Para finalizar este extenso recorrido que funciona sólo como introducción al universo cinematográfico de Pedro Costa, es preciso finalizar con una de sus obras más conocidas y recientes, Vitalina Varela.

¿Quién es la Vitalina Varela de Pedro Costa?
Entre realidad y fantasía, quedamos nosotros, los espectadores y nuestro juicio que determina qué es lo que vemos. Luego de introducir el vínculo entre los personajes más importantes de la filmografía de Pedro Costa, Vitalina y Ventura, veremos que aparecen y desaparecen en varias de sus películas, se conocen y se desconocen. Allí, entonces, resulta preciso conocer un poco más sobre esta enigmática mujer.

Es ella quien viene a resquebrajar las medidas de tiempo y espacio tal como Ventura las concibe. La muerte de su esposo, que no acontece sino en un film que data de 2019, aquí ya parece haber tenido lugar. Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Quién ocupa el lugar de la cordura? ¿Estamos en Cabo Verde? ¿En Portugal? Poco podemos decir. La narrativa nos marea y nos pierde en las oscuridades de Portugal. Son retratos, imágenes de lo confuso. Sin tiempo, abrumados por una nube negra y opaca que nos envuelve a nosotros y también a los personajes (que no lo son tanto, quizás también son transeúntes como nosotros).

En el largometraje titulado Vitalina Varela (2019) nos introducimos en la vida de esta mujer de Cabo Verde que ha perdido a su marido en Lisboa, cuya muerte no es sino la formalización de una ausencia que ya se venía gestando hace años. Ambos separados geográficamente durante todo su matrimonio, impedidos a acercarse por decisiones que los y nos sobrepasan, se reencuentran luego en conversaciones más allá de la vida, en la muerte, en un plano casi fantasmagórico. Allí es donde Vitalina puede hablar con su difunto esposo, reprocharle cosas, interrogarlo sobre aquello que él no le dijo jamás, y finalmente, reunirse en las palabras y en los silencios de él, en donde ella espera una respuesta. En esa espera aguarda Ventura que, aunque en un papel secundario, se posiciona como un personaje vital entre toda esa miseria, aloja la ausencia de certezas y el desmoronamiento propio del duelo. Este hombre se pone las vestiduras de un sacerdote, dispuesto a recibir los relatos y secretos del otro, a alojar esas palabras que circulan sin llegar a ningún lugar. Un hombre que no fuera un bandido, tal como Vitalina los concibe a todos. Esta es una película que se abre hacia la luz, y siempre que vemos luz o nitidez en el cine de Pedro Costa, también viene acompañado de un ápice de prosperidad.

Una de las aristas importantes para concebir a este cine como político se debe al hecho de que sus imágenes rompen con el modo contemporáneo de narrar historias. Se trata de una poética de la pausa, donde la imagen se detiene y se prolonga el tiempo necesario para instaurar una reflexión. Aunque de modo evidente “nada suceda”, algo está aconteciendo. Con la cámara siempre inmóvil, mas no ciega, retrata lo más cotidiano de los vecinos de Portugal, de Lisboa, de Cabo Verde. Se trata de no olvidarnos de los rituales que enmarcan lo cotidiano, lo que no sirve, lo que se repite casi por inercia, los diálogos mundanos entre vecinos y familias, entre amigos y desconocidos. Imágenes de habitaciones despobladas, de camas deshechas, vasos a medio tomar y focos de luces que iluminan los lúgubres cuartos.

En este punto, resulta valioso destacar que sus películas sostienen procesos reflexivos cuyos personajes dan cuerpo, otorgándoles sentido a través de los monólogos internos; sus películas no son sin postulaciones existenciales e introspectivas. Allí donde los personajes yacen inmóviles, una voz en off intenta traducirnos qué sucede detrás de aquellos cuerpos desplazados, en aquellas miradas perdidas y abrumadas por el peso de lo cotidiano, por aquel ruido de todos los días, por el hastío, la tensión social. Hombres y mujeres deambulan de distintas maneras, a los primeros los vemos constantemente sobrepasados por sus trabajos en la construcción, todos los hombres son obreros, representan al común del pueblo. Entre la suciedad de sus rostros y sus manos callosas, se encuentra una sensibilidad que merece ser expuesta en esas imágenes que Pedro Costa insiste en mostrar. Las mujeres mantienen su enigma, pareciera ser que son llevadas a tomar decisiones de las que poco tenemos noticias, son ellas las que deben hacerse espacio en un mundo que no frena, que tiene prisa para ir hacia un lugar totalmente incierto. Entre toda esa atmósfera que agobia, Pedro Costa nos envuelve, a nosotros y a sus personajes, en pequeños instantes corpóreos de introspección, a veces cargados de lamento, de culpa, de sentimientos de pérdida y nostalgia ante el exilio que puede ser nombrado como simbólico. Es la sensación de habitar un no-lugar, de transitar una pertenencia nómada.

Permanentemente vemos las huellas pregnantes de la pobreza en lo lúgubre de sus imágenes, postulando cómo los personajes se habitúan a ese contexto que, por ser perpetuado, les resulta natural. Hay una vulnerabilidad económica y simbólica que los personajes parecen no registrar, o, al menos, no reconocer que algo existe más allá, que otras calidades de vida son posibles. Con ayuda de imágenes poco pulcras, opacas, sucias, Pedro Costa transmite esta sensación de incomodidad que sólo nosotros vemos, cuerpos desencajados en las pequeñas villas, extrañados, desvalidos. La fragilidad se hace explícita incluso en la imposibilidad de construir lazos a partir de la vulnerabilidad. Eso no existe. Rara vez vemos un sentido de comunidad en el cine de Pedro Costa; más bien encontramos cuerpos, sujetos, en su individualidad nómade intentando ubicar un ápice de correspondencia. Es un cine de la errancia, del vagabundeo dentro del propio territorio. Es un registro de la no-pertenencia incluso en el lugar natal. Los personajes deambulan como fantasmas de cuarto en cuarto, de un trabajo a otro, de Cabo Verde a Lisboa, y viceversa. Mirar hacia abajo, hacia el horizonte, eso no importa. Mirar, con la mirada vacía hacia ninguna parte. Es un cine sobre todo político respecto a las elecciones calculadas que realiza el director. Antes que apelar a actores profesionales, los protagonistas son inmigrantes reales de Cabo Verde. Antes que perpetuar una modalidad narrativa causal, prefiere la circularidad de relatos, incluso entre películas, manteniendo en su esencia a los personajes. Antes que recurrir a un montaje que priorice la multiplicidad de planos-secuencia, Pedro Costa hace foco en planos fijos, con su cámara estática que nos inunda de planos interiores con una gran profundidad de campo donde podemos apreciar los detalles de la vida humana en su simplicidad. Antes que brindar un mensaje ético, prefiere elaborar una dimensión estética y poética de la vulnerabilidad y abordar los arreglos simbólicos que construyen los diversos personajes de sus historias.

En estos retratos de la vulnerabilidad en Portugal, Pedro Costa ficciona una realidad inabarcable, elaborando con sus imágenes un modo de pensar singular que, lejos de arrasar con lo humano, lo pone en primer plano, lo registra en esas cámaras que no quieren moverse. Es un cine que se mueve en el margen, en lo no visto, o, más precisamente, registrando aquello que muchos no quieren ver. En tanto margen, suponemos también que todo lo que queda allí forma parte del desecho. En ese sentido, Costa se adueña de esos retos, sin pretender dar cuenta de un universal, sino construyendo un punto de vista, una mirada sensible y poética, política y crítica, sobre lo que acontece y aconteció en Portugal.




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