Cuando regresé a ella, mi segunda impresión no difirió de la primera experiencia. Retrato de una mujer en llamas es un espectáculo visual que posee la capacidad indudable de generar un espacio de intimidad con el espectador, debido a la cantidad de ideas y temáticas que condensa.
Para contextualizar. El filme nos transporta a la Francia de finales del siglo XVIII, donde a una pintora llamada Marianne (Noémie Merlant) se le encomienda la tarea de pintar el retrato de una joven aristócrata de nombre Héloïse (Adèle Haenel), antes de su boda por conveniencia con su prometido. Sin embargo, hay una peculiaridad: la joven que va ser retratada no disfruta de este proceso, por lo que Marianne deberá actuar en incógnito de cierta manera, como si fuera una dama de honor de día para pintar el retrato de Héloïse por la noche.
El desarrollo del filme se esconde detrás de una aparente sencillez, la tensión recae en la profunda mirada de la pintora y su minuciosa atención a los detalles de la gestualidad y el rostro de su desprevenida víctima, sin darse cuenta que ella también está siendo observada. Por estas razones, la tensión va creciendo progresivamente a medida que avanza la trama y, en particular, las miradas adquieren un valor más fuerte que cualquier diálogo. En lo que a las emociones respecta, Sciamma logra encapsular: amor, miedo, pasión, angustia –a través de esas miradas–, silencios y el espacio que rodea a las jóvenes.
Es tan evidente que la película está constituida bajo ese concepto de la mirada, con la premisa de retratar, en dos partes claramente diferentes, un romance. Pero lo llamativo de que si bien son indudables las diferencias, la realizadora logra hacerlas coexistir a modo casi de composición poética y contemplativa. La primera parte de la película representa una apología a la contención: Las dos mujeres entablan un contacto formal, no generaron la suficiente confianza, que conlleva las primeras pinturas, de carácter sobrio y carentes de emoción, (de hecho, Héloïse afirma que Marianne tardo mucho en hacerla sonreír). Como las intenciones reales de los personajes se desconoce, hay un enfoque más al ejercicio de la pintura junto con sus convenciones, reglas e ideas.
La segunda parte se transforma en una explosión de pasión e intimidad una vez cruzadas ciertas barreras, las jóvenes transitan una conexión, viven el momento y la incertidumbre de sus sentimientos. Todo esto apoyado en la relación armónica de los movimientos de cámara , puesta en escena y las representaciones estáticas de la pintura.

Precisamente, se encuentran en una isla de la costa Bretaña. Un paraíso cautivante de playas y rocas preciosas que al comienzo del filme se nos presenta dentro del mar con su intenso oleaje que perdura durante toda la estancia. Marianne arriba a la isla en un bote y la intensidad de la marea logra tirar los lienzos de la artista al agua, ella acciona tirándose por la borda a recogerlos, anticipando lo que el desafío de este viaje significará para ella.
En su primer paseo juntas, la directora diagrama una forma muy sutil y hermosa de presentarnos a Héloïse y a todo el lugar sin la necesidad de música extradiegética, simplemente recibimos todo el sonido de la naturaleza. Marianne es quien persigue por detrás a la encapuchada Héloïse, pasando por el bosque inundado de hojas caídas por el proceso otoñal, hasta que cerca de los acantilados empiezan a correr hasta el borde de un precipicio donde finalmente las protagonistas se presentan; haciendo una clara referencia al mito de Orfeo y Eurídice (leitmotiv recurrente en el filme).
La fotografía en esta película logra desprender mucha poesía en cada fotograma generando una esencia unificada; desde contar sobre una pintura y cómo capturar el alma de una mujer en un cuadro hasta alcanzar que la misma película en diferentes momentos ofrezca escenas que parezcan una obra de arte, valiéndose de una composición muy prolija y virtuosa.


A la hora de analizar cada espacio y lugar que se transita en la historia –más aún tratándose de una película referida al arte que cuenta con un paisajismo pictórico alucinante–, cabe destacar que el estilo predominante es el Neoclasicismo, severo y de dibujo impecable en sintonía con la importancia de la razón y la moral de la época, inspirado por temas griegos y sus descubrimientos arqueológicos. Este estilo se ve impreso en el filme, tanto en los retratos realizados por Marianne como en las posturas clásicas empleadas, el tratamiento en pantalla, los bodegones y la infraestructura de la mansión. Aparece otro estilo artístico como fuente de inspiración que a su vez está relacionado con la evolución de nuestros personajes: el Romanticismo, sostenido en la idea de que el arte no solo sigue a la razón, sino que también expresa la sensibilidad del artista. De este modo, el paisaje cobra gran importancia en esa transición artística, ya que ahora poseen un nuevo carácter. A lo largo de la trama se logra entender cómo la naturaleza es una metáfora del mundo interior de los personajes, igual que para los artistas románticos. El paisaje marino, el mar, quizás relacionado a Héloïse, se presenta intenso e iracundo, reflejando sus emociones internas. Otra interpretación que puede hacerse es entender al mar como el destino que no puede eludirse –su futuro matrimonio–, ya que se nos revela que su hermana decidió tirarse mortalmente al mar para no enfrentar sus nupcias, lo mismo si nos retrotraemos a la escena de los lienzos caídos al agua.
Por otro lado, las proporciones que emplea la directora para abordar cada paisaje de la isla rememora al estilo romántico. Cada momento que la jóvenes exploran o contemplan las playas y sus vistas podemos ver la referencia a la pintura paisajista romántica, esto deja al personaje relativamente pequeño en comparación a los paisajes o enfrentados ante la inmensidad de los mismos, representando al ser humano ante el destino y sus pasiones.
En síntesis, Retrato de una mujer en llamas es una hermosa aventura de amor y arte que se construye pacientemente, un recorrido depurado por la sexualidad femenina, explorada de forma inédita y elegante. En lo personal, la considero una película que es una experiencia emocionante que ejemplifica lo efímero del amor.




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