Maira siempre había creído que el destino era un hilo delgado, que se tejía con cada decisión, con cada latido. No imaginó que una tarde cualquiera, en una reunión de amigos en Bariloche, su vida cambiaría con una simple conversación.
—No puede ser que nunca hayas probado un buen Malbec mendocino —dijo Esteban, con su copa en alto, dedicándole una sonrisa ladina.
Ella rió.
—Prefiero el Pinot Noir, más suave, más… acogedor.
—Entonces no conocés lo que un buen Malbec puede hacer en una noche fría —contestó él, con ese acento cuyano que a Maira le resultó fascinante.
Desde aquella charla junto a la chimenea del refugio, algo se encendió entre ellos. La conexión fue inmediata, como si sus almas ya se hubieran encontrado en otra vida. Él, un ingeniero en sistemas de Las Heras, con la vida meticulosamente planificada, y ella, fotógrafa de paisajes, aventurera, con raíces profundas en la tierra de Zapala. Dos mundos distintos, pero con un latido en común.
Las semanas siguientes estuvieron llenas de mensajes, llamadas interminables y viajes furtivos. Esteban tomaba vuelos inesperados los viernes por la noche para perderse en el viento patagónico junto a Maira. Y ella, con su cámara al hombro, descubría la calidez de los viñedos mendocinos bajo la mirada de Esteban.
—Esto no es sostenible —murmuró ella una noche, con los pies sumergidos en el lago Correntoso—. Te veo y te extraño al mismo tiempo. Es como querer atrapar agua con las manos.
Esteban suspiró.
—Nunca pensé que amar te hiciera sentir tan dividido. Porque te quiero, Maira. Pero mi vida está en Mendoza y la tuya aquí.
El silencio se extendió entre ellos, tan vasto como la cordillera que los separaba. Pero el amor no entiende de distancias, y por más que intentaran ser racionales, sus corazones latían con la urgencia de encontrarse.
Una última mirada, un último beso con sabor a promesa. No había despedidas definitivas, solo la certeza de que el destino seguiría tejiendo su historia.
¿Quién daría el primer paso? ¿Quién cambiaría su ruta para encontrarse en un mismo punto del mapa? Eso, ni siquiera ellos lo sabían. Solo sabían que, de una forma u otra, esto no era un final. Era apenas el comienzo.
Esa noche, mientras Maira regresaba a su cabaña, una punzada de temor se instaló en su pecho. ¿Y si lo que tenían no era suficiente para desafiar el tiempo y la distancia? ¿Y si al final del camino solo quedaban recuerdos de lo que pudo ser?
Esteban, por su parte, no podía sacarse de la cabeza el miedo a perder lo que apenas comenzaba. Siempre había sido un hombre práctico, calculador, pero Maira era lo contrario: espontánea, intensa, impredecible. ¿Cómo podía alguien tan distinto a él hacerle sentir que todo en su vida, hasta ese momento, había sido un borrador sin terminar?
El miedo y el amor luchaban dentro de ellos. Tal vez no era la distancia lo que realmente los separaba, sino el temor a apostar todo por algo incierto. Pero algunas historias están destinadas a escribirse, incluso si las primeras páginas están llenas de dudas.




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