El océano: Parte fundamental de nuestra existencia, génesis de la vida en el planeta; nos nutre, aporta la mayor parte del oxígeno que respiramos, es regulador del clima, proveedor de vida y de alimentos. Nuestra relación con los dominios de Neptuno es inagotable, imposible de abarcar en su infinitud en unas cuantas líneas; tan extensa y antigua como sus propias aguas.
Sin importar nuestra clase o condición social, nuestra etnia o el momento de la historia en que nos encontremos, todos hemos tenido algo que ver con el mar. Primero fue barrera, luego vehículo; puente de comunicación e intercambio entre culturas. Y ese mismo mar que hermanó a los hombres en el pasado y les proveyó de alimentos, es con el que cada uno de nosotros atesora recuerdos de una postal o un pasadía, frente a su verdiazul encanto.
Nancy Adams (Blake Lively) también conserva recuerdos gratos sobre el mar; estudiante de último año de medicina y surfista aficionada, tanto ella como su hermana han encontrado en el mar una forma de liberación frente a la traumática pérdida de su madre; siendo esta su principal motivación para acudir a surfear a las traicioneras aguas del Golfo de México.

En esta cinta se suceden dos versiones distintas y contrastantes del océano, que reflejan de algún modo el cambio en el estado de ánimo de Nancy: En la primera parte vemos la calma y el sosiego, una imagen sublime de un infinito e iridiscente azul turquesa, tras un impresionante corredor en medio de la selva virgen; es la tranquila playa donde surfea con sus amigos, es la vista que documenta para su hermana, es lo conocido y apreciado por los espectadores y más aún por ella.

El avistamiento del cadáver de la ballena marca el inicio del encuentro con el otro océano, el temido por los hombres, a partir de aquí Nancy inicia un descenso en crescendo hacia la angustia, la incertidumbre y el miedo; mismas sensaciones que nos invaden a nosotros al adentrarnos con ella en las profundidades de la bestia color índigo, por la feroz embestida de un enorme y tenaz escualo.

Un ingenioso juego de primeros y terceros planos nos sumerge junto con Nancy en los reinos de Tetis; somos testigos directos de su lucha, porque estamos también allí junto a ella, con el corazón latiendo en nuestras sienes, con las rompientes golpeando nuestra carne magullada y nuestro espíritu, aguardando, primero desde el islote, luego desde la boya, a ese enemigo implacable, tan presa de sus instintos de supervivencia como nosotros. Esta no es una cinta que deje a nuestros protagonistas en su zona de confort, sino un nuevo capítulo de la eterna y primitiva lucha por la supervivencia humana; una lucha a muerte que tiene lugar, paradójicamente, en uno de los escenarios más bellos e imponentes de nuestro planeta.
No hay apenas guion, este es muy simple, pero es quizás en su simpleza donde reside su encanto, es en esta falta de diálogos rebuscados, de premisas imposibles de plasmar donde se luce esta cinta, porque lo que nos muestra es tan perfecto que sobran las palabras. En esta confrontación de Nancy con los elementos destacan el duelo por la prevalencia del mas fuerte, representada por sus desesperados intentos de evadir al tiburón desde su frágil refugio y estrategias como la solidaridad entre especies, que nos muestra su cuidado de la gaviota herida.

Contrario a otros largometrajes, donde la impresionante puesta en escena es solo una excusa para un guion endeble, aquí la excelente fotografía y musicalización, junto con los planos estilo Go Pro participan en perfecta sinergia con los demás elementos de la producción. El manto de la noche hace al océano aún más hermoso, nuestra heroína se halla en verdad en una situación difícil, pero allí en medio del gigante de agua, del primer sustrato de la vida, el conjunto pareciera una alegoría del hombre ante la infinitud del cosmos, y nada refleja mejor ante nuestros ojos la inmensidad del universo que el océano.
Como era de esperarse, la corriente arrastra a Nancy a la orilla y alguien la socorre. Ella vuelve a su casa, a lo seguro, vuelve a hacer surf en su natal Texas y allí el océano es amable de nuevo, porque el viejo hogar de las náyades es así de dual y temperamental: De un lado es el refugio apacible donde los chiquillos construyen torres de arena y escuchan su reberberancia en las caracolas de su orilla y donde las parejas pasean tomadas de mano; pero detrás de las olas que acarician la arena y le susurran cantos de amor, de la brisa salitrosa y las gaviotas parlanchinas planeando sobre nuestras cabezas, se encuentran las indomables profundidades azules que a lo largo de tantos siglos han encandilado la imaginación de los hombres.




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