El cine de Bolivia 

Náufragos y navegantes – Nota 22

Nuestro viaje por Latinoamérica nos lleva ahora a Bolivia. Venimos de Paraguay, y allí hablamos de la Guerra del Chaco (1932/1935), y de como el cine ha retratado este conflicto del lado paraguayo. Como complemento se pueden señalar dos películas que muestran lo ocurrido del otro lado. Recordemos que Bolivia perdió esa guerra.

Chaco (2020), una coproducción entre Bolivia y Argentina dirigida por Diego Mondaca trata de un reducido grupo de soldados a la deriva. El entorno hostil, la sed y las decisiones de quienes los enviaron allí son los verdaderos enemigos. Algo parecido sobre quién fue el verdadero enemigo puede decirse al ver Los viejos soldados (2022), de Jorge Sanjinés, sobre la amistad que entablan un joven un burgués y un campesino aimara durante la guerra. Sanjinés es considerado el director más importante de la historia del cine boliviano y ya me referiré a él con más detenimiento. Por último Boquerón (2015), de Tonchy Antezama también se ocupa del tema, centrándose en la batalla más importante de esa guerra, ocurrida en 1932.

Pero el cine boliviano viene brillando incluso desde antes de ese conflicto y prueba de eso es Wara Wara (1930), una película muda, basada en una obra de teatro de Antonio Díaz Villamil, que fue un éxito en su momento y que, como en tantos otros casos que ya he señalado se creyó perdida por mucho tiempo, hasta su reaparición en 1989. Se conoció una versión restaurada recién en el 2010. Es la única película del periodo mudo que se conserva. La Wara Wara del título es una princesa inca que escapa a las montañas durante la conquista española y en su camino es salvada de un ataque por un capitán español que se enamora de ella. Un romance prohibido al estilo Pocahontas que es rechazado por su comunidad.

Wara Wara, cine mudo boliviano

La traición a la propia comunidad es también el tema de otra película emblemática del cine boliviano, La nación clandestina (1989), de Jorge Sanjinés, sobre un campesino aimara que vuelve a su pueblo tras ser expulsado, solo para bailar hasta morir en un rito ancestral con el que intenta reparar su falta. Es la obra más destacada del Grupo Ukumanu, creado por Sanjinés, tras el éxito de su primera película, llamada, precisamente Ukumanu (1966), que obtuvo reconocimiento en el festival de Cannes. El nombre significa “Así somos” en aimara. Fue además la primera película hablada en ese idioma. Luego llegarían Yawar Malku, la sangre del cóndor (1969) y El Coraje del pueblo (1971). Su carrera seguiría con películas en el exilio ecuatoriano y un regreso a Bolivia para hacer, entre muchas otras, las ya mencionadas La nación clandestina, con la que ganaría el Festival de San Sebastián y Los viejos soldados.

La nación clandestina, de Jorge Sanjinés

Otro de los cineasta importantes de Bolivia es Juan Carlos Valdivia. Su debut en el largometraje se dio en 1995 con Jonás y la ballena rosada, una adaptación de la novela el mismo nombre de José Wolfango Montes Vanucci. Junto con Wara Wara es una de las pocas adaptaciones del cine boliviano a su propia literatura. Fue un suceso en su momento, aunque su estética publicitaria la haga lucir anticuada hoy en día. En el 2013 Valdivia presentó en competencia en el festival de Mar del Plata la más interesante Yvy Maraey, Tierra sin mal (2013). Esta película, como la última de Sanjinés, habla de la convivencia de cosmovisiones, a través de un viaje de un cineasta y un líder indígena por los bosques del sureste boliviano.

Como hemos visto en los otros países de la región (y seguiremos viendo en los próximos), una serie de gobiernos militares asolaron el país durante el siglo XX, en este caso de 1964 a 1982. Algunas películas se ocuparon de este período pero quiero destacar una no tan conocida, sobre sus consecuencias, un documental en donde el director, Mauricio Ovando, nieto del general Alfredo Ovando, explora en primera persona y con dolor esa relación, Algo quema (2018)

Y también como en el resto de los países de la región, en cine boliviano creció y se potenció en el siglo XXI, con nuevos directores, propuestas interesantes y buena presencia en festivales. Pero más allá del cine todo el país experimentó una transformación muy significativa, convirtiéndose en un estado plurinacional de la mano de Evo Morales, presidente desde el 2006 al 2019, el primero de origen indígena. Durante su gestión, Bolivia fue una de los países de mayor crecimiento económico en Sudamérica, con notables mejoras en la distribución del ingreso. Documentales como Cocalero (2007), de Alejandro Landes, dan cuenta de este proceso. Landes, nacido en Brasil, ya ha sido mencionado en un artículo previo por su notable película Monos (2019), hecha en Colombia.

Entre los cineastas bolivianos más interesantes de los últimos años se encuentra Kiro Ruso, responsable de Viejo calavera (2016) y El gran movimiento (2021). Dos historias muy distintas para un mismo personaje, Elder Mamani. En la primera el descarriado personaje debe ir a trabajar a una mina junto a su padrino, tras la muerte de su padre. Es un viaje a las profundidades, a toda clase de profundidades, inmersivo e hipnótico. En la segunda Elder deja la mina y vuelve a la Paz, a sus altos barrios bajos, para trabajar en lo que sea, pero ese comienzo tan cercano al realismo se traiciona saludablemente con momentos musicales y hasta lisérgicos que conviene no adelantar y hacen que este trabajo no se encuadre en ninguna categoría reconocible, ni siquiera el realismo mágico. El propio director se refirió a este trabajo como “un poco extraterrestre” al momento de presentarla en una edición del BAFICI. Curioso término teniendo en cuenta que la primera era intraterrestre.

Elder Mamani en El gran movimiento, lo último de Kiro Russo

Pero hay muchos otros buenos ejemplos de cine boliviano reciente, Averno (2018), de Marcos Loayza, en la que un joven marginal debe llegar al mítico sitio del título, un lugar en el que los vivos conviven con los muertos, para rescatar a su tío. En este caso sí se detectan elementos del realismo mágico y mucha libertad creativa, con una gran puesta en escena.

Termino con tres buenas películas del mismo año, 2022, pero parece haber sido una gran año para el cine venido de Bolivia. En El visitante, de Martín Boulocq, un hombre de oscuro pasado sale de la cárcel y re propone rehacer su vida y, sobre todo, el vínculo con su hija, que ha quedado al cuidado de sus desconfiados suegros, que tienen otros planes para su nieta. Se destaca la manera en que el director administra la información. Los de abajo (2022) de Alejandro Quiroga, tiene algo de Western ya que su protagonista, Gregorio, debe lidiar con un poderoso terrateniente, en tierra de nadie (que es lo mismo que decir tierra del poderoso). Se destaca la labor de Sonia Parada, que ganó el premio a mejor actriz en mar del Plata por su papel. Por último Utama, de Alejandro Loayza Grisi, se ocupa de una pareja de ancianos quechuas que viven en el altiplano boliviano, sufriendo prolongadas sequías que los hacen replantearse hasta que punto resistir en un entorno tan hostil. Una bella y dura reflexión sobre el paso del tiempo y la tensión entre lo nuevo y lo viejo. La fotografía es extraordinaria

Casi todas las películas mencionadas han participado de alguna edición del BAFICI o el Festival de Mar del Plata, y es por ello que pude saber de su existencia. Una muestra más de la importancia de estos festivales.

El viaje continúa, y el próximo destino será Chile.

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