Motivado por la amenaza de un grupo rebelde ruso, un submarino nuclear estadounidense es puesto en máxima alerta; pocos días después de zarpar, la tripulación recibe una orden sobre el lanzamiento de sus bombas nucleares, pero esta llega incompleta por un corte abrupto en las comunicaciones. Pronto, el capitán Frank Ramsey (Gene Hackman) y el segundo al mando, Ron Hunter (Denzel Washington), se ven envueltos en una lucha para decidir entre disparar los misiles o esperar a que llegue a tiempo la orden completa.
Para 1995, año en que se estrenó Marea roja (Crimson Tide, Tony Scott), la Guerra Fría ya había culminado, la Unión Soviética estaba disuelta y el mundo volvía a respirar aliviado. Pero el recuerdo de las hostilidades silenciosas y la amenaza de un holocausto nuclear todavía estaba muy reciente en el imaginario colectivo. Por lo mismo, el cine ―sobre todo el hollywoodense― seguía mirando hacia este período, incluyendo la posguerra fría, en busca de nuevas historias (reales o no) para expandir la filmografía de géneros como el bélico o de espías, alimentar su maquinaria propagandística y atraer a los espectadores a las salas.
Un director que aprovechó esto fue el conocido Tony Scott, quien no se dedicó extensamente al cine bélico como tal, pero supo utilizar las tensiones entre los Estados Unidos y Rusia para dirigir las emocionantes Top Gun: Pasión y gloria (Top Gun, 1986) y Marea roja. Esta última no es tan popular como su antecesora, pero en retrospectiva merece más reconocimiento del que ha tenido, principalmente, porque está muy lograda en muchos sentidos; también, porque, en la actualidad, el mundo volvió a polarizarse ―si es que alguna vez dejó de estarlo― lo cual ha traído una nueva amenaza nuclear.
En la línea de otros filmes sobre submarinos bélicos, como la alemana El submarino (Das Boot, Wolfgang Petersen, 1981), Marea roja se desarrolla casi enteramente dentro de uno. En el plano formal, la película aprovecha con habilidad esta circunstancia, valiéndose de distintos recursos, para transmitir a los espectadores el estrés que aplasta a los personajes: la construcción claustrofóbica del espacio es perfecta para comprimir la tensión; los constantes primeros planos de los hombres sudorosos por el calor, la angustia y el miedo resultan angustiantes; la música de Hans Zimmer es apremiante; y la alternancia entre las tomas de unos marinos a punto de liberar el poder nuclear y otros intentando detenerlos, contribuye magistralmente a la tensión de la trama.

Con este inteligente uso del espacio, la fotografía y el montaje, queda implícita la idea de que la irritabilidad entre los personajes se debe tanto por el hecho de que están dentro de un navío con la capacidad para destruir un país, como por estar encerrados en un espacio que parece muy reducido para tantos hombres.
Por otro lado, en el plano narrativo, la película aprovecha al máximo los pormenores de la vida a bordo de estas máquinas con forma de torpedos, para detonar el drama y los conflictos de sus protagonistas. Parecida a Top Gun: Pasión y gloria, Marea roja trata sobre hombres del ejército midiéndose entre ellos mientras se preparan para dar sus vidas por los mismos compañeros con que se miden, unos ideales claros y su país. Pero a diferencia de la película protagonizada por Tom Cruise, contada más como una aventura, esta es narrada como una película propia del género de suspenso, elaborado acá de manera meticulosa y elevado a un nivel muy alto. El suspenso es tan relevante que, desde los primeros segundos, arranca con un espeluznante texto que señala que los tres hombres más poderosos del mundo son el presidente de los Estados Unidos, el presidente de Rusia y el capitán de un submarino nuclear estadounidense.
Sin embargo, Marea roja no solo es una película de suspenso a secas, sino una historia de suspenso acerca de una apuesta arriesgada. El conflicto principal (deben lanzarse o no los misiles nucleares contra Rusia) gira sobre la apuesta tácita entre Ramsey y Hunter, producto de un mensaje impreso justamente hasta la mitad: uno tiene el 50% de probabilidad a su favor; el otro, igual; si Ramsey está equivocado, entonces condena al mundo por un error de juicio; si Hunter también lo está, los condena a ellos, a su país e, igualmente, al mundo. Es decir, ambos pueden estar tan acertados, como errados; y si bien ninguno de ellos lo sabrá hasta el final, cuando se releve la otra mitad del mensaje, eso no evita que jueguen todas sus manos para ganar. Una ironía a todas luces, puesto que, mientras el mundo se encuentra al borde del colapso, los hombres se amotinan y luchan entre ellos.

Con esta idea en mente, no parece casual que la película haga énfasis desde el principio en las miradas prolongadas entre los dos protagonistas y sus intercambios filosóficos acerca de la guerra, las bombas nucleares y la democracia; los está probando y, a su vez, ellos se prueban uno al otro: Ramsey es un hombre de acción que no duda ante su objetivo; Hunter prefiere chequear dos veces la orden; Ramsey es más rígido; Hunter, un poco más flexible; Ramsey conoce las consecuencias de sus acciones; Hunter, igual. Al mismo tiempo, motivado por este duelo ideológico, de egos y poder, el público entra en un dilema interesante, ¿es mejor disparar primero y hacer preguntas después? ¿O esperar sabiendo que el tiempo es precioso y preciso? Nadie quiere que haya una guerra nuclear, ni siquiera en el cine, pero la posibilidad de que un grupo ultranacionalista y terrorista se adelante y la inicie es terrible.
Gracias a las actuaciones de Gene Hackman y Denzel Washington, la complejidad de estas interrogantes, el suspenso y la calidad general de la película se hacen más grandes. Ambos actores ―que gozan de un enorme magnetismo, inclusive― se enfrascan en un duelo actoral compenetrado, de altura y a la par de sus habilidades, por lo que resulta admirable observarlos mientras se analizan y discuten. Y parte de que sus discusiones sean tan interesantes, se debe indudablemente a la eficacia de los diálogos, y aquí entra un personaje insospechado: Quentin Tarantino.
Scott, quien ya había trabajado con Tarantino cuando dirigió su guion de Amor a quemarropa (True Romance, 1993), le pidió a este que reescribiera algunos diálogos y escenas del guion de Michael Schiffer. Aquel lo hizo y, fiel a su estilo, incluyó referencias a otras películas sobre submarinos, las franquicias de Marvel y Star Trek (que hacen más amable y confiable a Hunter) y la misma Amor a quemarropa (el submarino es llamado Alabama, como el personaje por Patricia Arquette). Pero donde más destaca la pluma de Tarantino, es en el duelo final entre Ramsey y Hunter.
En esta escena, en la cual los dos hombres están a minutos de conocer el resto del mensaje, a la par que se desarrolla un duelo mexicano, deciden hablar sobre los caballos lipizzanos, ¿qué tiene que ver esto con una guerra nuclear? Parece que nada. Sin embargo, Tarantino, maestro del diálogo en apariencia irrelevante, pero afilado como una katana, lo convierte en el elegante cierre del duelo: Ramsey le dice a su segundo al mando que los lipizzanos portugueses son los mejores del mundo y remarca que son blancos; Hunter contraataca con que nacen negros y, además, son españoles. Uno insinúa de manera socarrona que la inferioridad del otro es por su color; este, lo llama ignorante de forma soterrada. Y, al final de cuentas, más relevantes que los insultos velados, es el hecho de que este diálogo tarantinesco habla sobre el temple de ambos, debido a que reconocen a su oponente, pero se mantienen firmes. Así pues, la intervención de Tarantino devino en unos parlamentos tan característicos de su cine que, aún sin saberlo, se puede intuir que son suyos; y, más importante aún, ayudan a hacer más sugestivas varias de las escenas y a los dos personajes.
Cuando el mensaje llega completo, sabemos que se había abortado el lanzamiento de los misiles. Hunter tiene razón, pero Ramsey a su manera igual, porque se había guiado por una lógica innegable. Y con la renuncia de Ramsey para que Hunter ocupe su lugar, el antiguo capitán del Alabama reconoce que este mundo necesita más hombres no como él, sino como su sucesor, capaces de luchar por la democracia, pero también de practicarla. Y Hunter admite que, a pesar de todo, Ramsey es un capitán honorable e íntegro, porque actuó en función de su país, nunca por ambición personal. Así, Marea roja termina acentuando la necesidad de la comunicación incluso al borde del final del mundo o precisamente para evitarlo.




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