Cuando Shrek parodia las princesas de Disney, va por el podio más conocido: Cenicienta, Rapunzel, la Bella Durmiente y Blancanieves. Cuando Ralph, el demoledor retoma la propuesta, amplía el catálogo: incorpora a Mulan, a Pocahontas, a Ariel, a Jasmin. No se olvida, tampoco, de las princesas más modernas: ahí las tenemos a Ana, a Elsa, a Mérida, a Tiana. Pero, si nos enfocamos en los clásicos del cine animado de Disney, algunas mujeres brillan por su ausencia, que además es una ausencia recurrente. ¿Qué pasa con princesas como Esmeralda, de El jorobado de Notre Dame, o Meg, de Hércules?
Se entiende. Si Disney va a parodiarse a sí mismo en Ralph, el demoledor, va a hacerlo con las princesas que le queden cómodas. Y Esmeralda no es una princesa que le quede cómoda. ¿Qué hacemos con una princesa que de título nobiliario no tiene nada? Pero Mulan tampoco tiene un título nobiliario, aunque después lo gane a través de sus méritos militares, y está en la cúpula de princesas.
¿Qué hacemos con una princesa que es (y canta un llamado de atención) a los outcasts, a los marginales, a los que no viven con grandes lujos? Pero Tiana, de La princesa y el sapo, también es una princesa que nace en una familia con dificultades y que no puede acceder a lo que su amiga rica sí.
¿Qué hacemos con una princesa que desafía a las figuras de autoridad? Pero Ariel, Mérida, Bella y tantas otras también cumplen esa casilla.
¿Qué hacemos con una princesa sensual? Ah, ahí tenemos un problema. Disney venía trabajando con una evolución de la princesa maternal, pasiva (Blancanieves, la Bella Durmiente) a mujeres que se movieran un poco más por su cuenta, que no tuvieran que esperar al príncipe. Pero una cosa es Ariel, que mantiene una actitud aniñada y poéticamente sin voz, o Jasmin, que se saca el vestido tradicional pero que mantiene la trayectoria del resto de las princesas; y otra cosa es una mujer que atraiga la atención de no solo de un príncipe azul, sino de tres hombres a la vez. Y todo estaría bien si los tres hombres fueran Febo, el caballero del sol, pero ¿Qué hacemos con una princesa que enamora y lleva a un dilema moral, también, al malo de la película? Ya había estudios que relacionaban a las mujeres con las metáforas relacionadas al fuego, ¿pero que la canción del malo sea un tormento ígneo generado por una mujer? ¿Que Frollo le haga elegir entre él y el fuego de la pira (y, por lo tanto, el fuego eterno)? Algo sin precedentes para Disney. Y algo sin continuación. Porque, después del estreno, surge la controversia: la voz de Esmeralda me suena, ¿no es la voz de Demi Moore, que acaba de sacar Striptease, película en la que actúa de una bailarina exótica? ¿Cómo clasificamos a esta heroína gitana? ¿No se está metiendo mucho con instituciones como la Iglesia? Y Disney piensa: quizás sí, quizás deberíamos haberle hecho caso a las sugerencias y cortado “Hellfire” o haberle puesto ropa más definida a la imagen de Esmeralda que se dibuja en la chimenea, porque parece desnuda. Quizás sí, que Frollo invoque a “Beata Maria” para oponerse a la tentación del pañuelo es demasiado polémico para una película de Disney. Pero también nos deja a uno de los antagonistas más complejos y a una de las mejores canciones de villanos de la historia de la productora.
Y Disney lo vuelve a intentar con Meg, de Hércules, al año siguiente (otra que se anima a usar su cuerpo como estrategia, otra que salva al héroe de la muerte, pero otra que queda deslucida y relegada a la pareja del protagonista al final). Pero después de esos acercamientos, las princesas vuelven a ser nobles, osadas, valientes, empáticas, desafiantes. Pero no sensuales.
Y así Disney conforma su canon: de su lista oficial de princesas, sacan a Esmeralda en 2005. Mientras que algunos piensan que es porque no es protagonista y no es noble ni se casa con alguien de la nobleza, otros señalan al mercado: no vendió lo suficiente.
Esmeralda quiso ser una revolución en la forma en la que podemos ver a las princesas de Disney: astuta, frontal, vocera de los marginales, empática, alguien que logra ser maternal y sensual al mismo tiempo, alguien que puede ser interrumpida por Quasimodo mientras se cambia sin perder su calidez. Pero también versátil, escurridiza: el mismo escenario le sirve para robar una lanza para bailar y para levantar su puño y su puñal para convocar justicia frente a Frollo. Juega con las convenciones: la damisela en peligro que llora para esfumarse en el aire con su truco de gitana, salva al príncipe de su muerte. Y también así impacta y deja ecos en todos lados: en la campana de Notre Dame, en la canción dentro de la Iglesia, en la ciudad miniatura de Quasimodo, en el pañuelo de Frollo. La película no lleva su nombre y, sin embargo, es el foco de atención. ¿Era una princesa que se necesitaba, pero que llegó demasiado temprano? Quizás el carnavalesco Topsy-Turvy y su leading lady quisieron sacudir las clases sociales por más de los minutos de los que dura la escena de la fiesta y fue mucho. Y dejan a Esmeralda así, sin precedentes ni línea de continuadoras. Pero ¿quién le quita ser la única princesa de Disney que enamoró a tres hombres en menos de dos horas de película?




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