Desde niña he contemplado el arte abstracto de la mayoría de películas que me ponían enfrente. Fueron tantas las que ví, que perdí la cuenta, pero entre todas ellas una película permaneció en mí, flotando entre la lucidez de la conciencia y los misterios de mi inconsciente. No solo por su estética visual, sino por las preguntas que sembró en mí, por la nostalgia que dejó en mi alma y la melancolía de saber que hay historias que no terminan con un final feliz, sino con un recordatorio de la inevitable extinción de aquello que no tiene cabida en el mundo moderno.
La película de la que hablo es Hellboy II: El Ejército Dorado, una obra maestra de Guillermo del Toro que, aunque fue valorada en su momento, con los años ha quedado relegada a la sombra de sagas más comerciales. Sin embargo, su esencia sigue ahí, intacta, esperando ser redescubierta por aquellos que se atrevan a mirar más allá de la superficie.
Desde el inicio, la película nos sumerge en una fábula oscura sobre un antiguo acuerdo entre los humanos y las criaturas místicas. Elfos, hadas y otras entidades que una vez dominaron la tierra fueron obligados a retirarse a las sombras, condenados al olvido. El príncipe Nuada, exiliado en su propio mundo, se niega a aceptar ese destino. Su rabia es la rabia de todo aquello que fue despojado, de todas las civilizaciones borradas de la historia, de todos los dioses que fueron adorados y luego convertidos en mitos. Su lucha no es solo contra la humanidad, sino contra la condena del olvido.
El conflicto central no es solo una batalla entre el bien y el mal, sino una reflexión sobre la naturaleza del sacrificio, la pérdida y el inevitable choque entre mundos. Nuada y su hermana Nuala son dos caras de la misma moneda: él, dispuesto a destruir para restaurar el antiguo equilibrio; ella, resignada a desaparecer para preservar lo poco que queda de su especie. Su vínculo es trágico, porque el destino les ha puesto en caminos opuestos, y el amor entre hermanos no es suficiente para cambiar el curso de los acontecimientos.
Abe Sapien, un personaje importante, es algo parecido a un ser acuático con rasgos humanos y pez (su apariencia y habilidades recuerdan a figuras mitológicas como los tritones y Nereidas de la mitología griega). Este gran personaje es el mejor amigo de Hellboy, ya que su relación va más allá de una simple camaradería, es más un vínculo de respeto, lealtad y comprensión mutua. Se podría decir que Abe es el opuesto intelectual y emocional de Hellboy: mientras Hellboy es impulsivo y temperamental, Abe es sereno, analítico y más introspectivo. En Hellboy II: El Ejército Dorado, su amistad se profundiza aún más cuando Abe se enamora de la princesa Nuala. Hellboy, aunque rudo en su forma de expresarse, entiende el dolor de Abe cuando pierde a la única persona que lo comprendía realmente. Es un momento clave en la película, porque muestra que, a pesar de sus diferencias, ambos comparten la misma lucha: encontrar su lugar en un mundo que no está hecho para ellos.
Abe Sapien y la princesa Nuala protagonizan una historia de amor tan efímera como hermosa, el tipo de romance que duele porque nace en un mundo donde nunca podrá florecer. Abe, el hombre pez que ha pasado su vida entre humanos, encuentra en Nuala la única alma que realmente lo comprende. Pero el destino es cruel, y lo que podría haber sido se convierte en lo que nunca será. Su amor es un reflejo de todas esas conexiones que llegan demasiado tarde, de los encuentros destinados a ser pasajeros.
La escena en la que Hellboy y Abe Sapien escuchan "Can't Smile Without You" es uno de los momentos más íntimos y humanos de la película en mi opinión. Ya que, dos seres que no pertenecen a este mundo, dos marginados atrapados en una existencia que no eligieron, encontraron el consuelo en una canción que habla de dependencia emocional y amor imposible. Este momento es crucial porque revela que, pese a su apariencia y poder, ambos son vulnerables. Hellboy, con su amor complicado por Liz (novia eterna de Hellboy), y Abe, con su conexión trágica con la princesa Nuala. La canción no solo es un respiro en medio de la acción, sino una confesión disfrazada de humor: el dolor de amar y no saber si alguna vez serán realmente correspondidos o si, como todo en su mundo, el amor también está destinado a ser efímero.
Hellboy, por su parte, se encuentra atrapado entre dos mundos. Criado por humanos, pero perteneciente a un linaje demoníaco, su existencia es una paradoja. ¿Es posible elegir a qué mundo perteneces cuando ambos te rechazan? Su historia con Liz Sherman es otro punto de tensión en la película, pues el amor que comparten está lleno de fuego, literalmente y metafóricamente. Lo que siempre me hace pensar: ¿Cuánto podemos sacrificar por amor? ¿Cuánto podemos cambiar sin perder nuestra esencia?.
Las escenas de acción y el despliegue visual son una joya en sí mismas, pero lo que realmente da peso a la película es su carga filosófica. En cada rincón del relato se esconde una verdad incómoda: la humanidad siempre avanza a costa de lo que considera prescindible. Nuada no es un villano tradicional; es un profeta de la extinción, un grito desesperado de lo que una vez fue y que ahora solo sobrevive en las sombras.
En el desenlace, cuando todo ha sido dicho y hecho, queda una pregunta en el aire: ¿realmente ganaron los héroes? O quizá, como siempre, solo presenciamos el final de otra historia que será olvidada con el tiempo.
"¿Cómo juzga la historia a los perdedores? Como mitos, como fábulas, como cuentos para dormir a los niños. Pero en las sombras, siguen esperando. Siguen recordando."



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