Fue árida la experiencia de asistir a las proyecciones de Joker, el largometraje que en 2019 sacudió a quien se haya dejado llevar por una historia, una puesta, un relato y un personaje central que llegaban en el momento indicado (el inicio de la era Trump) y en el formato indicado (cine, pasión de multitudes) para contar mucho más que el derrotero de un tipo atormentado y corrido de eje.
El Joker, a través de la interpretación milimétrica, obsesiva, de Joaquin Phoenix y la lucidez narrativa de Todd Philips, nos dijo, hace seis años, que el mundo estaba roto, que no había salida a la vista por los caminos habituales y que la disolución de los consensos políticos y sociales a los que se había llegado durante las décadas anteriores, estaba a la vuelta de la esquina.

Habiendo transcurrido seis años desde entonces, podríamos decir que hoy, post pandemia, post primer gobierno de Donald Trump y a poco de haber comenzado su segundo mandato, la vuelta a la esquina ya ha sido dada.
Un ejemplo latinoamericano que le pone marco al contexto de 2019 es que ese mismo año, gracias a los medios de comunicación que lo vieron nacer y propulsaron, la población de Argentina ya podía visibilizar quién sería el hombre que devendría en ícono de este nuevo tiempo: Javier Milei. El economista ortodoxo y colérico que se peleaba con quien se le pusiera delante en sets de televisión y micrófonos radiales estaba en la cresta de la ola y dos años antes había sido electo diputado nacional.
El Joker de Phoenix se estableció, entonces, entre muchos de quienes pasamos por la salas de estreno, como una representación paroxística de esa persona/personaje que estaba a punto de pegar el salto al círculo rojo de la dirigencia política al sur del sur. Y en un mundo que recibía con intriga y sensación de abismo al gobierno de Trump, el enajenado de traje colorido, pelo verde y carcajada terminal con el maquillaje corrido nos decía desde la pantalla que sí, que las cosas podrían llegar a ponerse aún mucho peor.
Quien con lucidez académica y filtro fino analizó lo que estaba aconteciendo en ese fin de década, y que, además, detectó lo que se iba desarrollando en el mundo, fue el filósofo y escritor italiano Franco “Bifo" Berardi. En su libro Autómata y caos*, de 2020, el autor parte de un interrogante tortuoso y se pregunta en voz alta: “¿Es posible evitar la extinción de la civilización humana?”.
(spoiler: la tarea está difícil)
A lo largo de un corpus de ensayos reunidos en torno a la oscuridad que volvía a asomar la cabeza en el mundo entre las tinieblas de los extremismos, Berardi dedica algunas páginas a la representación vivida de la implosión de la humanidad a través de la figura del Joker de Philips y Phoenix.

Dice Berardi en el capítulo que titula “Una explosiva epidemia de demencia” que “Joaquin Phoenix, bailando en ese modo suyo flexiblemente obsceno, es una antena que percibe con extrema sutileza los flujos del inconsciente contemporáneo”.
Esa antena de la que habla el pensador europeo es central para llevarlo a definir al film como “una clave para entender el enigma de la historia contemporánea, que está en el inconsciente”.
Ese inconsciente (colectivo e individual) estaba mutando y tardó una milésima de tiempo en empezar a torcer al sentido común de forma transversal en todo el planeta. Berardi congela el momento, lo desmenuza y plantea que la ficción ubicada en 1981 “habla de hoy”, porque “Phoenix cortocircuita los tiempos de la precipitación psíquica que ha tenido lugar en estos cuarenta años” que pasaron entre el momento en el que está contado el cuento y el momento en el que el autor escribe esas líneas urgentes.
El intelectual que formó parte de las réplicas que el Mayo Francés del `68 provocaron en las universidades italianas dijo en 2020 que el mundo estaba ante “un punto de llegada de la larga predicación del cinismo: la humillación burlona, la sonrisa obligatoria, la amarga soledad, la lenta e inexorable desarticulación de toda empatía, de todo afecto cortés, de toda solidaridad”.
No parece haberle errado, elijamos el punto de vista que elijamos: hoy, como ejemplo de lo antedicho, decenas de miles de personas son expulsadas de los Estados Unidos por no tener los papeles en regla.
“Arthur Fleck / Joaquin Phoenix es un sensor vivo de la psicopatía metropolitana”, dispara Berardi, que pone el foco en la escena que transcurre en el subte de Gotham City, la ciudad de comic que ideó Bob Kane a imagen y semejanza de Manhattan.
En ese escenario urbano el film presenta la que Berardi considera su mejor escena: aquella en la que Fleck, en su etapa inicial de Joker, se carga a tres envalentonados muchachotes de Wall Street, en apariencia impunes. Según bien registra Berardi, la eliminación de la existencia física de los yuppies generó en las salas de cine “un movimiento inconfesable de pérfida alegría entre el público”.
“Y también en Gotham City”, acota el filósofo, que se mete en el texto del guion y remarca que en la ciudad gótica “la noticia de que un payaso mató a tres jóvenes financistas provoca una ola de entusiasmo, de lúgubre euforia”.

Hace muy poco, en diciembre de 2024, mientras los Estados Unidos de (norte) América se preparaban para salir de los años-paréntesis del demócrata Joe Biden y entrar en la secuela de Trump en Washington, aquella escena y aquel sentimiento que germinó de entre las manchas de sangre del subte de Gotham se presentaron de forma brutal cuando un en el centro de Manhattan un joven asesinó a balazos al CEO de UnitedHealthcare, Brian Thompson.
Pasaron apenas minutos para que las redes sociales se hicieran eco del crimen con fervorosa atención. Parte de la reacción fue una avalancha de memes que hicieron referencia, un poco en broma, un poco (bastante) en serio, a la idea de “acto de justicia”.
Un final aterrador
Sobran los links que pueden plantearse entre distintos temas de la actualidad mundial y el desenfreno criminal que Joker puso en relieve. Como los interrogantes que, con más certezas que dudas, Berardi transforma en conceptos: “Es posible preguntarse cómo puede la gente (en Reino Unido) haber votado por el Brexit, o que (en EE.UU.) votara a Trump. Se puede insistir explicando que Trump es horrible, un mentiroso descarado, que está llevando al mundo a la catástrofe final. La mente liberal-demócrata no puede entender que esta sea precisamente la razón por la que los ejércitos de la venganza votaron a favor: porque un final aterrador es mejor que un miedo sin fin”.
¿Quién está más loco? La pregunta podría formar parte de alguna distopía comiquera, de algún What If… dedicado a un universo paralelo en el que los personajes de DC se entrecruzan con la dirigencia política ultra del siglo XXI.
“La demencia desenfrenada, este es el tema central de la era neoliberal tardía”, dice Berardi. Y concluye en su ensayo: “La sociedad demente, la sociedad que literalmente ha salido de su propia mente, de la facultad del pensamiento racional, crítico, consecuente, aparece en una forma demente de poder político”.
Fin.
* Hekht Libros
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