Qué fue el “nuevo cine australiano” 

En la década de los años 70 y primeros 80 del siglo pasado, Australia sorprendió al mundo y especialmente a los cinéfilos con una serie de películas que luego se convirtieron en clásicos y cuyos directores en su gran mayoría saltaron a los centros de producción cinematográfica más importantes para seguir haciendo valiosos films y/o éxitos de taquilla. A ese fenómeno se lo conoció como Nuevo Cine Australiano o la Nueva Ola Australiana.

Basta recordar nombres como Peter Weir, George Miller, Bruce Beresford, Phillip Noyce, Gilliam Armstrong o Fred Schepisi, o películas como la saga de Mad Max, Gallipoli, La última ola, El año que vivimos en peligro, Terror a bordo, Mi brillante carrera, Consejo de guerra, Hombre sin mañana o Encuentro de dos mundos para tener una idea de lo que estamos hablando.

Quizá resulte ilustrativo hacer una muy breve cronología para enterarnos cómo nació y se desarrolló el fenómeno; útil para recordar o conocer, y tal vez para sacar alguna conclusión.

Hasta los años 60 Australia vivía en una especie de anonimato cinematográfico, no existía una industria y casi no se producían películas. Pero se sucedieron dos gobiernos –los encabezados por los primeros ministros John Gorton (1968-71) y Gough Whitlam (1972-75)— que aplicaron activas políticas de fomento hacia las distintas manifestaciones de la cultura australiana y muy especialmente dirigidas al cine. Ese impulso, que incluyó por ejemplo la creación de la Escuela Australiana de Cine, Televisión y Radio (1973), facilitó el acceso a la financiación de proyectos para jóvenes realizadores, al tiempo que suavizó las trabas de la férrea censura vigente hasta entonces.

El resultado no tardó demasiado en verse: entre 1970 y 1985 se filmaron unas 400 películas, mucho más de todas las que se habían hecho a lo largo de la historia del cine australiano. Las entradas se agotaban, se abrían nuevas salas y se llenaban tanto como las viejas, los principales festivales competían para tener esos productos en sus muestras y los mercados más importantes del planeta les abrieron sus puertas.

Este fenómeno tuvo dos vertientes fundamentales, la llamada Ozploitaition y la Nueva Ola propiamente dicha.

En su documental Not Quite Hollywood: The Wild, Untold Story of Ozploitation! (2008), el director Mark Hartley bautiza así a la primera de esas variantes. El “Oz” seguramente deviene de que en inglés, Australia se pronuncia como “oztrelia”. Una forma de referirse al cine de explotación australiana.

En ese documental, Quentin Tarantino enumera alguna de las características comunes al Ozploitaition: básicamente, el desierto australiano omnipresente y grupos de vagabundos yendo de acá para allá buscando gente para hostigar, inocentes para golpear y mujeres para violar. En su libro La historia del cine australiano, Adrián Sánchez lo define como un género punk, hijo de las películas norteamericanas, inglesas e italianas del llamado clase B.

Se trataba de cine fantástico, de género, mayoritariamente de ciencia ficción y terror, en el que habitaban demonios, monstruos, espíritus, fantasmas, horror apocalíptico, en ocasiones vampiros y artes marciales, siempre o casi siempre con bajos presupuestos y mucho apuro.

La Nueva Ola Australiana surge en una vereda diferente al Ozploitaition: en vez de ser un cine de género es un cine de autor, de directores que intentan manejarse a partir de cierta profundidad temática y búsquedas experimentales formalmente más pretenciosas. En apariencia, dos corrientes antagónicas. En la realidad, absolutamente complementarias. A tal punto que podríamos afirmar que sin Ozploitaition no habría habido Nueva Ola. Y de hecho, buena parte de los directores nuevaoleros hicieron sus primeras armas en la otra vereda.

Paradójicamente, los críticos y estudiosos del fenómeno coinciden en afirmar que las dos primeras películas del renacimiento del cine australiano son filmadas por directores… no australianos: el inglés Nicolas Roeg y el canadiense Ted Kotcheff. El crítico, director y productor Phillip Adams, uno de los principales impulsores de la Escuela Australiana de Cine, Televisión y Radio escribió que, si no hubiera sido por ese par de invasores extranjeros, “nuestro anonimato cultural hubiera sido absoluto”.

Nicolas Roeg –a quien citamos recientemente en nuestro texto sobre Borges y el cine, por haber dirigido Performance– fue el responsable de Encuentro de dos mundos (Walkabout, 1971). Se trata de la historia de una adolescente de 14 años y su hermano de 6 que deben atravesar solos el desierto australiano (habitualmente conocido como Outback) con todas las amenazas que la Naturaleza les dispensa en materia de fauna y clima, y sobreviven gracias a la intervención de un joven nativo y lo que la propia Naturaleza también les brinda cuando un “traductor” sabe interpretarla. Es una gran película que casi siempre se incluye en esas guías internacionales que te advierten cuáles son los 1000 o 1001 films que tenés que ver antes de morirte…

Por su parte, Ted Kotcheff dirigió en el mismo 1971, Hombre sin mañana, para el genial Nick Cave, “la mejor y más terrorífica película australiana”. Es la historia de un maestro de escuela que, perdido en un pueblo en pleno Outback se mimetiza con los habitantes del lugar, se convierte en un bebedor recalcitrante y se va deslizando en una pendiente imparable a niveles de imbecilidad y violencia extrema. No casualmente, con muchos recursos similares, Kotcheff dirigirá años después Rambo: primera sangre, la inicial película de la saga del ex combatiente de Vietnam creado por la imaginación del escritor David Morrell.

Como se verá, las de Roeg y Kotcheff son dos historias diferentes. Pero con mucho en común: el desierto, ese entorno que lo abarca todo, la llegada de un “ajeno” a ese mundo y el irreconciliable choque entre la “civilización” y las fuerzas de la Naturaleza.

Continuación de esas dos pioneras, se sucedieron docenas que siguieron más o menos los mismos parámetros. Sólo a modo de ejemplo, citamos algunas de ellas y algunos de sus realizadores.

Stone (1974), de Sandy Harbutt, se convirtió en una película de culto que sigue a una pandilla de motoqueros a bordo de sus Kawasakis 900, algunos de los cuales son asesinados en situaciones confusas. Varios de ellos luego actuarían también en Mad Max.

Mad Dog Morgan (1976), de Philippe Mora, es una especie de western a la australiana, especialmente violento, con masacres y violaciones que casi la llevan a su prohibición, y con un Dennis Hopper que hace de “Perro Loco”, un papel que le viene de perillas. A pesar de su brutalidad el film se exhibió en el Festival de Cannes donde ganó el John Ford Award, y se estrenó en 40 salas en los Estados Unidos, siendo la primera película australiana en alcanzar semejante difusión.

Brian Trenchard-Smith es uno de los directores más emblemáticos del Ozploitaition –y el favorito de Tarantino—. Entre sus muchas películas pueden recordarse El hombre de Hong Kong (1975), Stunt Rock (1978) y Escape 2000 (1982). Fred Schepisi es otro: hizo por esos años The Chain of Jimmie Blacksmith, la historia de un aborigen que se rebela contra las humillaciones constantes de los blancos que lo rodean, una obra clave que le dio a su director un pronto pasaje al mundo de las grandes producciones, filmando éxitos como Un grito en la oscuridad, La Casa Rusia y la serie Empire Falls, sobre la novela de Richard Russo (Globo de Oro a mejor miniserie).

También podrían nombrarse otros ejemplos como Russell Mulcahy, quien en algún momento abandonó el desierto australiano para especializarse en los videos musicales. Y no le fue nada mal; entre otros dirigió a los Rolling Stones, AC/DC, Paul McCartney, Queen, Rod Stewart, Elton John, Supertramp, Billy Joel, Fleetwood Mac, Talk Talk, Spandau Ballet, Duran Duran, Ultravox, Kim Carnes, Boy George, Culture Club, Bonnie Tyler… y siguen las firmas. También hizo películas de gran éxito de taquilla como Highlander y Resident Evil: Extinción.

O a Simon Wincer, Peter Faiman, Colin Eggleston, Richard Franklin, Terry Bourke, Ian Barry y Road Hardy, entre otros.

Para cerrar esta historia hay que citar a dos grandes directores que quizá sean los más representativos de la Nueva Ola Australiana, pero que arrancaron con sendas películas que tranquilamente se pueden catalogar como hijas dilectas del Ozploitaition: Peter Weir, con Los coches que comieron París (1974), y George Miller, con la primera Mad Max (1979).

Pero de ellos hablaremos en la próxima…

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