Cuando empezó la Era de Oro de Hollywood, muchas personas de clase alta y de también alta moral, pensaron que las historias del celuloide pervertirían a la juventud y pondrían en riesgo la estabilidad del país, pero cuando los políticos vieron que podían usar a los actores y a los guionistas para dar mensajes en favor o detrimento de ciertos partidos y/o países, cesaron al menos momentáneamente de poner límites y censura. Lamentablemente, los puritanos hipócritas volvieron al ataque.
En la década de los treinta sale a la luz una mujer que quiso escribir y hacer sus películas ella misma: Mae West. Por ser mujer ya lo tenía difícil para cumplir con estas tareas y, además, West amaba los temas delicados, en especial, los eróticos.
West fue la autora de la frase: “Tienes una pistola ahí abajo o es que te alegras de verme”. Ella provocaba el pudor de muchos y la excitación disimulada de tantos más no con escenas explícitas sino con palabras sin filtro e insinuaciones directas.
Sexo (1926), No soy un Ángel (1933), No es pecado (1934) y Todos los días son fiesta (1938) son algunas de sus cintas. A los más puritanos de la industria de aquella época les incomodaba su forma de ser.

El código Hays, implementado por William Hays, un reverendo presbiteriano, fue hecho con toda la intención de eliminar cualquier connotación sexual que pudiera haber en la pantalla, siquiera la más mínima. Por ejemplo, si una pareja llegaba a estar dentro de una habitación sobre una cama, alguno de los dos debía tener un pie en el piso. También, las danzas que sugieran actos sexuales, debían ser eliminadas del filme en cuestión. Debido al código Hays, muchas películas no llegaron a filmarse.
Aparte de la persecución sufrida debido a Hays y otras figuras que ejercían su poder con buenas intenciones, los periódicos – que eran de la misma calaña del reverendo – escribían pestes sobre West. Después de filmar Sexo (1926) esta osada mujer estuvo diez días presa. Tras esta experiencia, la actriz dejó el cine y se dedicó al teatro porque, en sus palabras, “el arte era más libre ahí”.
Como una evidencia de su falsa moral, cuando William Hays falleció, se halló entre sus pertenencias una colección de desnudos y películas de Mae West.
Ahora, elipsis comparativa políticamente incómoda:
Una comparación que le queda perfecta al caso de Mae West, el reverendo Hays y la censura políticamente correcta de la época en la que ambos vivieron, es la de John Edgar Hoover quien fue el primer director general del FBI y, a su vez, se encargó de mantener a la gente encorsetada de la misma forma que la Reina Victoria impuso su voluntad sobre su pueblo a lo largo de un siglo lo cual tuvo como resultado que, en los años sesenta y setenta salieran películas como La Naranja Mecánica (1971), El graduado, El Knack y cómo lograrlo (1965) , La jornadas de Sodoma (1976) y toda la música Rock de esa época que nos hace sentir nostalgia.
Ejem, perdón.

Hoover, aparte de gobernar Estados Unidos durante cuarenta y ocho años, ser presbiteriano, perseguir a los pacifistas, los comunistas, los defensores de los derechos de los afrodescendientes y estar en contra del sufragio femenino, también era un gran coleccionista de pornografía confiscada. Hoover la tuvo escondida durante todo su mandato y no fue sino hasta su muerte en mil novecientos setenta y dos que le pidió a Helen Gandy, su secretaria, que lo quemara todo.
Con este y otros casos, queda confirmado que la élite dominante de buena moral es equivalente al villano del Jorobado de Notre Dame.
Para más comparación, Leonardo di Caprio interpretó a Hoover y también John Whiteside Parsons un conocido ingeniero, multimillonario y playboy (me acuerdo de Tony Stark al escribir esto) que probó suerte en Hollywood y que se ganó el odio de los puritanos por sus ideas para cine.

Si usted tiene el hábito de ver películas viejas, algo que podrá confirmar es que el manejo de las escenas románticas o de sexo ha variado con las décadas. Siendo más explícitas cada cierto tiempo. Recuerdo que, cuando era pequeña, ponían por televisión nacional unas películas que desearía no haber visto debido a la violencia excesiva y que, si sintonizo esos mismos canales ahora, ya no hay tanta violencia ni escenas muy gráficas. Incluso las palabras como sexo, violación, coger, entre otras las silencian. Es como si hubiese vuelto la censura, pero a la vez, y de forma ridícula, los niños están expuestos a películas, series y demás material no apto para su edad.
Podríamos decir que la censura e hipocresía contra la que West y muchos más lucharon ha perdido, pero a la vez, todo lo relacionado con la belleza del erotismo, la carne y toda su parafernalia ha quedado pervertido por lo fácil, lo simple y rápidamente comercializable para que sea consumido por cualquiera. La forma rige el contenido.
Gracias por leer.


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