Cine clásico, moderno y posmoderno 

Para pensar en el cine es importante ubicarnos en el periodo correspondiente a cada película. Es importante reconocer que cada momento histórico hace su aporte a la forma de contar historias y que todas esas tradiciones y rupturas se encuentran para seguir construyendo formas de narrar.

Pero a la hora de afilar la mirada puede resultar confuso identificar cuáles son los elementos que marcan las características por ejemplo del cine clásico, moderno o posmoderno. No deberíamos únicamente pensar en esos términos como bloques de tiempos históricos, sino que cada uno significa un conjunto de búsquedas estéticas y teóricas que los representan.

Cine clásico

Cuando pensamos en el cine clásico nos enfocamos en un periodo de tiempo entre el 1930 y el 1960 con un fuerte enraizamiento en los modos de producción norteamericana. Es allí donde se forjaron tradiciones en términos de narración audiovisual que son las que se reprodujeron durante años y se establecieron como un modelo hegemónico tanto de producción (componente industrial, cine de estudios) como de representación.

Lauro Zavala dice que “el cine clásico es aquel que respeta las convenciones visuales, sonoras, genéricas e ideológicas cuya naturaleza didáctica permite que cualquier espectador reconozca el sentido último de la historia y sus connotaciones”. Esto es clave porque implica que sus características se establecieron de forma tal que se convirtieron en convenciones reconocibles por el espectador como un canon narrativo.

Los espectadores pueden decodificar las películas clásicas de forma fluida, pasan como agua ante la percepción de las masas que ya incorporaron sus códigos. Pongámoslo en otros términos: las reglas de continuidad son una construcción, el espectador ante el cine clásico espera que no haya saltos de eje, que al plano le suceda su correspondiente contraplano, que las elipsis sean fluidas, no busca percibir los cortes del montaje, busca una ilusión de realidad, de naturalidad.

La sucesión de las imágenes es causal, apoyada siempre por un montaje de continuidad. Esto es, un método de montaje a través del cual el espacio, el tiempo y la narración se pueden construir a partir de cientos de fragmentos para crear un todo coherente, lógico e ininterrumpido, supeditado a unas reglas que ofrece al espectador una visión del mundo ordenada, coherente y estructurada.

Y hablando de estructuras también podemos indicar que se espera por sobre todas las cosas una narración tripartita aristotélica que marque claramente su planteamiento/ desarrollo/ resolución, dicho de forma más coloquial “introducción/ nudo/ desenlace”. Este es uno de sus puntos más fuertes, la forma de contar una historia que replique las formas de desarrollo conocidas desde las primeras expresiones de relato.

Cine moderno

David Bordwell señala en 1997 sobre esta lógica que entonces no se podría “iluminar una secuencia de modo que el lugar quede completamente a oscuras; no se puede hacer una panorámica o un travelling sin alguna motivación narrativa o genérica; no se pueden hacer todos los planos con una duración de un segundo”.

Volviendo a Lauro Zavala “en contraste, aquí llamo cine moderno al conjunto de películas narrativas que se alejan de las convenciones que definen al cine clásico, y cuya evolución ha establecido ya una fuerte tradición de ruptura. Estas formas de cine, entonces, no surgen de la tradición artística, sino de la imaginación de artistas individuales.”

Aquí se pueden retomar algunas ideas sobre la autoralidad como la identificación de una identidad expresiva individual. Y vale agregar que hay un alejamiento de las convenciones y una idea fuerte y pronunciada de diferenciarse, no es una casualidad sino una voluntad artística. También aparecen varios movimientos de vanguardia en la historia del cine.

Retomamos también la palabra contraste para apuntalar el hecho de que en principio estas formas funcionan por oposición a lo canónico. El cine moderno reconoce la tradición y busca deliberadamente una alternativa a sus formas. No se puede pensar en un cine moderno sin la existencia de un cine clásico. Así como tampoco se puede pensar en un cine moderno como una masa de películas uniformes ya que justamente lo caracteriza la distinción.

“En síntesis, el cine clásico siempre es igual a sí mismo, mientras que el cine moderno siempre es distinto de sí mismo.”

«Los grandes estilos modernos estaban dedicados a la invención de un estilo personal, privado, tan inconfundible como una huella dactilar, tan incomparable como nuestro propio cuerpo… Esto quiere decir que en sus orígenes la estética moderna estaba ligada de algún modo a la concepción de un ser único y una identidad privada, una personalidad e individualidad únicas que, supuestamente, generaban una visión propia del mundo y forjaban su propio estilo único e inconfundible” (Jameson citado en Connor, 1996).

Grandes autores se han dedicado también a generar un discurso teórico fuerte que responda al por qué de la ruptura, pensemos en Luis Buñuel que sostuvo que el cine “es el mejor instrumento para expresar el mundo de los sueños, de las emociones, del instinto. El mecanismo productor de imágenes cinematográficas, por su manera de funcionar, es, entre todos los medios de expresión humana, el que más se parece al de la mente del hombre, o mejor aún, el que mejor imita el funcionamiento de la mente en estado de sueño”.

Y habilita de esta manera una mirada totalmente distinta y abierta respecto a qué es la representación y cuál es el valor de la representación naturalista, por qué debería ser más valiosa que una representación surrealista.

También queda de manifiesto la defensa de que el cine debe liberarse de las ataduras de la tradición ya que tiene la capacidad de explorar cosas mucho más profundas, del orden de la percepción, la emoción y otros aspectos asociados al mundo del subconsciente.

El cine posmoderno

Más cerca en el tiempo tenemos nuevas películas que reconocen tanto la tradición como la ruptura. Y así como la reconocen también las exploran de forma mixta. La presencia simultánea o alternada de estas formas clásicas y modernas se corresponde a lo que conocemos como cine posmoderno.

Algo que puede ilustrar un punto del cine posmoderno es la emergencia de una enorme cantidad de antihéroes, la exploración de la figura narrativa del héroe de Joseph Campbell pero deformada en función de la oda a la imperfección: héroes opacos, contradictorios, de deseos impuros y lejos de los valores nobles.

“La sociedad postmoderna no tiene ni ídolos ni tabúes, ni imágenes gloriosas de sí misma, ni proyecto movilizador alguno. Está regida por el vacío, un vacío que no comporta ni tragedia ni apocalipsis. El encanto de estar desencantados” (De la Rosa Ruiz, 2000).

Las lecturas de cualquier periodo del cine siempre son acompañadas de un análisis de su relación con la sociedad del momento. Las formas responden a necesidades o inquietudes culturales que pueden ser identificadas de forma directa o a través de una mirada de los elementos subyacentes, combinados con otras ciencias sociales.

“A partir de 1970 se empieza a ver una disolución de estas vanguardias que surgieron en el arte moderno, caracterizadas por su denuncia al academicismo e inherentes a la política, el debate social y el compromiso. A su vez, nace un arte que no cree en el progreso, que siente el fracaso de lo moderno y se posiciona como su contrapunto, proponiendo volver al pasado y revisarlo, además de reinterpretar la realidad circundante. Con el arte posmoderno ya no se cree en los discursos duros sino en los grandes slogans, la masificación mediática y el espectáculo; se disuelven totalmente las ideas de ruptura y pureza que en un principio proponían para el arte las vanguardias modernas.”

El posmodernismo combina y articula para generar muchísimos sentidos, quizás algo sujeto al análisis de los tiempos que vendrán sean su relación con el trabajo sobre distintos géneros, como estas ideas de “terror elevado” o la revalorización del melodrama. Gestos que merecen más artículos que analicen las nuevas búsquedas contemporáneas.

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