Un poco de contexto muy muy muy urgente
Anatomía de una caída ganó la Palma de Oro en el último Cannes, otorgada por un jurado armado todos los años ad-hoc, como en cualquier festival. Es así que la decisión de entregarle un galardón a una película se reduce a un puñado de gustos reunidos en un cuarto. No son los gustos de advenedizos, eso está claro, pero hay un atravesamiento sobre el sentir y pensar las películas potables de hacerse, más aún si el presidente del jurado es alguien como Ruben Östlund, director de dos películas ganadoras del mismo premio en el festival.
Cannes tiene una agenda marcada por la geografía; las películas de Sudamérica -según ellos- deben mostrar la miseria y la marginalidad, si hay poesía mejor y si prevalece la contemplación por sobre la narración, excelente. Una de las pocas excepciones fue la elección para participar en la competencia oficial de Relatos salvajes (2014) de Damián Szifrón, una película de género extremadamente particular por su formato episódico y, sin dejar de particularizar sobre la miseria, un alegato sobre la violencia social descarnada. Nunca un festival de ese prestigio elegiría El fondo del mar (2003), por ejemplo.
El cine argentino de principios de este siglo gustaba por Europa y poco tiempo después ese prisma puesto sobre nuestra soja cinematográfica, que era la marginalidad, se deslizó hacía películas más poéticas o urgentes. El eurocentrismo de Cannes también tiene sucursales en las academias: el Oscar, el BAFTA y hasta el Goya. Las tres nominaron a la película de “problemas de pareja: edición juicio por asesinato”. Es cierto que en las academias se comparten miembros y es por ello que los votos van para las mismas películas. En paralelo la construcción de una lectura tiene en sus cimientos la influencia de una selección en un festival, a partir de allí se comienza a tejer un murmullo del cual todos queremos saber. Jamás se dirá que en Sudamérica no sabemos filmar ni contar historias, no obstante, la lista de películas ganadoras de Cannes nos presenta que solo Brasil se llevó la Palma de Oro, y fue en 1962 con El pagador de promesas (O Pagador de Promessas). No puede ser una mera casualidad que siempre justo el jurado de cualquier año se inclinó por la europea, la estadounidense o la japonesa. En el caso de Argentina, si hiciéramos un juicio histórico a Cannes, tendríamos un serio problema para recolectar pruebas porque carecemos de cinemateca o de un ente capaz de preservar el patrimonio audiovisual. Mismo aquí existen -hoy más que nunca- agoreros de un cine argentino que es malo en términos generales. Es muy difícil construir una historia del acervo cinematográfico de 1950 para atrás basado en las reconstrucciones de críticas y comentarios de la época, sin la tener la chance de contar con una copia para poner en la mesa y defenderla. Más allá de esta digresión local, la unidireccionalidad europea es tangible.

Si nos metemos en la dimensión de lo contrafáctico, Anatomía de una caída podría considerarse como una película de un fondo de catalogo si sus protagonistas fueran del hemisferio sur con problemas propios y verdaderos de una cultura. Es un tanto risueño la mención de los problemas económicos de una pareja conformada por un francés clase media y una escritora exitosa alemana, que aparecen planteados en una forma apocalíptica. Y no sería para nada descabellado pensar que sí, cuando el horizonte de conocimientos es limitado (las películas proveen eso, entre otras manifestaciones artísticas) es completamente natural que una pequeña deuda de un crédito para unos profesionales sea vista como el fin del mundo.
También podría pensarse en la dependencia de países emergentes como Argentina, arraigada en mirar siempre para el norte con los ojos de una hambruna y fácilmente moldeable a los pedidos festivaleros del prestigio. Para muchos, incluyendo a ciertos críticos, Thierry Frémaux es la persona más influyente del cine mundial. El director de Cannes siempre propone que las cinematografías locales deben velar por contar historias particulares y personales de sus culturas, claro a su festival siempre le van a interesar las que se acoplen a su propia mirada de cómo debe ser ese cine nacional. Muchas leyendas circulan sobre Frémaux acerca de pedidos para reducir el metraje de una película, o peor aún, volver a montarla si quiere participar de la futura programación.
No hay dudas de la influencia de Cannes en el cine mundial, la Academia de Hollywood quedó extasiada con Anatomía de una caída y la llovió de nominaciones, incluyendo a la directora Triet. Quizá no sea necesario pensar qué es lo que se considera para nominar a un director u otro o, mejor dicho, cuáles son los parámetros para pensar qué es la “mejor dirección”. La dirección de Los asesinos de la luna (Killers of the Flower Moon, 2023) no contempla las mismas decisiones posibles en comparación con Anatomía de una caída, sin hacerla mejor o peor a una u otra película. Solo con considerar sus escalas es suficiente para pensar que la competencia entre ellas es un concepto vacuo. Por supuesto, los Oscar están pensados para el entretenimiento y no para un análisis profundo.

Ningún favor se le hace a Anatomía de una caída con la sobrevaloración de sus méritos, ponderarla en un pedestal de premios, prestigio y festivales solo la pone en una cinta directo al ostracismo propuesto por los mismos canales de influencia. Es casi contradictorio porque podría esbozarse que una Palma de Oro y una posible recolección de premios Oscar la convertirían en obra canónica. Lejos de eso quedaron ciertas películas que atravesaron el mismo caminito. ¿Quién se acuerda de Elefante (Elephant, 2003) de Gus Van Sant? ¿Quién de Farenheit 9/11 (2004) ¿Y de Sin novedad en el frente (Im Westen nichts Neues, 2022)? Ni hablemos de cosas como Gente como uno (Ordinary People, 1980) o Shakespeare apasionado (Shakespeare in Love, 1998). Esta película con apenas un año y pico de añejamiento tiene la fortaleza sellada del entretenimiento, en la dimensión narrativa la frescura de la premisa todavía repele a tomar distancia del costado enunciativo, quizá su arista más débil, sobre la que puede ponerse el tinte de la duda acerca de si existe una serie de procedimientos para dejar suspendida cualquier tipo de sospecha. Es decir, la inteligencia de lo indefinible por encima de un relato, de lo cual podría desprenderse una animosidad en forzar a una película que se transforme en un tema de conversación. Todos hablan de esta películas, todos tienen una posición tomada, como si se tratara de una opinión y el conjunto de opiniones en una encuesta: “¿Lo asesinó la esposa o se mató accidentalmente? ¿Qué dice la gente?”
Una conclusión apresurada podría llevarnos a la idea de que Anatomía de una caída no será una película a la que se recurrirá con frecuencia para revisión o como opción inédita para aquellos que no la vieron. En el caso de los primeros podría presentarse como un objeto para limitarlo a un entretenimiento, a descubrir ciertos elementos del procedimiento narrativo y retórico, pero no a mirarla por la obligación de ser alguien quien necesita completar la lista de las nominadas al Oscar antes de la ceremonia de premios, lo cual aporta una resolana ante un panorama de crisis con respecto al papel de los espectadores ante las experiencias cinematográficas. Cierto es que las películas prevalecen y perduran por el contexto, el marco histórico y por muchos atributos excedentes a la urgencia de unos premios o la de un señor diplomado en historia del cine. El cine siempre se filma y se piensa para el futuro.




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