Una meditación sobre el suicidio 

El sabor de las cerezas de Abbas Kiarostami nos plantea el dilema: ¿es lícito que una persona planee quitarse la vida y alguien lo ayude en el proceso?

Estoy seguro que muchos de ustedes ya tienen una respuesta, pero la película propone el debate como un fin en vez de un medio.

1997. Palma de Oro en Cannes. Elogios de Quentin Tarantino, uno de los directores estadounidenses impulsores de diálogos larguísimos en el cine comercial. Abbas Kiarostami, iraní, 57 años, admira la cinefilia de su colega, aunque rechaza la exhibición de la violencia en la pantalla.

¿Trama? El señor Badii, un hombre de 30 a 40 años, recorre las calles de Teherán en busca de una alma noble que pueda despertarlo al amanecer en un hueco a manera de tumba; caso contrario, tomar una pala que está al lado y darle sepultura. La ubicación: la ladera de una de las varias montañas alrededor de la ciudad, desde la cual puede observarse una panorámica de la misma.

¿Por qué quiere suicidarse el señor Badii? Nunca lo dice. El fin de la película no es responder esa pregunta, es permitir al espectador ocupar el lugar del actor Homayoun Ershadi y vivir la experiencia de conducir un carro en una actitud bastante serena. Desde Occidente, producto del conflicto entre los ideales platónicos y el realismo aristotélico, abordamos la muerte como una tragedia y el fin de la existencia; sin embargo, Asia -por influencia del budismo- se toma el tema como una continuación de la vida. Así es, vivir y existir no es lo mismo. Existir implica ser una hoja al viento, vivir es tener los pies en la tierra y aceptar lo que venga como una situación más. Esta actitud no implica que el suicidio sea aceptado en Irán, es un tabú y quien lo comete es visto como un delincuente.

En un principio, el señor Badii busca jornaleros en el centro de Teherán, pero se da cuenta que ellos no pueden ayudarlo porque están más preocupados por el dinero inmediato que por escucharlo. Tras estos intentos infructuosos consigue conversar con tres personas, que son las 3 edades del ser humano: la juventud, la madurez y la vejez. Abbas, al igual que muchos directores dentro del cine trascendental -término propuesto por el crítico y cineasta Paul Schrader para clasificar películas que mezclan la contemplación, la espiritualidad y la filosofía a partes iguales- negó en 1997 y después cualquier clase de interpretación sobre la historia reclamando al público que todo lo que aparece en pantalla debe tomarse de manera literal y cualquier tipo de explicación al respecto son simples conjeturas. Pero esa actitud es la humildad del artesano que niega el talento que impregna en su obra porque no se cree merecedor de ninguna clase de elogio.

El primer candidato, un joven de origen campesino, llegó a Teherán a prestar su servicio militar y sube al auto del señor Badii para llegar a tiempo a unos ejercicios de tropa. Mientras recorren una carretera extensa y solitaria él explica cómo llegó a la ciudad, cómo extraña a su familia. Es así como el director nos da un contexto sobre el joven: es pobre. Cuando el señor Badii le propone ir a despertarlo en la madrugada huye, a pesar de necesitar dinero, porque la idea le parece aberrante. La huida es interesante: baja por la ladera de una montaña rápidamente para unirse a un grupo de soldados en la distancia. El señor Badii lo contempla sentado sobre el capó. No hay palabras, pero el significado es claro: la juventud se siente más segura en un grupo que solos, no pueden afrontar los tabúes porque todavía no tienen la suficiente experiencia para decidir por sí mismos, prefiere que otros decidan por ellos. Esa es la forma como Abbas consiguió sortear la censura en Irán: las palabras están prohibidas porque tienen un significado claro, pero las imágenes son muy ambiguas y cada espectador vierte en ellas su criterio.

Muchas veces, la cámara toma una perspectiva aérea, para brindarnos a nosotros -humildes mortales- la perspectiva de Dios. Vemos el carro, como si fuera una cápsula, transportando a dos voces a través del paisaje rosáceo de las colinas serpenteantes llenas de hierba seca en discusiones teológicas disfrazadas de cuentos banales y costumbristas para oídos profanos. Esto es algo importantísimo. Abbas primero fue pintor, y sólo después empezó a hacer cine. Inicialmente deseaba grabar la película en primavera, cuando el pasto es verde; pero se retrasó y la estación cambió a verano. Aunque no estaba planeado, este cambio favoreció al contexto de la historia: esos tonos apagados y pasteles se asocian al fin de la vida a semejanza de ver en el ocaso el fin del día. Panteísmo puro y duro. Técnicamente hablando, el espectador debe tener cuidado al momento de escoger la versión de la película: la clásica, la del DVD, en 720x480 píxeles, en la que el formato es cuadrado y conserva los colores terrosos y suaves del negativo original; o la del Blu Ray en 4K, hecha tras la muerte del director en 2016 y en la que cambiaron la paleta radicalmente por copiar el negativo original en uno nuevo para preservarlo en el futuro: el Kodak 2383, responsable de la tendencia hollywoodense de la corrección de color tipo Teal and Orange, la cual vira la luz diurna en un amarillo muy saturado y las sombras en un azul casi cián, siendo más notorio el cambio durante la noche.

Los otros dos candidatos son lo contrario al joven: un monje y un taxidermista. El monje oscila entre los 30 y 40 -pero se ve más viejo que el señor Badii- mientras que el taxidermista ostenta unos 50 y 60 bien vividos dado su aspecto bonachón y respuestas prácticas a preguntas cada vez más abstractas sobre la condición humana. Si el militar era el cuerpo, el monje es el espíritu y el taxidermista, la mente. Es algo que ya se abordó en forma más fuerte en Los Hermanos Karamázov de Dostoievski, pero aquí no hay espacio para exaltaciones, sólo sosiego. El monje rechaza, naturalmente, la postura del señor Badii, pero contrario al joven, no se baja del carro apresuradamente, llega a su destino y sigue con su vida; en cambio, el taxidermista, acostumbrado a tratar con la muerte -y a las preguntas, porque es profesor universitario- se toma la tarea de reflexionar sobre las palabras de ese conductor desconocido e intenta infructuosamente convencerlo de no suicidarse. De él se desprenden los dos diálogos más significativos de toda la película.

El primero, el que le da título al filme: el taxidermista cuenta que en un momento de su vida tuvo muchos problemas con su esposa y a nivel profesional, no sabía qué más hacer con su vida. Por eso decidió colgarse de un árbol antes del amanecer. Se levantó con cuidado para no despertar a su mujer y una vez ató la soga se subió a la rama para introducir el nudo en su garganta. Pero estaba amaneciendo y se quedó embobado contemplando la aurora. El árbol era un cerezo. Le dio hambre y comenzó a arrancar los frutos uno por uno hasta que el día estuvo totalmente claro. Fue en ese momento cuando un grupo de niños llegó cerca y le pidió que les ayudara a bajar algunos frutos. Él lo hizo y regresó contento a casa. “Los problemas seguían, pero algo dentro de mí había cambiado”, dice el taxidermista. Es así como nos enteramos que El sabor de las cerezas es una metáfora para algo más prosaico como Motivos para vivir. Tal carga simbólica estoica desprovista del cinismo occidental de los 90 provocó que el iconoclasta Godard afirmara: “El cine comienza con D.W. Griffith y termina con Abbas Kiarostami”.

La segunda, un cuento cargado de sabiduría: El taxidermista le cuenta un chiste sobre un turco que va a un médico porque le duele el dedo cada vez que se toca alguna parte de su cuerpo; a lo que el médico, con total frialdad, le dice que deje de mover el dedo para que no le duela. Traducción: para dejar de pensar en el suicidio hay que vivir de forma contraria a la que lo motivó. Tales parábolas le hacen gracia al señor Badii, a quien vemos sonreír, y a pesar que el viejito le pide explicaciones sobre las causas que lo llevaron a tan drástica determinación él le comenta que no cree que pueda entender su dolor.

Finalmente -tras visitar una construcción y quedar inmerso en una nube de arena el mediodía para luego hablar con el viejito en la Universidad donde trabaja por última vez y tener todavía tiempo para contemplar el atardecer- llega la noche. Al igual que Tati, Abbas tiene una preferencia marcada a mostrar a sus personajes encapsulados dentro de puertas o ventanas simbolizando que están presos de sus propios marcos mentales y que la realidad es mucho más que eso. Por eso los marcos están dentro un plano general mucho más grande. Partiendo de esta explicación tenemos la siguiente imagen: el señor Badii va a su apartamento a prepararse psicológicamente para el suicidio -y por las pastillas que tomará- pero no lo vemos dentro de él, lo vemos desde afuera del edificio y detrás de una cortina que apenas nos permite dilucidar el contorno de su cuerpo, una sombra suya. Luego, apaga la luz y todo queda en oscuridad. Poesía hermética.

Lo que sigue es más abstracto: luces de la ciudad, montañas negras, el señor Badii observando una panorámica cerca al hoyo donde se meterá a esperar la muerte o sobrevivir un día más. Luego, un corte brusco a un primer plano del señor Badii con los ojos abiertos, inmóvil en el hueco mientras suenan relámpagos que lo iluminan y lo dejan en tinieblas a partes iguales revelando -a su vez- un pasto de un verde muy saturado. Tal elección no parece casual: ese es el color de la primavera, el renacimiento, la juventud. En contraposición con el seco, infértil y desvaído amarillo del verano.

¿Qué sigue después? Una de las escenas más desconcertantes del cine: un detrás de cámaras de Abbas Kiarostami en esa misma montaña, pero ya no es amarilla, es verde. A diferencia del resto de la película, este detrás de cámaras está grabado con una videocámara digital en un formato superpixelado y de baja resolución. ¿Qué nos quiere decir con eso? Que la realidad no es tan estilizada como el cine. Que el señor Badii sobrevivió y lo que hemos visto hasta el momento es la historia de como intentó suicidarse. Incluso suena un blues, la única pieza musical de esta cinta.

Definitivamente, esto es cine: hay que interpretar mucho, los diálogos y las imágenes se contradicen constantemente y hay que mirar la película al menos tres veces para alcanzar a pillar todas las conexiones.

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