Al hablar de mujeres en el cine , es imposible no pensar en Lucrecia Martel, una de las voces más audaces del cine contemporaneo. Su obra es un espejo de nuestra identidad, de nuestras costumbres, de ese lenguaje propio que nos define. A través de sus películas, Martel nos desafía a experimentar el cine con todos los sentidos, a sumergirnos en atmósferas que no necesitan de explicaciones obvias ni estructuras convencionales, sino fragmentos de vida, sonidos que dicen más que las palabras. Su cine esta construido con sonidos, miradas y silencios cargados de significados.
Recuerdo aquella escena de La Ciénaga, los niños hablan al viento de un ventilador. Sus voces vibran distorsionadas, una imagen que me transporta a mi propia infancia, de siestas eternas en las que el calor y el aburrimiento nos empujaban a jugar con la imaginación, haciendo el menor ruido posible para no romper la quietud de la casa. En su cine, los sentidos trabajan por separado. Escuchamos el crujido de la madera antes de ver la puerta abrirse. Oímos pasos sobre la tierra seca sin saber a quién pertenecen. Vemos cuerpos a medio encuadre, fragmentados, como recuerdos borrosos que intentamos reconstruir. Martel tiene esa capacidad única de conectar con lo más profundo de nuestros recuerdos, de transportarnos a momentos que no sabíamos que todavía estaban ahí.
Su cine no nos lleva de la mano, nos obliga a descubrirlo desde adentro. En Zama, sentimos la espera como un castigo eterno, la desesperanza se filtra en cada plano, en cada gesto de Diego de Zama, atrapado en una rutina que lo desgasta. La película nos hace experimentar el paso del tiempo de una forma casi física. En La Ciénaga, esa piscina sucia es mucho más que un espacio: es el reflejo de la decadencia, del estancamiento de una clase media venida a menos, de un mundo que se cae a pedazos sin que nadie haga nada por evitarlo. Martel no necesita subrayar nada, todo está ahí, en los detalles, en los silencios, en los cuerpos a medio encuadre.
En mi opinión, Su cine comparte afinidades con Tarkovsky en su narrativa pausada, con Lynch en su obsesión por el sonido. Sin embargo, Martel es única. Su cine está más cerca del cine europeo en su manera de desafiar al espectador, de exigirle que participe en la construcción del significado. No hay subrayados ni explicaciones innecesarias. Todo está ahí, en un gesto, en un ruido, en una conversación que escuchamos pero no vemos.
Hacer cine como ella lo hace no es fácil. Ha luchado contra dificultades de financiamiento, contra la mirada comercial de la industria, contra la tendencia de encasillar a las cineastas bajo la etiqueta de “cine de mujeres”. Pero Martel no acepta encasillamientos. “No quiero estar en un movimiento ideológico de estar a favor ‘de la mujer’, sino compartir la particularidad que es un ser humano”, dice. Y su cine es precisamente eso: un espacio donde cada personaje, sin importar su género, es un universo en sí mismo.
El cine siempre ha sido un refugio para mí, un lugar donde todo puede pasar y nada necesita ser explicado del todo. Y el cine de Lucrecia Martel me transmite una paz extraña, esa que nace de lo cotidiano, de lo familiar, pero que al mismo tiempo incomoda y sacude.
Su cine no es de los que se ven sin esfuerzo, no es una experiencia cómoda. Pero es auténtico, profundo y lleno de significado. Para quienes buscan algo más que una historia con principio y final, para quienes quieren habitar el cine y no solo mirarlo, Martel es imprescindible. Su cine es arte en su estado más puro.




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