orbitan de manera acorde a los resortes de un guion un tanto convencional; esto no es algo que vaya en desmedro del film, sino que lo acompaña de manera premeditada. Al hacerlo, y como se trata de una figura pública, la película toma los recaudos del caso, para que lo que se muestra no provoque algún escándalo o algo parecido; vale decir, poco importa saber cómo fue la vida sentimental de Dylan, pero en un film así será menester abordarlo y con la mayor prudencia. Al hacerlo, aparece la inevitable cuota de corrección, algo que vuelve a la película un tanto moralista, más aún cuando de alguna manera “castiga” al músico en sus sentimientos, a partir de la reacción final de Sylvie. Algo que a Dylan le debe importar un comino (seguramente, toda la película le importe un comino).

Lo más interesante radica en cómo Dylan se construye a sí mismo: huidizo en sus datos biográficos, a los que falsea o inventa, pasa de ser el niño campesino que trabajaba en ferias a la efigie misteriosa, de pelo ensortijado y lentes negros. ¿Cómo no dejarse seducir por un alma semejante? (El film que de veras se atreve a perderse en ese laberinto poético es I’m Not There).

Y sí, se trata de un musical.

Hay diversas maneras de abordar al género más amado y odiado. Y ésta es una. Así como en Johnny y June, Un completo desconocido está llena de música, con los actores interpretando cantidad de canciones, a partir de sus propios registros, en recreaciones que incluyen pubs, escenarios, grabaciones, ensayos. El resultado es admirable, y hay que cerciorarse en los credits finales de que las voces que se escucharon fueron, justamente, las de los mismos intérpretes. Algo que evidencia un trabajo descomunal.

¿Logra Un completo desconocido atrapar algo del maleable Bob Dylan? Ninguna película podría atreverse a cometido semejante; en todo caso, el intento estimula, introduce al mundo del músico (a la película la vi con mi hija, tiene 10 años), y agrega una luz más en ese firmamento incombustible que sigue siendo la vida y obra del único músico ganador del Premio Nobel de Literatura.

Leandro Arteaga

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