Crítica en retrospectiva: Persépolis (Persepolis, Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007) Spoilers

En Persépolis (Persepolis, 2007) la escritora y directora iraní Marjane “Marji” Satrapi, quien la codirigió junto a Vincent Paronnaud, cuenta sus vivencias desde que era una niña hasta su adultez en el Irán dominado primero por el Sha y luego por los fundamentalistas islámicos, incluyendo su tiempo como inmigrante en Austria.

Basado en el célebre cómic homónimo y autobiográfico escrito e ilustrado por Satrapi, Persépolis se mantiene como uno de los largometrajes animados más relevantes del siglo XXI. Es un verdadero logro que ambos, cómic y película, hayan logrado un reconocimiento unánime porque la protagonista es una mujer iraní que nada tiene que ver con superhéroes; la historia es un drama existencialista adulto y duro; y las viñetas en un caso y los fotogramas en el otro son mayormente en blanco y negro, diferente a las explosiones coloridas que caracterizan a los dos formatos.

Si bien la historia de Satrapi no ha perdido vigencia desde que se publicó el libro en 2000 y se estrenó su adaptación cinematográfica siete años después, en la actualidad ha adquirido nuevas lecturas y recobrado mucha fuerza y pertinencia. ¿A qué se debe esto? No solo a la subsistencia del régimen fundamentalista de Irán, sino a la cada vez mayor crueldad que este ejerce contra los opositores y, particularmente, las mujeres de cualquier edad. En años recientes, el caso que más ha simbolizado esta brutalidad es el de Mahsa Amini, joven de 22 años que fue arrestada y golpeada por la policía de la moral por no llevar puesto “correctamente” el hiyab; unos días después, Amini murió por las heridas y su muerte no tuvo justicia, tampoco las de los manifestantes asesinados por protestar por su memoria.

A pesar de que la historia de Satrapi no es igual a la de Amini ni a las de otras tantas mujeres, a su manera las representa a todas: en esencia retrata el desprecio del régimen iraní hacia ellas y el control que ejerce sobre la forma en que visten, caminan, se relacionan, piensan, sienten, en fin, hacia su derecho a la libertad y la vida. Por lo mismo, no es casualidad que el cine de Francia se haya interesado en producir la película, puesto que la mentalidad de este país contrasta con la de Irán, en parte porque sus mujeres gozan de absoluta libertad; en parte, también, porque Satrapi se residenció ahí. Así pues, que la adaptación inicie y culmine con la protagonista de adulta, en 1994, en la tierra de Brigitte Bardot, Simone de Beauvoir y Coco Chanel; o que las únicas escenas a color sean aquellas que se desarrollan en Francia, puede interpretarse como una suerte de homenaje de los directores al país galo que no está en el cómic, así como una forma de acentuar la oposición entre un sistema y su opuesto.

Este paso del color al blanco y negro, de Francia a Irán, es uno de los cambios afortunados que la película hace en relación con el libro; otros, son los recortes de ciertas partes narradas en el cómic sobre todo acerca del crecimiento de Marji (Chiara Mastroianni), para condensar y agilizar la narración, mas no por censura o autocensura; e incluso el uso constante de saltos temporales del presente al pasado para narrar la historia.

De esta forma, Persépolis nos conduce hasta Teherán, la capital de Irán, en 1978, tiempo en que la familia del Sha gobernaba a la fuerza, por un lado, pero también había contribuido a modernizar al país, por otro; una curiosa paradoja. Lo que no sabía el Sha, su familia ni el pueblo, es que un año después la Revolución iraní llevaría al poder un grupo más radical aún; en otras palabras, Irán pasará de una tiranía con ciertas libertades a otra más fanática, retrógrada y absolutista.

En esta convulsa transición Marji (Gabrielle López) es tan solo una niña idealista e inocente; cree que los fundamentalistas traerán un paraíso terrenal, pero solo entiende lo que su limitada comprensión le permite para su edad acerca de la compleja situación del país. Con el pasar del tiempo se dará cuenta que en verdad los vientos de cambios resultaron ser una tormenta, en la que sus ideales, hasta su mismo amor por Dios, son puestos a prueba. Es así como, con la llegada de la dura realidad y el pasar de los años, Marji va creciendo con un trasfondo político, social y cultural difícil: Irak e Irán entran en una guerra de ocho años; la única ley es la del islam; se prohíbe la música de cantantes y grupos como Michael Jackson, ABBA, Bee Gees o Iron Maiden, al igual que cualquier manifestación artística de Occidente; el fanatismo religioso se propaga rápidamente; y las mujeres son víctimas de la misoginia rampante e institucionalizada o algunas se transforman en victimarias de sus pares, como aquellas que acosan a Marji por su camisa de “El punk no está muerto” cuan sombras funestas.

En realidad, la película es una historia coming of age, es decir, una acerca de la evolución de un personaje que pasa de la niñez, a la adolescencia y, por último, la adultez, mientras en el camino aprende una serie de lecciones importantes. Persépolis consigue abordar este paso por la vida ―incluyendo la muerte y la violencia física y psicológica del día a día― con un tacto, sensibilidad y espiritualidad enormes. Satrapi y Paronnaud no caen en facilismos ni medias tintas en el guion adaptado o la dirección, pero fiel al estilo del cómic, cuentan algunas partes con humor, otras, con logrado drama; saben qué mostrar y cómo mostrarlo con unas animaciones maravillosas que elevan los trazos y tonos del libro; conservan su espíritu y le rinden un sentido homenaje.

El filme es un digno ejemplo de cómo adaptar una obra literaria y de la profundidad que puede alcanzar el cine animado, todavía injustamente tratado por muchos como un “género infantil”; ni es un género, ni mucho menos un medio solo para niños. Es una forma de hacer arte y Persépolis es una obra artística en toda regla para adultos, pero que también puede o debe ser vista por chicos, entre tantas cosas porque la rebeldía adolescente de Marji, quien le planta cara a las ideas fanáticas de sus maestras, sí está justificada.

No obstante, adolescente al fin, Marji no tiene plena consciencia del peligro que corre, por lo que su padre (Simón Abkarian) y madre (Catherine Deneuve) la envían a Viena, Austria, para que crezca en un ambiente más seguro, libre y cosmopolita. Aquí la película introduce la migración, otro de los temas más importantes y que es, a su vez, la otra gran paradoja de la historia. ¿Por qué? Porque, a pesar de que en Viena las personas pueden pensar, vestir, comer o o escuchar la música que quieran, Marji es infeliz. El choque cultural es enorme y la adaptación, ardua; pasa varios años en Austria, pero no se termina acostumbrando, hasta el punto que mendiga por un tiempo como les sucede a tantos inmigrantes de cualquier nación (incluso, en una escena breve se insinúa que es abusada en un callejón). Pero en Viena descubre el amor y el desamor, crece físicamente, nutre su intelecto con las ideas de distintos pensadores y se hace adulta. Por este viaje de nuestra protagonista, con sus buenos y malos episodios, pero repletos siempre de enseñanzas, Persépolis adquiere una lectura universal que toca a hombres y mujeres por igual.

A principios de los noventa, Marji retorna a Irán porque no se halla en Austria, pero descubre que ya no pertenece tampoco a su patria. Se reúne con su familia, estudia Bellas Artes en la Universidad de Teherán y se casa (aunque al poco tiempo se separa), pero este mundo en blanco y negro ya no es para ella, si es que alguna vez lo fue. Esta no solo es la historia de una mujer luchando contra un sistema opresivo, sino también la de una que no parece hallarse en ningún lado o, dicho de otra forma, que está dividida en varios lugares. Pero lo que prevalece en todas las partes de su vida (la de la niña idealista, la adolescente entristecida y la adulta más segura de sí misma), lo que le da cohesión a este drama, es un llamado a la dignidad y la integridad, a recordar siempre de dónde viene para saber hacia dónde quiere ir.

En la última escena, después de haberse despedido de sus padres y abuela (Danielle Darrieux) en Irán, Marji sale del aeropuerto de Orly, en París, y toma un taxi en busca de su destino. Otra vez, vemos color en la imagen y a nuestra heroína en un mundo repleto de nuevas posibilidades que, como sabemos, supo aprovechar tanto en el cine como en la vida real. Sin embargo, Persépolis termina con un deje de tristeza en el rostro animado de Satrapi porque, a fin de cuentas, ¿quién se quiere ir por la fuerza de su país?

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