La campana sonó, marcando el final de la jornada escolar, y como siempre, Sofía caminaba junto a Mateo hacia la salida. Eran mejores amigos desde que tenían memoria: ella, la chica tranquila que prefería leer en el jardín; él, el chico popular que todos admiraban.
Mateo era el capitán del equipo de fútbol, el centro de atención en cada reunión, el que tenía a medio colegio suspirando por él. Sofía, en cambio, era su confidente, la persona con la que él podía ser simplemente Mateo, sin necesidad de impresionar a nadie.
Pero algo había cambiado.
En los últimos días, cada vez que Sofía se reía de algo, Mateo se descubría mirándola más de la cuenta. Su sonrisa iluminaba su día de una forma diferente. Cuando otro chico se acercaba a ella, sentía un nudo en el estómago. Y cuando ella hablaba de lo emocionada que estaba por su cita con Luis, un compañero de su clase de literatura, Mateo no pudo evitar sentir celos.
—Espero que te diviertas —dijo él, forzando una sonrisa.
Sofía frunció el ceño, como si notara algo extraño en su tono, pero no dijo nada.
Esa noche, Mateo no pudo concentrarse en nada. Revisó su teléfono, esperando un mensaje de ella, sintiéndose estúpido por desear que la cita hubiera sido un desastre. Finalmente, cuando ella le escribió: "Fue lindo, pero creo que no hubo conexión", Mateo sintió un alivio irracional.
Al día siguiente, se encontraron en su lugar de siempre: las gradas del gimnasio, donde solían hablar de todo y de nada. Pero esta vez, Mateo tenía algo en mente.
—Sofi... ¿y si intentamos algo diferente? —dijo, mirándola a los ojos con más intensidad de la que ella estaba acostumbrada.
—¿Diferente cómo? —preguntó ella, ladeando la cabeza.
—Nosotros. ¿Y si intentamos ser algo más que amigos?
Hubo un silencio. Sofía sintió su corazón acelerarse. Nunca se había permitido pensar en Mateo de esa manera, pero ahora que lo hacía, todo tenía sentido: su cercanía, su complicidad, la forma en que siempre habían sido el refugio del otro.
—Creo que me encantaría —dijo finalmente, con una sonrisa.
Mateo soltó una risa nerviosa y, sin pensarlo demasiado, se inclinó para darle un beso suave, el primero de muchos.
Ellos siempre habían sido un equipo. Solo que ahora lo serían de una manera completamente diferente.
Los días pasaron y su relación floreció con naturalidad. No había presiones ni expectativas, solo ellos dos aprendiendo a descubrirse desde otra perspectiva. Cada mirada cómplice en los pasillos, cada nota escrita en sus cuadernos y cada momento compartido en su rincón especial del gimnasio hacía que todo pareciera más real.
Pronto, la noticia de su relación se esparció por la escuela. Algunos se sorprendieron, otros hicieron bromas, pero a ninguno de los dos le importaba. Para ellos, lo único que importaba era que, al final del día, seguían siendo los mismos de siempre, solo que ahora con un amor que había estado esperando el momento perfecto para nacer.
Una tarde, mientras caminaban tomados de la mano por el jardín, Sofía se detuvo y lo miró con una sonrisa traviesa.
—Así que, capitán del equipo de fútbol, ¿qué se siente haber sido vencido por una simple chica de biblioteca?
Mateo soltó una carcajada y la atrajo hacia él, abrazándola con fuerza.
—Se siente como la mejor victoria de mi vida.
(ella se pone nerviosa y se besan mientras que llovía)



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.