¿Quién es el más grande perdedor, aquel que falla rotundamente en obtener la victoria que tanto busca, o aquel que obtiene exitosamente la derrota que tanto desea?
La vida de Llewyn Davis parece ser la peor mala racha que pudiera desear un artista, desde no ser reconocido por su talento, a ver cómo otros “colegas” aparentemente inferiores se llevan los aplausos, los contratos y las regalías. A través de un invierno incómodo, este músico de Folk recorre un viaje pavimentado en hielo, con pasajeros interesantes pero poco interesados en él. Lidiando además, con romances fracasados, lazos familiares putrefactos y el dolor de una amistad perdida cuya ausencia se escucha claramente en el vacío de su canción.
Ah, y también le revientan la madre y se le pierde un gato.
Todo lo que cualquier persona sensata quisiera evitar es precisamente lo que Llewyn carga dentro de sí, pero ¿es esto una mala jugada de Dios o son esta serie de eventos el reflejo de un artista que continúa mirando el mundo con un lente cargado de pesimismo?
Se podría decir que uno canta aquello que vive, pero igual de válido es argumentar que uno vive aquello que canta. ¿De verdad Llewyn Davis sufre por todo aquello que le pasa, o simplemente está cosechando los frutos de su actitud? O, por ponerlo en otras palabras, ¿Qué vino primero, la mala racha o la mala cara?
A la vida le gusta darnos oportunidades de crecimiento en los rincones que menos esperamos. Ya sea una colaboración artística inesperada o una cena en un hogar cálido, Llewyn tiene ante él un espacio reducido pero cercano para redimirse y sanar. Pero el ego le impide ver esas rutas alternas que lo llevarían a una vida más significante y plena.
A no ser que ese destino no sea realmente lo que esté buscando. quizás porque en el fondo ya encontró consuelo en su propio fracaso.
A veces preferimos identificarnos con la derrota, encontramos confort en ser una víctima y construimos una muralla de ideas y canciones a nuestro al rededor que, aunque no nos permiten evolucionar, refuerzan nuestra visión del mundo, dándonos cierta seguridad y estructura, formando nuestra personalidad y, por ende, el camino que la vida nos presenta. El camino del artista es diferente para cada uno, y hay algunos que simplemente les gustan los acordes melancólicos.
La mayor ironía de todo esto es que Llewyn es sorprendentemente muy talentoso. Desde las primeras notas de la película hasta su última canción, su voz atrapa a la audiencia dentro y fuera de la pantalla. Las canciones se escuchan completas y el silencio que rodea su presentación se hace evidente, pero no es un silencio de incomodidad, sino un silencio de atención. Todos lo están escuchando, pero quizás él no se está observando.
Para mí, Inside Llewyn Davis nos muestra una historia cíclica donde la perspectiva de un artista moldea su realidad, y esa misma realidad crea el contexto perfecto para alimentar su arte. Es una tragedia porque nadie quisiera caminar con unos zapatados mojados en el invierno Neoyorquino. Sin embargo detrás de la tragedia también se encuentra una brillante muestra de cómo nosotros somos co-creadores de nuestra vida. Llewyn Davis es el más grande perdedor no porque pierda la oportunidad de una vida más exitosa, sino porque tenía todas las posibilidades de ganar.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.