Brutalismo y brutalidad 

Hay tanto por decir y tanto por expresar pero no es tan fácil como parece sentarse y escribirlo todo. Suena a un inicio poco alentador pero quiero decir lo contrario: “The Brutalist” te deja anonadado, golpeado y extasiado. La vi en una función de prensa un martes a las 9:30 de la mañana y la pensé todo el día; me senté en reiteradas ocasiones a tratar de escribir pero las palabras sobraban en un desorden antinatural. Siendo las 20:08 de la noche de un día caluroso en Buenos Aires y después de algunos mates, pude ordenar los pensamientos y aclarar la mente (al menos eso parece). Entre tantas cosas que siento, lo primero que encuentro es felicidad y no por la película y su temática, sino por saber que hay cintas que aún en una era tan pasajera, tan desesperada por tener todo ya, se tome su tiempo y vuelva a hacer una obra como las de antes, en la que cada imagen y sonido tienen un valor; en la que sus 3 horas y media (con intervalo incluido) se pasan volando y a su vez, querés más. Que con tan poco presupuesto (bueno, 10 millones de dólares es mucho dinero pero poco comparado a las mega producciones de hoy), esta historia tenga tanto que contar con tanto corazón detrás, me parece fascinante.

Si tuviese que definir en una palabra la obra de Brady Corbet usaría la misma de su título (o casi parecida): brutalidad. Brutalidad en su mensaje, brutalidad en su imagen, brutalidad en su estilo. Esas tres horas y media te atropellan; te pasan por encima y te dejan hecho un manojo de sentimientos, de pensamientos, de reflexiones. Pero, y en un juego de palabras, no hay que confundir brutalismo con brutalidad. Porque sí, “The Brutalist” es la historia de un arquitecto que estudió en la Bauhaus y terminó emigrando a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, llevando consigo su estilo brutalista e impactando a una sociedad que jamás había visto semejante corriente arquitectónica (materiales crudos y a la vista con una estética más minimalista, funcional y estética).

Nuestro protagonista es László Tóth (el siempre destacado y aquí inmejorable Adrien Brody), quien es contratado primero por Harry Lee van Buren (Joe Alwin) para que rediseñe la biblioteca de su padre como sorpresa. Cuando este se entera, destila todo su odio y racismo y los echa a todos a patadas pero, en un giro importante para la vida de László, los medios y los propios allegados a la familia se sorprenden para bien en este nuevo estilo y ahora, el padre recapacita y contrata a Tóth para hacer un edificio. Este padre es Harrison Lee van Buren (un tremendo Guy Pearce), y aunque en aspecto ahora calmado y bondadoso, hay cosas que no se pueden ocultar. Y aunque la película parezca que será sobre la arquitectura y la llegada de un nuevo estilo al continente, nos narra la crudeza humana. O mejor dicho, la brutalidad.

Se traza ese paralelismo casi instantáneamente y todo lo que vemos no es lo que parece. “The Brutalist” comienza con un gran prólogo en el que se nos cuenta con una voz en off la historia de Lászlo y su llegada a Estados Unidos y, cómo no, la recibida de la Estatua de la Libertad, icono mítico para los inmigrantes en busca de un nuevo destino, en busca de ese famoso sueño americano. Pero desde ese punto, todo comienza a ser cuesta abajo y en cierto punto de la película se retratará a este país como un lugar asqueroso y repugnante (y no por lo material ni la naturaleza). Y si bien hay grandes momentos para los protagonistas y en los que parece que todo marchará de maravilla, la brutalidad humana aparece para echar todo a perder: y cuando digo brutalidad me refiero a todo lo que venga con esa palabra. Personas que parecen animales violentos marcando su territorio, asquerosas y con una falta de razonamiento terrible pero, por sobre todas las cosas, una falsedad absoluta escondida detrás de una religión o de la caridad. Para ellos, Lászlo es la novedad y será descartable o útil cuando ellos lo decidan porque así funciona el mundo para ellos.

Esta obra es monumental y está hecha como casi ni se hace en la actualidad, y lo digo literalmente. Es llamativo pensar que “The Brutalist” costó casi 10 millones de dólares y se rodó en poco más de 30 días en 2023 y que hay varias cosas que ya no disfrutamos del cine moderno. Primero en principal, que está dividido en segmentos como un prólogo, un intermedio de 15 minutos y un epílogo en un total de 215 minutos de rodaje. Y segundo y lo que más llamó la atención de esta cinta fue la forma en la que se rodó: el formato VistaVision que no se usa desde hace 60 años en el cine. Fue inventado por la Paramount Pictures en la década del ‘50 en la que utilizaban rollos más anchos (uno de 70mm) y de forma horizontal en lugar de vertical que le daba muchísima más nitidez y resolución a las películas. El resultado de esto es tener imágenes avasallantes delante con una claridad que el digital (y por más que se quiera imitar al fílmico) no te da; te quedas mirando cada rincón de la pantalla y es una experiencia emocionante (a pesar de que la que casi todos vamos a ver es una copia digitalizada). Desde casi 1960 que este formato no era utilizado en películas y esta decisión es para aplaudir de pie porque Brady Corbet, su director, le dio al espectador una experiencia tan bella como emocionante junto a su director de fotografía Lol Crawley.

Y si nos seguimos centrando en las personas de “The Brutalist”, no podemos obviar el papel que nos regaló Adrien Brody. Si bien ya sabemos que hoy por hoy, su sola aparición en una película es sello de que nos va a dar algo bueno, nunca lo vi de esta forma. Acá lo vemos sentir todo, tanto en sus gestos como en sus palabras; cuando llega a Estados Unidos, cuando sus esperanzas crecen, cuando todo se derrumba, cuando vuelve a sentir amor o cuando ya no lo tiene más. Me atrevo a decir que es la mejor interpretación de su carrera y es digna de cualquier premio o elogio que pueda recibir. Y es que una obra puede tener gestos técnicos impresionantes pero si el que la ejecuta no está a la altura, la historia queda en la nada misma, pero si este film es lo que es, en gran parte es gracias a la magnífica actuación de Brody. También hay que destacar a Guy Pearce (el ¿villano?) de nuestra historia, un tipo que va desde la bondad a la absoluta maldad y también a Felicity Jones (quien interpreta a Erzsébet Tóth, esposa de Laszlo), en una actuación que destila calidez y mucha sabiduría detrás.

La experiencia “The Brutalist” es sí o sí en cines y es mi respuesta automática cuando me preguntan “¿vale la pena? ¿te gustó?”. Mi contestación al instante es que sí, a mí me encantó pero que no se guíen sólo por mis gustos, sino porque la experiencia que se vive viéndola es única y, realmente, de las que ya no existen en nuestro cine moderno (lamentablemente).


Vista en función de prensa gracias a Agencia Raquel Flotta. Estreno en cines comerciales el 6 de febrero (Argentina).

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