La criatura incomprendida  

Quién puede determinar a un gran perdedor sino la historia misma. Y el paso define al personaje en cuestión:

¿El Conde Orlok?

Siempre existirán dudas, sin embargo los hechos dicen más que mil (o 500 en este caso) palabras. Todo se remonta al último aliento del siglo XIX. Bram Stoker culminaba su obra maestra: Drácula (1897-99). Un homenaje al folklore irlandés y sus leyendas. Homenaje que replicaría más adelante otro gran creador en la materia cinematográfica: Friedrich Wilhelm Murnau. Este mismo, se atrevería a tomar la obra de Stoker y ajustarla a su voluntad para proyectarla a través del lente. Desafortunadamente, y después de esfuerzos y sorpresas a lo largo de la producción, la viuda del escritor, Florence Balcombe, los demandaría por infracción de derechos de autor, ya que nunca se pidieron y solo habían hecho un leve ajuste de nombres para pasar “desapercibidos”. Por fortuna, algunos rollos de la película ya se habían distribuido y pudieron rescatarse, puesto que se había dado la orden de quemarlo todo.

Gracias a esas coincidencias podemos, hoy en día, ser testigos de innumerables adaptaciones y reconstrucciones de nuestro gran vampiro perdedor: desde Werner Herzog con su reinterpretación de 1979; Drácula (1992), de Coppola; La sombra del vampiro (2000), de E. Elias Merhige hasta la más reciente Nosferatu (2024), de Robert Eggers, en donde nos sumerge en una puesta en escena tan inquietante, cruda y desaforada como solo él sabe hacerlo. Aquí entra en cuestión nuestro personaje. El Conde Orlok se nos muestra como la mismísima peste andante. Entre algunas malicias a destacar se encuentran el embaucamiento e inclinación a la locura para Thomas Hutter, el acoso onírico para Ellen Hutter y otro par de víctimas por aquí y por allá.

Pero ¿quién no necesita de alimento? ¿Quién no desea formar su propia familia cuando llega a creer que todo está perdido? ¿Quién no elabora un plan maestro para lograr sobrevivir una época (o a lo largo de varias, en su caso) tan repletas de desasosiego, podredumbre y vanidades jerárquicas?

Solo coloquen sobre la mesa todas las cartas que tuvo que haber jugado el Conde antes de darle marcha a su sueño. Estamos de acuerdo que no cualquiera. Muchas virtudes, sobre todo la paciencia, tuvieron que ponerse a prueba.

Usualmente el espectador se deja llevar por lo que se plasma directamente en la pantalla (sentimentalismos), pero podríamos rescatar el pensamiento brechtiano:

apelar a la inteligencia y lucidez crítica del espectador con un distanciamiento de dimensión desmitificadora.

Abriendo paso a una reflexión más profunda para con el todo. El Conde Orlok solamente desea vivir como el resto. Disfrutar los placeres que todos disfrutamos: comer, dormir, viajar, enamorarse y ayudar a la comunidad con un par de monedas de oro.

En fin, la ironía de la vida. Cuando uno actúa sin máscaras, suele ser apestado y vapuleado por la sociedad. No obstante, el Conde Orlok nos demuestra que hay que prevalecer para trascender. Que, probablemente, su meta haya sido esa misma desde un principio:

El desvanecer en el Alba al lado de su amada.

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