“Ríndanse. Solo renuncien. Porque en esta vida no pueden ganar. Sí, pueden intentarlo, pero al final solo van a perder. Porque el mundo está regido por el Jefe. ¿El Jefe? ¿No saben quién es? Está en todas partes: en la Casa Blanca, en el pasillo [...]. Y el Jefe arruinó la capa de ozono, está quemando el Amazonas, secuestró a Shamu y la puso en un tanque con cloro. Había una forma de detenerlo. Se llamaba Rock and Roll.”
En la esquina de un aparta-estudio modesto nos encontramos con el estuche de una guitarra cubierto de ropa sucia. El instrumento no se ha tocado en años y, con el tiempo, se ha convertido en un mueble más de la habitación de Zack. Nos encontramos en un cuarto atiborrado de libros y bloques de papel por todas partes; algunas son obras clásicas, otros son borradores de novelas completas tiradas en el olvido. Frente a una pared cubierta de post-its con ideas para nuevos personajes e historias, se encuentra un escritorio metálico y una silla de rodachines, ambos muebles han visto días mejores y están acabados por el uso continuo. Pilas de vasos de papel que apestan a café viejo se amontonan a su alrededor. Zack, de ahora unos treinta y dos años, duerme sobre el teclado de su computador tras intentar cumplir los estándares del editor acerca de su último artículo. Ha pasado toda la noche intentando satisfacer al periódico con una columna que cumpla los estándares que le han encomendado ya cientos de veces. Le ha sacado canas verdes, aunque bien sabe que nunca será suficiente y su número de lectores oscila en las docenas. Entonces, una carta se desliza por debajo de la puerta, marcada bajo el nombre de uno de sus viejos maestros, el más querido de toda la preparatoria Horace Green, quien, aunque solo estuvo allí por unas pocas semanas, marcó el rumbo de su vida, para bien o para mal.
Muchas calles más allá, en un apartamento supremamente elegante y muy bien amueblado, Katie camina hasta la puerta de entrada donde el cartero ha dejado el correo. Levanta el montoncillo de sobres y empieza a revisar uno por uno. Hay una cuenta por pagar del nuevo sillón de edición limitada que compró el mes pasado; hubiera podido pagarlo de contado, no es como que le falte el dinero. Otro de los sobres es una carta del sujeto con el que ha estado saliendo los últimos meses; no es precisamente emocionante, pero un ejecutivo de su talante es lo que una debería buscar en una pareja estable, ¿Verdad? El siguiente es una oferta de trabajo para que toque en la Filarmónica de Boston dentro de unos meses. Puede que la acepte, aunque igual no es como que le haga falta, todo el mundo quiere tener en su equipo a una de las mejores chelistas de la década. Sin embargo, el último sobre es el que más le llama la atención. Si bien bastante sucio y arrugado, tiene en la esquina el logo de la primera banda a la que perteneció, aunque como bajista. Bajo el escudo de la banda se puede leer: “Escuela de Rock”.
Una motocicleta ruge a medida que avanza a toda velocidad en medio del desierto. “2112” de Rush suena a todo volumen desde un estéreo pobremente amarrado al asiento del vehículo. Freddie “El Loco” Jones aúlla alegremente con la misma fuerza de la batería de Neil Peart mientras conduce de regreso a su ciudad natal. El asiento lateral de su motocicleta contiene la destartalada batería que pudo pagar con su primer toque y los platillos suenan levemente con las vibraciones que produce cada bache de la carretera. En el bolsillo interior de su chaqueta de cuero, al lado de sus baquetas de la buena suerte, se encuentra la carta del maestro Dewey Finn. Tuvo que leerla al menos tres veces antes de convencerse de que no estaba soñando y, en cuanto terminó su lata de cerveza, salió disparado de la casa rodante para tocar una vez más con la banda que vio nacer su salvaje carrera como baterista errante.
Lawrence se apresura a empacar su teclado junto a las otras dos maletas que ya ha preparado para el viaje. Sus hijos se ríen tímidamente en el umbral de la puerta de su cuarto mientras ven a su padre sonreír de oreja a oreja. Su esposa, por otro lado, le pregunta preocupada acerca de la charla de astrofísica que se supone que daría al final de la semana en la universidad. El responde que se encargará de llamar para cancelarla antes de tomar su vuelo.
—Siempre habrá un agujero negro sobre el que discutir, pero esta es una oportunidad única cariño —le dice Lawrence mientras termina de cerrar la cremallera del estuche con el preciado instrumento.
Su respuesta no termina de calmarla, pero la emoción en el rostro de su esposo es demasiado grande como para detenerlo. Luego de que el taxi se pierde en la distancia en dirección al aeropuerto, los niños no paran de preguntarle a su madre sobre la razón que hizo a papá salir disparado del hogar. No es extraño que su padre tenga que ir a muchas reuniones, pero nunca lo habían visto salir a una de ellas con su teclado bajo el brazo.
La juez Summer baja de su automóvil frente al auditorio que la vitoreó a ella y a sus amigos hace tantos años al final de la batalla de las bandas. Se queda parada al frente de la entrada, perdida en sus recuerdos, cuando una poderosa voz conocida la saca de sus pensamientos con un saludo. Tomika no ha cambiado mucho con el paso de los años y la saluda con la misma sonrisa que conoce desde que eran solo unas niñas. Ambas se abrazan bajo el letrero de neón del auditorio y, luego de unos cuantos cumplidos, se adentran en el lugar con olor a madera vieja y pósters de bandas conocidas pegados por doquier. Dos voces que Tomika conoce bastante bien cantan desde el escenario y corre emocionada para saludar a Alicia y Martha con un fuerte abrazo. Summer sonríe a medida que avanza por el auditorio, sus tacones pasando por encima de chicles masticados y cerveza derramada. Una guitarra eléctrica deja escapar algunos acordes tras la cortina del escenario mientras una voz familiar habla con el técnico del auditorio sobre lo perfecto que debe estar todo para cuando lleguen los demás integrantes de la banda. Gordon la saluda con una sonrisa cuando sale detrás de la cortina para hacer los ajustes necesarios.
—Dewey estará encantado cuando sepa que estás aquí —le dice de camino a su cabina de sonido. Prácticamente vive en el auditorio desde que preparó el espectáculo para la batalla de las bandas, el lugar no sería lo mismo sin él.
Summer atraviesa la cortina del escenario para encontrarse con la silueta de su antiguo maestro substituto, tocando el riff de “Iron Man” de Black Sabbath. Una tupida barba canosa le cubre la mitad del rostro, pero Dewey mantiene la misma apariencia rockera de toda la vida. En cuanto se da cuenta de que tiene compañía, la mirada del maestro se ilumina y deja el instrumento a un lado para darle a Summer un abrazo de oso. En cuanto se separan, Summer saca del bolsillo de su blazer la carta que recibió en el correo.
—¿Estás seguro de que todos vendrán? —le pregunta ella con una sonrisa algo preocupada.
—Por supuesto que sí, niña maravilla. ¿No te acuerdas? Somos la Escuela de Rock, y enseñaremos rock and roll al mundo.

Q.E.P.D Kevin Clark…



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